Vino en caja, café de McDonald’s, cerveza, mate y marihuana. El colorado de Omar Gutiérrez bien al centro de la gente. La explanada de la Intendencia de Montevideo (IM) como tribuna y una pantalla gigante –o por lo menos más grande que el 21 pulgadas de los que no han podido pasar aún a la pantalla plana– instalada allá arriba del Diario Oficial, que ahora sabemos que sirve para algo más que para inscribir casamientos.

Entre los escasos habitantes nocturnos de siempre, algunos que se juntaron entre amigos y otros a los que el trabajo forzó a hacer una parada de emergencia por 18 de Julio, unas 500 personas siguieron a Uruguay en su debut por la Copa América.

Es la consecuencia inevitable de Sudáfrica 2010. La selección se instaló en el corazón de la gente. Y también en la escala jerárquica de ordenamiento de actividades. Hay que estudiar salvo que haya partido. Forlán está antes que la visita a la novia y no hay novela o serie televisiva que valga cuando juega la celeste.

Sentados en las escalinatas de la IMM están los hinchas. Nuevamente dispuestos a sufrir, gritar y gozar. Una vez más desafiando a la razón que ordena ir a un bar o a casa cuando hace tanto frío.

“Hacemos agua atrás, no paramos a nadie”, se quejaba un hincha cuando Uruguay ya había sufrido a Paolo Guerrero. Pero al rato estaba agitando los puños contra el frío: “los tenemos, está al caer, estos no existen”.

Un tiro de Forlán, dos, un cabezazo de Lugano y al fin el gol. Un grito tibio. Para ir calentando la garganta. Porque flota la sensación de que habrá muchos más.

“Ya está, ahora le hacemos tres más”, decía un botija entre una barra de amigos. Es la convicción del hincha. Argentina y Brasil flaquearon en sus debuts. El candidato ahora es Uruguay.

Dos niños juegan mano a mano con una botella de plástico vacía. Uno le dice al otro que es Lodeiro y lo pasea.

Son solo cinco los que fueron ataviados para la ocasión entre los cientos de hinchas.

Con amplias banderas que cubren todas sus espaldas. Es gente del Centro que se arrimó a la explanada porque no tiene tv cable en la casa.

Otros sí tienen pero les gusta verlo así. Con vida y colorido. Apurando un trago de vino en caja, la bebida más vendida en la ocasión, para ganarle al frío, .

En eso llega un adolescente con camiseta. Viene buscado lugar junto a dos amigas. Todos comiendo Big Mac’s.

Los insultos vuelan cuando Vargas le pega a Lugano, ya en el segundo tiempo. Las palmas reviven cuando el Cebolla y la Joya van a entrar.

Un 142 se engancha con la pantalla. Tiene luz verde pero aprovecha la pantalla, hasta que unos improvisados acomodacoches que no podían ver le gritan y lo hacen transitar.

Son pocos los autos estacionados enfrente a la Intendencia. Todos los choferes se sienten en un autocinema.

En los alrededores, los bares no tienen sillas vacías pero no hay clima de fiesta. El partido no da. El nivel mostrado por Uruguay tampoco.

Lo más colorido es El Gaucho. Una amplia bandera recibe a los comensales. Una señora se queja cuando el fotógrafo le impide ver cinco segundos la pantalla. Otra –la que está abajo a la derecha en la foto– lució la mejor indumentaria: lentes luminosos, peluca celeste, guante amarillo. Toda la cábala junta. Es lo que dejó la actuación de Uruguay en Sudáfrica. Pero para que crezca habrá que mejorar.