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Luego de hacer la curva de tierra doblé a la izquierda y aminoré la velocidad. Bienvenidos al paraíso terrenal, rezaba el cartel de la entrada del camino que me conduciría a la casa de Margara. El bosque que rodeaba sigiloso cada una de las construcciones y las plantas que florecían vivaces por entre los canteros resultaron un marco exquisito para conversar con ella. “Soy impaciente y muy activa, no soporto a la gente quedada. Mis amigas me joroban y en lugar de decirme Margara Shaw me dicen Margara Ya”, explica entre risas intentando responder a una de mis preguntas. “Me defino como una persona muy pragmática, activa y con una actitud positiva, saco las cosas adelante”, concluye. Alguna vez escuché que las mejores cosas ocurren casi que espontáneamente, y aunque no siempre es así, la historia de Margara Shaw (marca) tiene mucho de eso. Comenzó como un hobby y terminó siendo un medio para ganarse la vida. “Miro para atrás y no lo puedo creer. Me da una satisfacción muy grande ver el reconocimiento que ha tenido la marca, cómo las personas la valoran y no solo en Uruguay sino también en el exterior. Hoy la empresa es un negocio familiar; es una parte importante de mi vida”.

“Uruguay está muy difícil. No hay telas, las fábricas cierran. Talleres grandes con los que trabajaba cuando comencé ahora ya no existen, con China murió todo. Estamos haciendo 50% y 50%. Un poco en China, otro en Italia y algunas prendas ya confeccionadas que compramos en Estados Unidos. Hoy producir todo en Uruguay supone pérdidas para la empresa”

Actualmente tiene tres boutiques (Carrasco, Pocitos y Punta del Este), un local en el shopping Punta Carretas y un outlet. La apertura del local de Punta del Este fue un gran desafío, ya que significó estar de cara al mundo y competir con marcas internacionales. La empresa actualmente está formada por 35 personas. Funcionan cinco equipos: administrativo, planificación, diseño, producción y ventas, en los que participan 15 empleados y 20 asesoras que se encuentran en los locales para atender al público. Inés, una de sus hijas y su mano derecha en el negocio, está en el equipo de diseño, de planificación y también en el directorio. “Ella es mis ojos cuando yo no estoy”. Confiesa que le encanta el contacto con el público pero debido al crecimiento tuvo que renunciar a atender a los clientes. “De vez en cuando voy a los locales y atiendo, me encanta asesorar. Siempre que puedo meto cuchara. Es cómico porque algunas clientas piensan que yo no existo, que Margara Shaw es solo una marca”, comenta casi como una confidencia. Aunque tiene un equipo de diseño, ella forma parte activa del proceso de creación de una prenda y es la que toma la decisión final. También es la encargada de hacer las vidrieras de sus locales, “adoro hacerlas, soy habilidosa y tengo mucha manualidad para eso”.

Pilares familiares

Vivió toda su infancia en el Parque de los Aliados. Su mamá murió cuando tenía 6 años y su papá fue quien crió a los seis hermanos. “Mi padre fue un divino en cómo nos educó, cómo nos mantuvo a todos juntos”, dice y se le entrecorta la voz. “Tengo un recuerdo lindísimo de él. Aunque me costó la ausencia de mi mamá. Tuvimos una infancia muy feliz, mis abuelos vivían a la vuelta, teníamos 70 primos hermanos, una familia muy unida. Recuerdo que todas las vacaciones íbamos a El Pinar y al campo de mis abuelos. Nunca me sentí una huerfanita ni mucho menos, pero sí, me faltó mi madre”.

Asistió al colegio Sagrado Corazón de Carrasco, que hoy ya no existe, y a pesar de que han pasado casi 60 años aún conserva muchas amigas de esa época. De pequeña la apasionaba el diseño; “ya tenía la estética incorporada. Es bueno para el trabajo, algunas veces no es tan bueno para la vida diaria. A mí me importa que las cosas estén bien hechas y que sean bellas”. Cuenta que su padre era “amoroso” pero muy estricto y que, aunque nunca les faltó nada, no tenían demasiadas prendas nuevas. “Los hombres no tienen la sensibilidad de una mujer. Creo que no tener a mamá influyó mucho en que me hiciera mi propia ropa. Me acuerdo que cuando tenía 15 años, con mi hermana íbamos a clase de costura. Gastábamos la mensualidad en telas y clases, eso potenció mucho mi gusto por el diseño”.

En 1972, una tragedia volvió a sacudir a la familia. Uno de los hermanos de Margara había fallecido en lo que hoy se conoce como la tragedia de los Andes. “Daniel iba en el avión y murió en el impacto. Eso fue, de alguna forma, un alivio para todos. Saber que no sufrió ese calvario… Esos momentos fueron muy difíciles y otra vez mi papá estuvo ahí, presente, un genio. Ya había perdido a mamá y ahora a su hijo. Un temple… y yo por suerte saqué mucho de su carácter. Él nunca se achicaba ante nada, siempre iba para adelante”.

