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“No es un pastiche, tiene personalidad propia”, dice la voz aparentemente autorizada desde el monitor. La ciudad es Miami y la ubicación es la mansión Vizcaya, que se nos fue presentada una hora antes como una de las construcciones históricas más icónicas de una ciudad que no para de construir y de la que, una hora después, escucharé a alguien decir que es “El Palacio de Versalles de Miami”. Estamos en la tienda del sitio histórico, donde se puede comprar una botella de aceto por 40 dólares y que antes de ser lo que es, era el área de juegos (con piscina techada y bowling incluido), de James Deering, el dueño de la propiedad.

La comparación aplica, aunque Vizcaya sea una hacienda de varias hectáreas de bosque y un casco hecho todo de coral gastado que en el exterior parece hasta poco mantenido. Por dentro, las distintas habitaciones del Vizcaya tienen una cantidad de pedazos de otras construcciones históricas: puertas de templos romanos, techos franceses importados y adaptados, referencias a la Toscana y también a los renacimientos italiano y francés. Y todo, muchas veces, en una misma habitación. Es definida en su propia página oficial como, entre otras cosas, “un ícono de lo que ha significado la internacionalidad para los Estados Unidos y para Miami”.

Y vaya si lo es, porque apenas un tour de force de tres días permite que uno perciba qué tipo de ciudad es Miami. Que a todo color se presenta como un pastiche, mal que le pueda pesar al señor del video y, a la vez, en una traslación del modelo de gran ciudad estadounidense, lo más cerca del balneario posible. Pero un pastiche en búsqueda de su personalidad, tal como lo expresa. La ciudad empezaba a nacer cuando la casa fue construida, alrededor de la década de 1910. Cuando Deering ordenó cavar el primer pozo para esa mansión, Miami era un pueblo de pescadores, el más al sur de todo Estados Unidos, con no más de 10.000 habitantes.

La comparación no es ligera, decía entonces, y Vizcaya es un reflejo de Miami. No tanto en la procedencia de sus influencias, eso sí, porque Miami será un pastiche pero aquí, en tierras del espanglish, uno se encuentra por todos lados con la latinidad pura, aunque cruzada, que opera desde sus primeros tiempos como el ingrediente principal que se cruza con la idiosincrasia yanqui. Así, cubanos, mexicanos, estadounidenses, uruguayos… todos quedan igualmente intervenidos. Aquí un latino pide “un piña colada” y reflexiona: “La ciudad sufrió un poco menos la crisis porque aquí se vive del turismo, so… ¿qué más te puedo decir?”. O los “¿te gusta papi, you like it?” en los que los versos del merengue que las discotecas uruguayas importaban hace 15 o 20 años se hace persona, cotidianeidad, código de comunicación identitario del lugar.

Gran expansión

Miami, por supuesto, es también fruto de su crecimiento: de pequeño pueblo a principios del 1900 a la ciudad-balneario de hace más de 30 años a la metrópolis del estado de Florida que es hoy: de los ritmos caribeños y la cruza clubber electrónica del rapero Flo.rida y el francés David Guetta, de los galácticos de la NBA Lebron James y Dwayne Wade y de Gloria Estefan. De los shoppings y de la pequeña Habana, extraño refugio de los cubanos fuera de su tierra que son observados con curiosidad por el turista. De los hoteles que salen hasta de las piedras, de los Dolphins que juegan al fútbol americano y de los Marlins, el equipo de béisbol que, según el diario, el año que viene se pondrá a la altura del equipo de básquetbol de la ciudad –los Miami Heat– en eso de armar dream teams que luego odia todo el resto del país y tener un superestadio propio, una mole con techo retráctil que se estrenará en pocos meses. Miami es de las pocas franquicias que puede permitírselo ante tremenda crisis, dicen los artículos.

El tour tocó todo lo que Miami viene mostrando al mundo desde que es una de las mecas del espíritu de megaciudad-balneario de primer mundo: caros restoranes en South Beach en los que se sirve cerveza italiana, cocina peruana en auge internacional con combinaciones extrañas, centros comerciales kilométricos y kilómetros de coches esperando para volver a casa al salir de ellos, y boliches en los que términos como ostentoso o exclusivo quedan pequeños.

Kilómetros de autos particulares, decía. Porque Miami es una ciudad de auto propio, en la que a lo sumo hay taxis como para satisfacer la demanda urgente o turística. “No busquen a nadie caminando por aquí”, dice Martin, un guía voluntario en edad de jubilación que dirigió el city tour del primer día. Dice que en Miami la gente camina más en el gimnasio que durante el resto del día, y ni siquiera aprovecha el renovado y aceitado sistema de transporte, que incluye buses y un tren elevado que hace de metro y conecta algunos puntos alejados de la ciudad. Pero Miami –una ciudad que recibe cuatro millones de turistas sudamericanos por año– es una ciudad que acostumbra a sus habitantes a no caminar demasiado (una de las variables turísticas más elegidas es el famoso fly and drive, que olvida los city tours y da al pasajero su viaje, un hotel y un coche de alquiler). Arriba del auto, se llega a los barrios.

