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Mente inquieta: entrevista al cofundador de Kinko, Camelia y Aguada Park

Francisco Ravecca es un multiemprendedor al que le cuesta quedarse quieto

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09 de octubre de 2015 a las 08:00

Por Andrea Sallé Onetto

Al preparar una entrevista uno siempre va armando un perfil del entrevistado. La verdad es que al ver el currículum y la magnitud de los proyectos en los que estuvo y está involucrado Francisco Ravecca, imaginé que iba a encontrarme con un señor distante, receloso de hablar, impenetrable, medio gruñón y con poco tiempo. Por suerte la realidad desmintió todos mis temores y pude conocer una persona simpática, enérgica y —a pesar de decir que no le gusta hablar de sí mismo— muy dispuesta a contarme acerca de su vida, de su familia y de sus negocios.

Little gringo

El 1º de febrero de 1969 llegó al mundo Francisco Ravecca (el cuarto con su nombre en la familia), quien cumpliría su primer año de edad en las Bahamas. En pleno ajetreo interno, en los años previos al golpe de Estado, sus padres decidieron dejar Uruguay y probar suerte en otra parte. Se fueron a las Bahamas, luego vivieron un tiempo en Buenos Aires y, cuando Francisco tenía 3 años, se instalaron definitivamente en Washington (Estados Unidos). "Fue una época dura, mi padre es economista recibido en Stanford, tiene un MBA en New York University, pero acá no había trabajo, entonces nos fuimos". Pasó toda su infancia en Maryland, hasta que sus padres se divorciaron y decidieron volver a Uruguay cuando tenía 11 años. Al llegar lo enviaron al colegio British, en donde cursó el ciclo básico y donde descubrió que no era bueno para los deportes. "Me acuerdo que entré y era el típico gringuito medio gordito", relata entre risas. "Fue una época muy linda y en la que hice mis amigos de toda la vida". El bachillerato lo hizo en el liceo Juan XXIII, del que también rescató grandes amigos y donde se fue acercando de a poco a lo que sería su carrera: el derecho. ¿Cómo surgió esa vocación? "Cero vocación. La verdad es que no había encontrado qué hacer. ¿Viste cuando siendo chico discutís en tu casa y tus padres te dicen 'vos tendrías que ser abogado porque siempre tenés una respuesta para todo'? Bueno, se ve que me quedó en la cabeza eso de 'tenés que ser abogado'. Además, de mis doce íntimos amigos, cinco iban a estudiar abogacía". Se inscribió en la Facultad de Derecho de la Universidad de la República y terminó la carrera en tiempo y forma, pero en el medio descubrió su verdadera vocación. Cuando estaba en cuarto año de facultad comenzó a trabajar en el estudio del doctor Adolfo Díaz Estapé. Gracias a su excelente manejo del inglés, con solo 22 años lo hicieron partícipe de la venta de un frigorífico a un cliente estadounidense y allí encontró que le interesaban mucho más los aspectos del negocio en sí que los legales. "Me gustaba mucho más saber qué iban a hacer con el frigorífico, cómo lo iban a financiar, qué iban a vender, adónde lo iban a vender. Entonces pensé: 'Me equivoqué', pero ya estaba en cuarto y no podía dejar la carrera ahí". Se recibió de abogado y ya con el título en sus manos decidió hacer una maestría en administración de empresas (MBA) en el exterior. Se postuló a varias universidades y, mientras esperaba la respuesta, hizo una pasantía en el banco Surinvest que su padre había fundado en Uruguay, para ganar experiencia en administración, ya que durante su carrera no había visto nada de números y no sabía ni leer un balance.

Gringo again

Finalmente recibió la ansiada carta de aceptación y nada más ni nada menos que de la Harvard Business School. A los 26 años, dejó a su familia y a su novia María Noel —y actual esposa— para irse dos años a estudiar a Harvard. Al finalizar el primer año volvió, se casó y se fueron los dos juntos a Boston a un "apartamento enano" de un solo dormitorio en la propia universidad. "Mis amigos se ríen y me dicen que la robé de la cuna porque ella solo tenía 20 años. La verdad, fue una experiencia divina". En la universidad volvió a hacerse de un fuerte núcleo de amigos y a tender redes que en el futuro fueron la base de varios de sus proyectos.

