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El que a hierro mata, a hierro muere. La cita bíblica pareció adaptarse al final anunciado del dictador libio Muammar Gadafi, que fue asesinado este jueves en circunstancias no del todo claras durante la toma de su ciudad natal y antiguo enclave colonial italiano, Sirte. Libia inició de esa manera una nueva etapa que se presenta llena de dificultades: el factor aglutinante que suponía la caza del antiguo dictador desapareció. Ahora es tiempo de construir en una nación plagada de diferencias.

La revuelta libia, en sintonía con la insurrección en Túnez y Egipto, comenzó a mediados de febrero cuando cientos de personas protestaron en Bengasi, la segunda ciudad del país y bastión rebelde, por la detención de un activista de derechos humanos. El 17 de ese mes, en la “jornada de la cólera”, se inició la revolución en Libia. Ocho meses después, y dos tras la caída de Trípoli –con la intervención de la aviación de la OTAN, presente desde marzo–, Gadafi terminó sus días de la peor manera, acorralado y con miedo. Muerto de forma violenta.

Al igual que Saddam Hussein –el tirano iraquí que fue capturado en su ciudad, Tikrit–, Gadafi vivió sus últimas horas en Sirte, la localidad que lo vio nacer y fortaleza gadafista que más resistió el avance de los rebeldes durante el conflicto. El ex líder libio, que llevaba en el poder 42 años desde el golpe de estado de 1969 contra el rey Idris, murió con 69 años en situación aún no del todo clara: pereció en combate, aseguró el ministro de Información del gobierno rebelde, Mahmoud Shammam; o ejecutado, como parecen delatar las imágenes que recorren el mundo con un Gadafi apresado por sus enemigos.

La OTAN confirmó que atacó un convoy gadafista cerca de Sirte en el que, según la agencia Reuters, el dictador intentaba escapar. Gadafi salvó en ese momento el pellejo, escapó a pie con algunos de sus hombres y se refugió en un desagüe; allí fue visto por los rebeldes que no dudaron en ir por él. Más tarde, anunciaron su muerte. Esta versión, evidentemente, apunta a una ejecución.

Gadafi, que estaba en paradero desconocido desde agosto, cumplió con la promesa de morir antes de entregar el poder. También consumó la palabra de matar a miles antes de marcharse de este mundo; el conflicto, además, dejó 1 millón de refugiados y un país colapsado en medio de una guerra civil. Es esa nación la que deberá resurgir de las cenizas, una misión dificultosa ante el complejo panorama libio y una ciudadanía que no sabe vivir en democracia.

El dictador implementó, durante cuatro décadas, importantes reformas sociales y supo forjar alianzas con las 30 tribus más importantes del país, entre las 140 que se esparcen en el enorme territorio rico en petróleo de apenas 6 millones de habitantes. Con ellos se repartió el poder y las fuerzas de seguridad. Cuando la represión se acrecentó y la mano dura de Gadafi se vislumbró con nitidez, las tribus, claves para la estabilidad de esta nación, le quitaron el respaldo.

Ese soporte se trasladó en buena medida hacia el Consejo Nacional de Transición (CNT) con sede en Bengasi, que fue reconocido por la comunidad internacional –que pronosticó unánimemente que el camino hacia la democracia libia será largo– como nuevo órgano de gobierno. Sin embargo, no todos en Libia están dispuestos a aceptar ese mandato, lo que pone en dudas una eventual reconciliación nacional.

Las propias tribus, muy diferentes entre sí, la presencia de células terroristas aliadas a Al Qaeda, las dificultades para distribuir el control de las refinerías de petróleo, las denuncias por juicios sumarios contra gadafistas y los mercenarios que luchaban por Gadafi, y la enorme cantidad de personas armadas que hay que desarmar, dan una pequeña muestra de la complejidad de la situación.

“La muerte de Gadafi es simbólicamente importante para los rebeldes (…). Ahora el CNT puede trabajar en un gobierno de transición. Pero los múltiples grupos armados que hay en todo el país demandarán un importante papel a ese gobierno, que tendrá serias implicaciones en el futuro de Libia”, escribió el analista político George Friedman en el think tank Stratford.

El propio Ejército del CNT es otro rompecabezas, donde pululan las diferencias: miembros de grupos armados, ex soldados, mercenarios, vecinos que tomaron las armas para pelear contra Gadafi y sobrevivientes de formaciones islamistas. La situación se puede agravar ante la pálida economía de Libia y con una infraestructura totalmente destruida.

Este jueves Libia celebró la muerte de Gadafi. Ruidosamente. Cuando se apaguen los festejos y los disparos al aire de las Kalashnikov, se presentará la urgencia de reorganizar un país. La comunidad internacional se mostró dispuesta a ayudar. Pero serán los libios a quienes el destino desafiará para mostrar de qué son capaces.
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