Pequeña set de ciudad

Y Little Havana parece, precisamente, el barrio que no es. Porque esta pequeña recreación cual parque temático de una calle cubana como no las hay (es posible que en sus escasas cuadras haya más dinero invertido que en todo el casco viejo de la capital isleña) vive de la alegría y el sabor de esos cubanos lejos de la patria. Pero entrar apenas en un comercio da una idea de todo: en una tienda de habanos de fabricación artesanal, uno ve entrelazadas las banderas de Cuba y Estados Unidos y, cerca, un cartelito que pone: “Los trabajadores de esta empresa nos enorgullecemos de ser cubanos pero nos cagamos en Fidel y su régimen”. Delante de la tienda, su dueño y fundador, un veterano ataviado como un cubano más, fuma su puro y se presta a las fotos de los turistas que, una cuadra más adelante, entran a un patio en el que se puede ver y participar de un juego de dominó en alguna de las más de 30 mesas llenas de veteranos cubanos que juegan, rodeados por los fotógrafos amateurs de paso. César, el chofer colombiano de la gira, vive en la ciudad hace nueve años, y por eso hay que hacerle caso si recomienda el café de Little Havana, irresistible una vez probado.

En el camino, antes de Little Havana, el sopor del día se empieza a hacer evidente en la zona de Coconut Grove que no tiene shoppings ni paseos. Es que en la periferia está lleno de casas más precarias –de todas formas, prefabricadas, prolijas e imposibles de ser señaladas como asentamientos–. “En este lugar viven desde siempre los morenos”, dice Martin muy suelto de cuerpo. No es casualidad entonces que el pequeño cementerio del barrio haya sido ese en el que un joven Michael Jackson que visitaba a un amigo se inspiró –y en el que luego filmó– el video de Thriller. En ese cementerio, las tumbas no están enterradas. Aquí tienen que estar al descubierto, porque por la humedad –propia de un pantano, sin más– las hundiría quién sabe hasta dónde y qué tan cerca de las reservas subterráneas de agua.

En 2010, 15.000 uruguayos y más de un millón de brasileños y argentinos visitaron la ciudad a la que llegan 38 millones de turistas por año

De a poco, la Miami verdadera se iba revelando, tras el paso por el veterano y ostentoso hotel Biltmore, ese en el que Al Capone –personaje casi a la medida de ciertos mitos de la ciudad– supo refugiarse, organizar garitos y dar fiestas, y que en tiempos de la segunda guerra mundial se convirtió por completo a hospital de heridos. Aquí Cuba también se cuela, ya que es imposible no conectar con ese imaginario de habanos y buena vida y escenarios al estilo de la mitad del siglo pasado.

A pesar de ser viejo y de no poseer el estilo Art Déco que define a un punto neurálgico de la ciudad (el Ocean Drive), el Biltmore es uno de los hoteles más exclusivos de la ciudad. Es el hotel en el que pararían los raperos Kanye West o Jay-Z en alguna etapa de gira, como la que hicieron días antes en la ciudad, llenando el modernísimo, casi espacial American Airlines Arena, en el que en temporada regular vuelan los mencionados Miami Heat. Pero hablaba del Biltmore. O mejor dicho, los que hablaban, en un perfecto español sudamericano y en portugués, eran muchos de los huéspedes que recorrían las instalaciones del hotel o disfrutaban de la piscina.

Salvataje latino

Y es que según los expertos en turismo, son los turistas latinoamericanos los que fueron decisivos en sacar antes de la crisis a la ciudad y apalancar su crecimiento, que parece no saber tampoco de bajas significativas en la construcción (se ven grúas a un lado y otro de la calle desde el centro hasta en las zonas de edificios más cercanas a la playa). Son los chilenos, argentinos y brasileños los que con su dinero, han sostenido a la ciudad comprando apartamentos y gastando a niveles de recalentamiento económico.

La mayoría viene a buscar lo más obvio de Miami, lo que se ve con más facilidad en tres días a las corridas: compras, paseos familiares, la camioneta de Emilio Estefan en la puerta del restorán de la familia de Gloria y la casa de Susana Giménez en la aislada y sin puentes Fisher Island, a la que se llega solo por barco. Pero de repente uno se entera que Miami tiene la segunda sala de teatro más grande de Estados Unidos en el Adrienne Arsht Center for The Arts, un tremendo complejo que supo ser tienda Sears y el cuartel general del diario Miami Herald para volverse un enorme complejo destinado a la música culta, la danza, la ópera, los espectáculos de la Broadway neoyorquina que suelen llegar a la ciudad y otros géneros afines. Estar dentro de alguna de esas salas, a pesar de que no haya espectáculo, transmite la sensación sobrecogedora de los grandes teatros o los más míticos, como el propio Solís. Hasta el sonido de una silla que se abre se antoja perfecto. Averiguando un poco uno se entera de que en medio del mes de diciembre sucede el Miami Art Basel, una espectacular muestra de arte que llega a la ciudad todos los años.

La última parada de la van es cerca de la Ocean Drive que todavía recuerda a Tony Montana, con todo su esplendor cheesy (en inglés, término que se utiliza para señalar algo cutre o terraja) y que a la vez encanta. La sensación es extensible a toda la zona de South Beach (la peatonal Lincoln Road incluido), con sus hoteles Art Déco reciclados y con mucha mejor suerte que la mayoría de los similares que se encuentran en los balnearios uruguayos. Una cena en una filial de un conocido boliche de la francesa Cannes llamado Baoli en la que una francesa y una rusa que trabajan como relacionistas públicas te cuentan lo mucho que les cambió vivir en una ciudad con playa y fiestas a la noche. Y después, sí, la recreación vívida de un video de hip hop contemporáneo: una sala roja con paredes revestidas de pequeñas cadenas que cuelgan, rap, hip hop, chicas de vestidos cortos que perrean y tragos a 25 dólares. Everybody knows it´s party time, como diría la propia Gloria.

CONSUMO LATINO

Un argentino: 300 dólares p/día

Un brasileño: 270 dólares p/día

Un chileno: 370 dólares p/día