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Cuando un niño de unos pocos años dice malas palabras, muy raramente conoce el significado. En cambio, es consciente de la intención de lo que dice...

Cuando un niño de unos pocos años dice malas palabras, muy raramente conoce exactamente el significado de lo que dice. En cambio, es consciente de la intención con la cuál dice semejantes cosas como por ejemplo: hacer pasar vergüenza a sus padres, expresar su bronca o quizás hacer alguna gracia para que todos se rían. Conoce el efecto que cada palabra causará sobre quién la escuche aunque el significado de éstas las da el adulto que las escucha.

La incorporación de estas palabrotas al vocabulario del niño se da fundamentalmente por imitación. Y, ¿qué modelos imita? Nosotros, sus padres, le ofrecemos modelos de conducta. ¿Nunca dijimos una mala palabra delante de él? ¿Jamás se nos escapo un insulto? El que esté libre de culpas que tire la primera piedra... El niño escucha lo que los adultos decimos e imita. Al hacerlo no siempre conoce el significado de lo que copia. Se va apropiando de palabras nuevas que incorpora a su vocabulario en constante expansión. Pero no solo imita a los papás, también imita a los compañeritos preferidos del jardín, a los dibujos animados o a los héroes de la televisión.

Ante todo, hay que ponerse de acuerdo

Al pensar en las malas palabras tenemos que tener en cuenta que su significado va cambiando a lo largo del tiempo. El chico suele darle a la mala palabra una significación individual y subjetiva. Por eso, más vale preguntarle que significa para él antes de enojarse.

Aunque no reparemos en ello, de todos los posibles ofendidos, los más afectados somos nosotros mismos. ¿Por qué? Porque las malas palabras aluden a la sexualidad, a los órganos genitales. Por esto producen rechazo. Por un lado, se relacionan con algo que nos es familiar, nuestros órganos genitales y nuestra sexualidad. Pero, como la referencia viene desde afuera, nos desubica respecto del lugar de intimidad que les otorgamos.

Según sea el valor que le demos a las malas palabras es que serán o no sancionadas en nuestro hijo. Si forman parte de nuestro vocabulario cotidiano, no nos llamará tanto la atención oírlas en él. Pero, si realmente nosotros les damos el valor de un insulto, no sólo nos sorprenderá sino que además, nos ofenderá y lo sancionaremos.


Fuente.: Revista Mom