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La velocidad de los tiempos que corren, distorsionados por la disputa de pequeños relatos banales magnificados por la virulencia de las redes sociales, logran que eventos que otrora serían motivo de conversación durante semanas pasen al olvido en pocas horas.

La función de las editoriales y las columnas de opinión en los medios de comunicación deben nadar contra la corriente de esa tendencia, como el salmón. Es en esa línea que esta editorial busca llamar la atención sobre lo sucedido el 1° de marzo en el Palacio Legislativo y en la Plaza Independencia.

Mucho se ha escrito en las últimas horas sobre los episodios aislados como los insultos degradantes y decadentes contra los miles de jinetes que masivamente acompañaron al presidente durante su asunción, o la camiseta de Cuba que utilizó un trasnochado diputado comunista, o el retiro de sala de la buena política pero no muy afecta a las elementales formas de buena educación de la senadora Lucía Topolansky que no quiso escuchar el discurso de Luis Lacalle Pou. Pero todos estos hechos, y otros, no hacen al fondo de la cuestión.

El domingo 1° de marzo una pequeña pero altiva nación sudamericana, enclavada entre dos gigantes como Brasil y Argentina hoy gobernados por elencos populistas de distinto signo, que llevan a sus países a polarizaciones para nada saludables para la democracia, celebró una transmisión de mando ejemplar.

El presidente saliente Dr. Tabaré Vázquez aplaudió a su sucesor ante una multitud en la Plaza Independencia y luego apoyado en su brazo caminó por el estrado para retirarse dignamente tras finalizar su segundo mandato democrático. Es una imagen que recorrió el mundo y que a todo uruguayo republicano llenó de emoción y orgullo.

Basta leer editoriales de otros países y escuchar opiniones de legisladores y diplomáticos de otras tierras para tomar real conciencia del ejemplo que significa Uruguay para el resto del continente y para el mundo. A veces los uruguayos somos demasiado duros con nuestro país y tendemos a relativizar nuestras mejores tradiciones con una mirada relativa y crítica.

Lo del 1° de marzo cobra una dimensión superlativa si nos comparamos con la situación del resto de los países del continente donde la convivencia democrática es un desastre y está en permanente crispación o directamente se fue de madre como el caso de Venezuela, gobernada por un dictador de la peor calaña. Pero también está crispada la situación en Chile, en Bolivia, en Perú, en Ecuador. Brasil está partido en dos, Argentina comienza a mostrar los peores rasgos del kirchnerismo que lucha por volver con sus peores mañas, con un virulento ataque al Poder Judicial.

AFP

  En medio de todo eso Uruguay cambia de gobierno en paz y con enorme lealtad institucional. Lo que sí debe sorprender y ser un llamado de atención fue la ausencia de las principales democracias occidentales en la transmisión de mando. Ni Estados Unidos, ni Francia, ni Alemania, ni Canadá tuvieron la deferencia de enviar representantes de peso para la asunción de un presidente de incuestionables credenciales republicanas en una de las democracias más plenas del mundo. 

Una lástima. Los gobiernos de las principales democracias del hemisferio norte se llenan la boca demasiado con la libertad y no tienen la humildad de dejar de mirarse el ombligo. Uruguay necesita que su democracia continúe sólida y que oficie de guía para un continente muy confundido.  Por lo visto el 1° de marzo parece que los uruguayos podrán hacer mucho para aclarar esa confusión.

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democracia Tabaré Vázquez Luis Lacalle Pou

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