Lo astronómico en la tradición
Diferentes lecturas desde la ciencia y la historia de una festividad que desde hoy repercute en todo el mundo
La conmemoración del nacimiento de Jesucristo se encuentra estrechamente relacionada con eventos astronómicos y astrológicos y, en particular, al intento de erradicar las festividades de origen pagano –religiones procedentes de Asia o de la cultura grecolatina– en la Edad Media.
Según el profesor Jean Claude Schmidt en su libro Historia de la superstición, la Iglesia Católica Apostólica Romana, en su intento por erradicar el paganismo, procuró ajustar ciertas actividades litúrgicas oficiales a las celebraciones que, en la Edad Media, se realizaban en honor a dioses que provenían de la antigüedad clásica.
El otro intento, que tuvo muy escasa aceptación, fue cambiar el nombre de los días de la semana. Nombres que aún hoy utilizamos y que aluden a dioses como Venus (día viernes), Júpiter (jueves), Mercurio (día miércoles), etc.
La celebración de la Navidad o Natividad fue, en cambio, una iniciativa del Papa Julio I en el siglo IV para oficializar una fecha de la que nadie tenia certeza.La elección del 25 de diciembre como fecha “oficial” del nacimiento de Jesucristo no fue casual y responde a la estrategia de hacer coincidir una festividad pagana con una celebración cristiana.
El 21 de diciembre se produce el solsticio de invierno en el hemisferio norte, fecha en la que se rendía culto al Sol. El sol –según Tokarev en su Historia de las religiones– es considerado como dios en la mayoría de las civilizaciones y culturas antiguas que se basaban en una economía agraria (el sedentarismo exigía la práctica de la agricultura como medio de sustento, razón por la que el Sol era un astro de capital importancia).
Técnicamente, “solsticio” significa “sol quieto” y eso se debe a que cuando se acerca el invierno (en el hemisferio norte) el astro aparece sobre el horizonte desplazado, día a día, un poco más hacia el sur y, por lo tanto, las horas de luz son cada vez menores. Sin embargo, el 21 de diciembre el astro se detiene en ese desplazamiento y durante tres días, hasta el 25, parece salir exactamente en la misma posición.
Sin embargo, no solo desconocemos el día y la época del año de ese trascendente acontecimiento, sino que tampoco sabemos con absoluta seguridad cuantos años han transcurrido. Si todavía persiste algún movimiento místico que conserve y difunda el temor de que en 2012 se producirá el fin del mundo, debemos aclarar que el año próximo probablemente sea 2016 o 2017.
La razón es que el conteo original de los años a partir del nacimiento de Cristo lo realizó un monje de la Curia Romana conocido como “Denis el exiguo” en el siglo VI DC y a solicitud del Papa Juan I. Sin embargo, este sacerdote realizó el cálculo en base a los reinados y cuando llegó a Herodes se equivocó en cuatro o cinco años.
Además, según la tradición, cuando nació Cristo apareció una brillante estrella que les señaló a los Reyes Magos el camino que conducía hasta el nacimiento de quien sería el nuevo mesías.
Existe una gran controversia histórica acerca de la verdadera naturaleza de ese astro. Algunos investigadores sostienen que la estrella que guió a los magos era una supernova –una estrella que explota y que parece surgir repentinamente en el cielo–. otros afirman que se trataba de un cometa.
Científicos del Instituto Astrofísico de Canarias han realizado simulaciones en computadora y sostienen que durante el nacimiento de Cristo –es decir cinco o seis años antes del año cero– se produjo una conjunción planetaria (varios astros juntos en el cielo) en la constelación de piscis. Un hecho que no pudo pasar desapercibido para ninguna persona de la época, y además, la constelación “Piscis” –peces– tiene profundas reminiscencias para los judíos.
Otra de las teorías que se maneja actualmente afirma que en realidad la estrella de Belén era el planeta Júpiter. Sin embargo, más allá de la exactitud o no desde un punto de vista cronológico o científico, lo que importa es el hecho en sí, la conmemoración un acontecimiento que es absolutamente relevante para la gran mayoría de los habitantes del planeta.