“Por temporada fabricamos 10 mil prendas más las que importamos. Vendemos 50 mil prendas al año”

Algunos años antes, cuando tenía 19, se casó con Federico Arrosa, el padre de sus cinco hijos y su primer marido, y se fue a vivir a una chacra durante 10 años. “Me dediqué a mi casa y a mis hijos. Siempre fui muy habilidosa, me encantaba cocinar, coser y tejer. Disfruté muchísimo de ellos, me tomé mi tiempo para ser mamá. Hoy los cinco [Federico, que es el mayor y vive en Estados Unidos; Florencia, que trabaja con ella y tiene su línea de ropa; Inés, que tiene una línea de traje de baños y es su mano derecha en el negocio; Carolina, que tiene una marca de zapatos, y Diego, que es gerente general del Aeropuerto de Carrasco] son muy unidos, muy compinches, y eso me llena de orgullo”. Y conversamos de sus 17 nietos. “Adoro estar con ellos. Salir a comer, pasear, llevarlos de viaje o cantarles una canción. Mis nietas son muy coquetas y les encanta participar del negocio. Yo escucho sus consejos porque, aunque tengo claro lo que me gusta, los años pasan y es necesario saber la opinión de las nuevas generaciones”.

Antes de que salga el sol

Cuando estaba por nacer su cuarta hija decidieron mudarse a Pocitos y tiempo más tarde a Carrasco. Allí, en su casa comenzó a hacer carteras, cinturones, camisas y joggings, cuando estos todavía no existían en nuestro país. “Era un pasatiempo. Comencé haciéndolo para mí y como a todo el mundo le gustaba me animé a vender. Todo era muy casero. A mí me gusta crear, diseñar, pero me costaba, y aún me cuesta mucho, vender. Un día, impulsada por mis amigas, hice una venta que tuvo un éxito bárbaro. Al año siguiente lo hice de nuevo, recuerdo que muchas mujeres me pedían para exponer”. Y estas ventas se transformaron en las primeras ferias de Navidad de Uruguay. Aunque se resiste un poco a conversar acerca de esta iniciativa, no sé si por modestia o por hartazgo, Margara no solo activó una modalidad de compra que no existía por aquellos años sino que la feria, junto con el boca a boca, fue un elemento catalizador para consolidar su negocio. “Una amiga que vivía en Buenos Aires me contó que se estaban haciendo en su ciudad este tipo de ferias y nos animamos. Al principio éramos pocas pero cada vez teníamos más éxito, asistían más de 4.000 personas. La feria de Navidad de Margara y de Nuestro Camino (institución de una amiga que ayuda a chicos con síndrome de Down y que está en el emprendimiento casi desde los inicios) se hizo muy conocida. Recuerdo que hacía una selección de las expositoras para que la oferta fuera variada y además un pequeño catálogo. En esa época no existían los shoppings y las ferias intentaban solucionar los regalos de Navidad para toda la familia”.

“Hacer una prenda es como parirla. participo de todo el proceso de diseño: de la inspiración, de la compra de la tela, de la elaboración… Hasta que está en una percha. Yo veo una prenda por ahí y sé que es mía”

En 1990, junto a Florencia armó una boutique en la buhardilla de su casa. “Funcionaba solo por la tarde pero cada vez eran más las clientas que nos visitaban. Hoy es impensable que la gente atraviese toda tu casa para pasar a una boutique”. La marca crecía y en el año 1992 se mudaron al jardín, con entrada independiente. “Nunca decidí ponerle una marca a la ropa que hacía, todo se fue dando. Las clientas decían: ‘Vamos a lo de Margara’ y quedó. Crecimos de a poco, primero en la buhardilla, después en el jardín, incluso invadimos el garaje de la casa porque nos quedaba chico. Cuando el dólar se puso barato, viajé a Nueva York. Primero importábamos poquito, pero estaba muy entusiasmada, eran cosas preciosas. Recuerdo que Carolina me decía: ‘Tenemos unas remeras divinas, ahí, en una carpa. Debemos mudarnos a un local’. Y así fue como en 1999 abrimos el local en Carrasco, que hasta el día de hoy es la casa madre. En ese momento no había muchos locales, pero sabíamos que tener vidriera a la calle nos iba a dar mayor exposición y la posibilidad de crecer”.