Ravecca 2

¿Por qué no te quedaste en Estados Unidos? "La idea era volver. Tenemos familias grandes y ella era bastante chica también". Así que tomó un paso intermedio y se fue a Buenos Aires, donde aceptó un trabajo que le habían ofrecido en el Bank Boston. "No estábamos en Uruguay, pero estábamos muy cerca". Asumió el cargo de subgerente de industrias especializadas, trabajó en banca corporativa y banca de inversión. ¿Ahí sentiste que el MBA era lo tuyo? "A mí el MBA me cambió la vida, radicalmente. Quizá si sos economista o contador no te cambia tanto, pero casi todo lo que aprendí del mundo de los negocios lo aprendí ahí y después con la experiencia. Siempre digo que el mayor activo que saqué del MBA fue la red de contactos, sin lugar a duda". En el banco estuvo dos años, hasta que un día se preguntó: "¿Qué hacemos acá? Tengo 30 años, está toda nuestra familia y amigos allá. Acá en el banco estoy contento pero...", y ese "pero" dejaba en evidencia una nueva etapa de su vida: la necesidad de emprender.

Nace un emprendedor

"No me sentía cómodo siendo parte de un engranaje enorme. No teníamos hijos todavía, así que renuncié, hicimos las valijas y nos volvimos". Al llegar, abrió una oficina para hacer negocios, pero no tuvo el éxito esperado. Al poco tiempo, un amigo de Harvard, fundador de la web deremate.com en Argentina, le propuso abrirla en Uruguay. Lanzaron la firma en pleno boom de internet allá por 1999, pero luego tuvieron que cerrarla porque la empresa concentró sus operaciones en Argentina, Chile, Brasil y México. Al caerse este proyecto, otro más golpeó a su puerta y nuevamente a través de un amigo de Harvard, que había sido cofundador de la organización Endeavor en Estados Unidos. Este le propuso traer la organización al país y junto a un grupo de personas, entre ellas el doctor Alberto Brause, lograron crear Endeavor Uruguay en el año 2000. "Fue todo una lucha pero hoy el modelo funciona, el impacto está y se ha generado esta cultura emprendedora". Francisco estuvo seis años como director ejecutivo de la institución y hoy solo participa como mentor.

En 2004 se metió en otro emprendimiento junto a dos socios: Ficus Capital, una firma de banca de inversión que se encargaba de tres grandes cosas: buscar financiamiento para proyectos nacionales, vender empresas (fusiones y adquisiciones) y como corredores de bolsa. Pero en 2005 su actual socio Roberto Yannuzzi le planteó la idea que lo mantendría ocupado por varios años: crear una zona franca pura y exclusivamente de servicios en el centro de la ciudad. "Me encantó la idea, él sabía mucho de zonas francas (estaba en Zonamerica) y yo venía del mundo de conseguir financiamiento para proyectos, así que nos pusimos a trabajar juntos en el armado del plan de negocios". Su socio renunció a su trabajo y cuando el proyecto fue consiguiendo fondos, autorizaciones del gobierno y consumiéndole mucho tiempo, decidió abrirse de Ficus Capital y centrar sus energías en Aguada Park. Llegar a ver el edificio levantado y en funcionamiento les llevó cinco años y una inversión de 24 millones de dólares. Luego vino la etapa de conseguir clientes para llenar las oficinas y consiguieron que se instalaran empresas de la talla de Mercado Libre y Globant, que no tenían actividad previa en el país.

Una vez que Aguada Park funcionaba viento en popa, a Francisco comenzó a picarle, otra vez, el bichito emprendedor y redujo su participación diaria en la empresa como director ejecutivo para poder involucrarse en otros proyectos en paralelo.

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La mente no para

Padre de tres hijos y defensor de pasar el tiempo libre con su familia, sabe hacer malabares para llevar varios emprendimientos simultáneamente. En los últimos años, y junto con distintos grupos de socios, participó en la fundación de Kibon y Novecento, de la cadena de almacenes Kinko junto a uno de sus hermanos y del grupo Emprendimientos Gastronómicos e Innovadores (EGI), cuyos primeros proyectos fueron el restaurante de comida saludable Camelia y Llaollao, una cadena española de yoguristería. "Lo que vemos tanto con Kinko como con los otros emprendimientos es que en Uruguay existe la posibilidad de diferenciarse con pequeñas cosas", la diferencia radica en los detalles como la atención al cliente, el ambiente y la conveniencia, cosas que en general no implican encarecer los productos. Actualmente se encuentra armando un nuevo proyecto, una cadena de strip centers, que consisten en grandes estacionamientos con locales comerciales, que pueden ir desde un banco, un autoservicio o una ferretería, hasta una peluquería, un gimnasio o un cowork. La idea es llevar servicios a zonas residenciales que aún no cuenten con una oferta centralizada. A fin de año quedará construido el primero (no pudo decirme dónde será) y ya tienen pensado construir tres más.

