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A veces es extraño el origen de las palabras y los sentidos que estas generan a lo largo del tiempo. Por estos días se desarrolla la feria literaria más grande e importante del mundo hispanoparlante, en la ciudad mexicana de Guadalajara, que se llama así por la Guadalajara española.

El origen de la palabra es árabe, por supuesto, y su etimología es discutida, pues tanto puede ser “río que corre entre las piedras” (wad en árabe es “río”) como “río de los desperdicios” (jara en árabe también significa “mierda”).

¿Pero qué es México si no la superposición de grandes culturas? ¿Acaso no es un país que se forjó durante siglos por las culturas originarias y luego sufrió el cimbronazo de la conquista española, y de ese injerto formó su cara, su ser y su espíritu, durante más siglos hasta hoy?

El gran escritor Octavio Paz, del que este año se cumple el centenario de su nacimiento (y del que se encargó de hablar el filósofo y amigo Enrique Krauze), formuló y reformuló esas grandes preguntas a lo largo de toda su vida y su obra.

Esta edición 2014 de la Feria del Libro de Guadalajara ha convocado a varios nombres importantes de la literatura mundial y no solo en español.

Una de las estrellas de este año es el italiano Claudio Magris, autor destacado por su libro El Danubio, un largo y fascinante recorrido de sus nacientes en Alemania hasta su desembocadura en Rumania por ese río que atraviesa Europa de punta y punta y que en su curso serpentea por el corazón de países y culturas que definen eso llamado Occidente.

Cada escritor que llega a Guadalajara, como sucede en muchas ferias de libros en otros sitios, lleva una mezcla de carga personal, de situación concreta en determinado momento de su vida y su obra, con referencias que debe realizar al sitio en que se encuentra, con sus particularidades y agenda propia.

Por ejemplo, Magris, que trae desde su Trieste natal, donde todavía vive, un europeísmo a media asta y un pesimismo sobre el estado de la literatura de su continente, ante una pregunta del público debió referirse a la polémica desaparición de los estudiantes de Iguala.

Esto lo llevó a hablar del campo de la ficción confrontado con el de la realidad, un diálogo mudo pero frondoso en las manos de un escritor. “La realidad es tan rica que desafía la inventiva de cualquier escritor. Yo me quedo fascinado por la realidad, le tengo un gran respeto”, respondió Magris ante una pregunta sobre el tema, según consigna una crónica de El País de España sobre la feria.

Cada loco con su tema y cada escritor con su mambo. El prolífico español Arturo Pérez-Reverte, que acaba de realizar una interesante adaptación de El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha quitando algunas florituras y digresiones que dificultan la lectura lineal apuntando a adolescentes y alumnos de secundaria y universidad, también estuvo presente en Guadalajara para reivindicar a Cervantes y a sus textos como vigentes y necesarios para los tiempos que corren.

Pero del pasado y de los clásicos, Pérez-Reverte salta al presente y descerraja sus tiros contra el panorama institucional de la cultura de su país, y de paso también la emprende con el mexicano, porque sostiene que no puede entender cómo en España y México no es obligatoria la enseñanza de Don Quijote en la educación formal.

Como cada principio de diciembre, las voces vuelven a anudarse en Guadalajara, durante las conferencias, con la frescura y la lucidez de las ideas de plumas privilegiadas y seguramente en las noches, cuando se apagan las luces de las cámaras y los micrófonos, con la lengua un poco trabada por la ingesta del tequila local, de los más renombrados del país.

La luz y las sombras, lo autóctono y lo foráneo, las secretas raíces en su eterno laberinto solitario. ¿Acaso eso no es México? Pregúntenle a Octavio Paz.