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Lo primero que hice fue reunir un grupo de conocidos casados y solteros, pues la idea era llegar a una conclusión que me sirviera de algo. Es sabido que los casados han olvidado las técnicas de seducción, y los solteros no son tan tontos como para enseñárselas a otro que pueda hacerle competencia. Entre todos intentamos analizar mi problema y buscarle solución. Lo referente al aspecto físico no tiene solución, y el asunto de la autoestima a esta altura probablemente tampoco, por lo que decidimos ir por otro camino. Convinimos en que la clave radicaba en tener algo distinto a los demás. Se habló de bigote, pero muchos tienen, al igual que barba. Alguien opinó que debía afeitarme la cabeza, aduciendo que los pelados están de moda desde que Pep Guardiola y Andre Agassi se convirtieron en ídolos deportivos, pero me negué terminantemente.

Finalmente llegamos a la conclusión de que lo que necesitaba era un jacuzzi. Todo el mundo sabe que el individuo que posee un jacuzzi en su casa es indiscutiblemente un hombre de mundo, o al menos lo parece, y de eso se trata. Además, un auto de alta gama es mucho más caro. El problema es el espacio, uno puede tener un auto y, si no tiene garaje, guardarlo en la casa de otro. Pero no es lo mismo con el jacuzzi. Poner el de uno en la casa de un amigo no tiene sentido alguno. Usted no puede invitar a una señorita a conocer su jacuzzi, y llevarla a la casa de un tercero. De hecho, es más probable que sea él quien termine con la dama, y usted sea el gil que pagó la cena y las entradas al cine. Así que es necesario que esté en la casa de uno. Y vivir en un monoambiente no ayuda en nada. Pero la ciencia ha avanzado hasta límites insospechados, y seguramente algún técnico con problemas de espacio inventó el jacuzzi inflable. Seguramente el lector se preguntará cómo puede ser que se llene de aire una cosa que está hecha para ser llenada de agua, pero es simple. Se trata de un artilugio similar a las piscinas inflables para niños, pero en lugar de servir para que se diviertan los infantes, sirve para que lo hagan los adultos.

Gasté mis últimos ahorros en lo que suponía sería la solución a mis problemas, y lo llevé a casa. Tras horas de verborragia logré convencer a una señorita para que fuera a casa a ver mi flamante jacuzzi. Le dije que se pusiera cómoda y me dispuse a inflar el asunto en medio del living, utilizando el inflador de mano de la bici que vendí hace años. Veinte minutos más tarde, el jacuzzi prácticamente no tenía aire y yo mucho menos, lo que me hizo recordar por qué fue que vendí la bici. Dos minutos después me dejé caer en el sillón empapado en sudor, pensando que probablemente necesitara más una ducha que un baño de inmersión. La jovencita se ofreció para seguir inflando, y un rato después el aparato estuvo pronto, casi cuando mi corazón había recuperado su ritmo normal.

No imagina usted, amigo lector, la cantidad de tiempo que demora en llenarse un jacuzzi con una manguera de jardín. La dama sugirió que si quería podía volver en otro momento, y la invité a jugar a la conga mientras esperábamos. Tal vez no haya sido lo más erótico, pero fue lo que se me ocurrió en el momento. Cuando estaba por ganarme el tercer partido el agua llegó a la altura establecida, y procedí a conectar el jacuzzi a la corriente, a la vez que sugería a la chica que se preparara para introducirse en el mismo, mientras agregaba sales aromáticas al agua y encendía velas para darle un toque romántico a la noche.

El romanticismo se me pasó en cuanto vi que el termómetro del agua decía que esta se encontraba a 24 grados, una temperatura que puede resultar agradable si se trata de aire, pero cuando hablamos de agua está muy lejos de ser adecuada para un baño romántico. Elevé el termostato según lo indicado en el manual. Dos horas más tarde la temperatura había aumentado dos grados.
La señorita se fue sin despedirse. Ni siquiera tuve que bajar a abrirle porque ya era de mañana y el portero estaba lavando la vereda.

Mientras me sumergía en el agua fresquita, se me ocurrió pensar que tal vez mis amigos no sean buenos consejeros.