La vida después de la oficina

¿En qué momento ves a tu familia? "Mirá que la veo y si hay algo a lo que le pongo prioridad en mi vida es tener no solo tiempo, sino calidad de tiempo. Ahora me pude dar el lujo de irme de viaje mano a mano con mi hijo de 13 años. Lo llevé a conocer Estados Unidos. En mi familia venimos de una tradición muy antigua de irnos a estudiar afuera. Mi abuelo se fue al MIT en Massachusetts en 1920 y tenemos una copa arriba de la estufa que se la ganó remando en el río que divide a Cambridge de Boston. Cuando fuimos con mi hijo nos sentamos en el borde de ese río y le dije 'Imaginate esto hace 90 años, sin ningún edificio de todos esos que ves y a tu bisabuelo remando por acá cuando se ganó la copa", y el enano estaba que no lo podía creer, se emocionaba. Todos mis amigos se reían y me decían 'le vas a meter el chip gringo'" (risas). Pero su idea era mostrarle la otra cara de Estados Unidos, la cara menos feliz y más alejada de Disneylandia.

"Fui criado bajo la idea de que cada uno tiene que hacer lo que le gusta en la vida y pienso criar a mis hijos igual. Tenés que ser consciente también de que si el día de mañana querés tener una familia a veces hay que hacer cosas que no te gustan. Podés ser emprendedor o podés trabajar en una empresa y ninguna de las formas es que sea buena o mala, ahí depende de cómo es cada uno". En su familia el emprendedurismo parece estar en el ADN. Su padre fundó su propio banco cuando llegó a Uruguay y cuatro de sus cinco hermanos son emprendedores. "Ser dueño de tu propio tiempo es divino, no tener que rendirle cuentas a nadie de adónde vas o venís, pero es duro y generalmente tenés menos tiempo. Después también llega fin de mes, hay que pagar las cuentas y a veces no tenés el cheque predecible todos los meses. Tiene mucha adrenalina ser un emprendedor".

¿Qué te gusta hacer en tu tiempo libre? Si tenés tiempo libre... "Tengo mucho tiempo libre. La base de todo es saber organizarse. Adoro a mi familia, me encanta pasar tiempo con mi señora María Noel y mis hijos: Francisco (13), Paulina (11) y Santiago (6). Pasar los domingos con mis hermanos y ver a mi grupo de amigos, que somos muy unidos". También le gusta mucho andar en bicicleta y hacer mountain bike. En febrero de este año cruzó con un grupo de amigos por segunda vez la cordillera a la altura de Mendoza y todavía siente en su cuerpo las secuelas, ya que tuvo un accidente, se quebró el manguito rotador y ahora lo tienen que operar. Dice que es horrible jugando al fútbol pero va a la cancha a ver a Peñarol, aunque de niño era de Nacional como toda su familia. "Me casé con una señora que es fanática enferma de Peñarol, entonces tomé la decisión de cambiarme de cuadro. Si un día quería ir al estadio con mis hijos me iba a tener que cambiar, porque mi suegro y mis cuñados son fanáticos, así que terminé haciéndome de Peñarol".

Seguir aprendiendo

Aunque no me contó ninguno de sus fracasos, confesó que los tuvo y que aprendió de ellos. Incluso comentó que trabajó en un fondo de capital de riesgo en Boston en el que lo primero que miraban cuando iban a invertir en una compañía era al management y cuántos fracasos previos tenía, porque "el que no fracasó nunca es porque nunca probó. Es mentira si alguien te dice que todo lo ha hecho bien. Todo muy lindo con ir a la universidad, pero lo que se aprende en la calle, en el día a día, es brutal; y el dicho 'a los golpes se aprende' es una gran verdad".