Se hace camino al andar

“Hacer una prenda es como parirla. Participo de todo el proceso de diseño: de la inspiración, de la compra de la tela, de la elaboración… Hasta que está en una percha. Yo veo una prenda por ahí y sé que es mía”, sentencia y advierte que una cosa es diseñar y otra es tener una empresa. “La planificación y saber comprar fueron todo un desafío. Yo me considero una emprendedora y no una empresaria”. ¿Por qué? “Bueno a esta altura sí (risas). Panchi, mi marido, cuando digo que no soy empresaria me dice: ‘¿Pero cómo no? Si siempre le das para adelante, corrés riesgos, tenés tu marca…’”.

En el 2002 abrió el segundo local en Pocitos, con el objetivo de brindar un mejor servicio a las clientas. Y tres años después lo hizo en el shopping Punta Carretas. El volumen del negocio claramente había cambiado, por lo “que tuve que tomarme la cosa más en serio. Al principio di algún tropezón, estábamos acostumbradas a comprar telas porque eran lindas, y después teníamos una cantidad de dinero depositado en ellas porque habíamos comprado de más. Hoy mis hijas y una contadora, que trabaja con nosotros hace 10 años, me asesoran. Hay que hacer, equivocarse y aprender”. ¿Cómo tomás los errores? “Soy fatal (risas). Soy muy exigente conmigo y con los demás. Pero creo que tener ese ojo crítico me ha servido en la vida. No me interesa ser la mejor pero sí dar lo mejor de mí. Odio la mediocridad, no me la banco. Hay que tratar de superarse y disfrutar. Lo que hago
lo hago con ganas, con pasión, con amor. Es un privilegio”.

“Nunca decidí ponerle una marca a la ropa que hacía, todo se fue dando. Las clientas decían: ‘vamos a lo de Margara’ y quedó”

Pasaron 16 años desde la primera vez que Margara importó telas de Oriente. La posibilidad de viajar aportó a la visión que tiene de una prenda y también a la oferta que podía brindar a sus clientas. “Acá compro muy poco, en Uruguay está muy difícil. No hay telas, las fábricas cierran. Talleres grandes con los que trabajaba cuando comencé ahora ya no existen, con China murió todo y entonces ahora estamos yendo a China, no hay otra. Y no es fácil porque allá te exigen grandes cantidades y yo tengo cuatro boutiques y un outlet, no tengo una cadena de tiendas”. El diseño es de Margara y su equipo, pero la gran mayoría de las telas son importadas. Y lo mismo ocurre con la manufactura. Aunque trabajan con 15 talleres en Uruguay, señala que la “mano de obra es carísima y al empresario lo mata. Por eso hay que reciclarse y adaptarse. Hoy confeccionamos parte de nuestras prendas en China y en Italia, al norte de Florencia, en Prato. Pensar que cuando yo viajaba, hace 30 años, Italia era prohibitiva. También estamos fabricando algunas cosas en Perú; el Pima Cotton peruano es espectacular, un algodón orgánico increíble”. Históricamente la marca producía 70% en Uruguay e importaba el 30%, hoy esos porcentajes resultan imposibles. “Tenemos que reacomodarnos, no nos podemos quedar atrás y por eso, aunque me cueste –siempre aposté a la mano de obra uruguaya–, estamos haciendo 50% y 50%. Un poco en China, otro en Italia y algunas prendas ya confeccionadas que compramos en Estados Unidos. Y esa es la tendencia que se está dando en el ámbito de las marcas, hoy producir todo en Uruguay supone pérdidas para la empresa”.

Las vueltas de la vida

“Estuve casada 40 años pero decidimos separarnos. Antes era muy insegura y tímida pero me he sabido sobreponer, me di cuenta de que no tiene sentido y hoy me siento una mujer fuerte. En esa ruptura mi empresa me ayudó muchísimo a salir adelante. Y después…”, y se sonroja. “Conociste a Panchi (Juan Alberto Crispo)”, concluyo la frase. “Bueno, en realidad nos conocemos desde chiquitos. Éramos vecinitos de las vacaciones en El Pinar. Por 30 años no supe de él y después nos reencontramos. Nunca pensé en volver a rehacer mi vida, estaba bárbara con mis nietos, mis hijos, mi trabajo, mis amigas, mis viajes… pero apareció y hoy estoy muy feliz a su lado”.

Margara entiende que no hay una clave para el éxito, sino que se trata de un conjunto de variables. “Son muy importantes las ganas y la pasión que uno le pone a lo que hace. La tenacidad, ser trabajadora y hacer las cosas bien. Y después adaptarse a las circunstancias, en mi caso al mercado, y no perder nunca de vista lo que quiero, transmitir lo que soy”.

Lejos de agotarse, Margara sigue activa, vital y con ganas de continuar al frente de su negocio. Para ella la moda es un arte que le da a la mujer seguridad para enfrentar la vida. “La elegancia de una mujer es la actitud con la que se para frente a la vida. Sentirnos bien con lo que llevamos puesto nos ayuda a estar bien con nosotras y con lo que nos rodea. Es un aporte a lo que somos, no es mera frivolidad”.