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Ya casi dando por terminada la entrevista, surgió de su parte un punto que quería dejar claro: "Lo que detesto es la traición y el chusmerío barato. Lamentablemente en nuestro país, la gente siempre le busca la quinta pata al gato y habla y ensucia sin saber. Te digo esto porque me pasó un episodio muy desagradable en un grupo de Whatsapp con un examigo. Se ve que alguno se había tomado unas copitas de más y entró a decir cualquier disparate sin ningún tipo de fundamentos, específicamente por el caso de Pluna. Vos me preguntabas sobre los fracasos y en el caso de Ficus no fue un fracaso lo que pasó con Pluna. En Ficus nos contrataron para hacer un trabajo que era encontrar un comprador y lo hicimos. Si vos vas y comprás una casa a una inmobiliaria y a los cinco años la parte un rayo, ¿le vas a reclamar a la inmobiliaria? Yo hice un trabajo de banca de inversión —que ni siquiera lo hice yo porque me metí con Aguada Park y no estuve dedicado al tema Pluna— pero no a los ojos de algunas personas que me hablan sin ningún tipo de fundamento y dicen: 'Bo, devolvé la guita' y se creen que yo manejaba los aviones. Hicimos un trabajo y después cómo manejaron los aviones es independiente de Ficus Capital".

Está convencido de que hay que dejar de hacer las cosas "a la uruguaya", en el mal sentido del término. "Si no pensamos 'a lo mundo' estamos fritos porque el mundo no espera. Acompañás la ola, avanzás y te mantenés actualizado o te quedás atrás". Cree que Uruguay tiene potencial y por eso decidió volver luego de su MBA, para apostar por el país y criar a sus hijos acá, con la esperanza de que en el futuro no se vayan.

"Mientras estamos acá, hay que aprovechar la vida al máximo en todos los aspectos. Es un crimen que este país tan lindo que tenemos se caiga a pedazos. No podemos descuidar cosas como la educación o la seguridad". Y, aclarando que habla sin ningún tipo de matiz político, señala que no se metería en política porque no le interesa. "Soy de involucrarme y apoyar en lo que puedo, pero el día tiene 24 horas y mi familia está primero. Para meterte en política tenés que ser político, es muy importante tener esa vocación. Creo que puedo construir mucho más generando emprendimientos y empleos que metiéndome en política". Hace poco asistió a un desayuno en Kibon en el que el periodista argentino Lanata hizo un planteo que lo dejó pensando: "Decía que lo que pasa en estos países es que tiene que haber gente que esté dispuesta a trabajar para hacer cambios que no va a ver, porque los cambios no se hacen de un día para otro, llevan décadas. Si tú no estás dispuesto a aportar tu granito de arena y a trabajar para hacer cosas que no vas a ver, no lo hagas. Creo que eso es fundamental. No puede ser que cada cinco años se cambie el plan de negocios radicalmente. En una empresa, si cambia el management, no se puede cambiar continuamente el plan porque al final no vas a ningún lado". Y considera que lo ideal sería que se trazara un plan país a largo plazo, bajo el compromiso de los partidos políticos de respetarlo sea quien fuere que esté en el gobierno. "Hay que buscar formas de interactuar mejor bajo un mismo objetivo, que se da tanto a nivel de política, de empresa como de familia. Me acuerdo que tenía un cuadrito que decía 'hombre sin fe es como barco sin timón'. Hay que ir fijando el rumbo".

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Seamos francos

¿Cuál es el beneficio para el país de que haya zonas francas? "La gente piensa que por ser zona franca nadie paga impuestos y no es así. Los operadores pagamos impuestos como cualquier persona, como cualquier compañía. Incluso, pagamos más todavía porque tenemos lo que se llama el canon que hay que pagarle al gobierno por ser operadores de zona franca. Quienes no pagan impuestos son nuestros clientes, aunque pagan cargas sociales como si estuvieran fuera de zona franca. Están exentos de IVA y del impuesto a la renta como beneficio para que vengan y se instalen acá y no en otro país. El beneficio para el país es la generación de empleo".

El gran fuerte de Aguada Park son las empresas de software y call center, que emplean a jóvenes brindándoles en muchos casos sus primeras oportunidades laborales, ya que existen cargos que no requieren experiencia previa. "La calidad del trabajador uruguayo es superior a la de muchos países y es un tema que no podemos perder de vista". El edificio de Aguada Park alberga a 2.500 empleados y la mayoría de las empresas que allí se encuentran no tenían actividad previa en Uruguay.

Números en cadena

Llaollao - Posee la máster franquicia para Uruguay, ya tiene dos locales y piensa abrir más en la región

Kinko - Cuenta con 12 locales abiertos pero están proyectados 50. Al momento tiene unos 150 empleados.

Camelia - Tres locales con unos 60 empleados. La comida que sobra se dona de noche a una institución.

Strip center - Tiene un local en construcción, cuatro proyectados y la posibilidad de abrir más.

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