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Gardel es uruguayo es un imperdible libro de ensayos donde personalidades internacionales y locales argumentan sobre la nacionalidad del popular cantante. Pero el libro es más que eso. Porque además de la seriedad y solidez de cada uno de los escritos que lo componen, tiene una hermosa portada, excelentes fotografías que ilustran cada capítulo, y un rosario de anécdotas a cual más sabrosa, que facilitan la lectura y aportan datos insólitos sobre la vida del Zorzal criollo.

El libro es una tesis, es cierto, pero también una biografía que desde distintas ópticas acerca la figura de Gardel, la humaniza, y despierta en el lector el anhelo de que lo expuesto sea la verdad definitiva. Hay entusiasmo y hay rigor, y un homenaje a los pioneros uruguayos de una lucha que ya dura cincuenta años, que tiene su origen en Tacuarembó, y en nombres como Erasmo Silva Cabrera, Nelson Bayardo o Eduardo Payssé González.

Es importante saber, por ejemplo, que los argentinos avalan la hipótesis de que Gardel era francés con tal de que no sea uruguayo. Que se niegan constantemente a realizar un examen de ADN que despeje definitivamente las dudas, y que, basándose únicamente en un dudoso testamento, dan el caso por cerrado para siempre.

Pero también que el Zorzal era más bien bajo y regordete. Amante de la buena mesa, dicen que en 1917 llegó a pesar 118 kilos, y que por esa tendencia a engordar practicaba boxeo, jugaba a las bochas, hacía remo, básquetbol, y salía a correr con regularidad.

En el libro se cuenta como Gardel empezó vendiendo fósforos en el puerto, que más tarde fue tipógrafo en una imprenta, barajador de naipes en un antro, y hasta albañil en un edificio de la ONDA. Más adelante, se narra cómo se vincularía al mundo del teatro, donde conocería al famoso cantante lírico Titta Ruffo que, impresionado por su voz, le dió los primeros consejos para convertirse en cantante.

Orientalidad

En el otro extremo, hay capítulos enteros para justificar un punto en concreto en discusión. Se comparan digitalmente fotografías para mostrar a un Gardel niño que en nada se parece al de la famosa partida de nacimiento francesa, y así demostrar la similitud del cantante con sus primos uruguayos. También se expone con precisión las vicisitudes amorosas de Carlos Escayola, su relación con la madre de Gardel, la imposibilidad de registrar al nacido, y su posterior dada en adopción a causa de la estricta moral de la época.

Se adjuntan a su vez todos los documentos oficiales que registran el origen uruguayo de Gardel, y un sinfín de escritos más que avalan la tesis uruguaya. Es muy importante también el capítulo que firma Luciano Londoño, abogado colombiano y experto en tango, que revela la falsedad de los certificados de defunción, tras el fatal accidente en Medellín donde muere Gardel, que sirvieron para que desde Buenos Aires se emprendiera el camino de la sucesión económica, que era fundamentalmente lo que se buscaba: la herencia.

A través de varios capítulos se va tejiendo una especie de diario gardeliano hecho a base de recortes de prensa, donde se recrean críticas a sus actuaciones en donde, de una u otra forma, se va estableciendo su origen uruguayo. Además se presentan varios extractos de entrevistas que el cantor fue dando tanto en Uruguay, como en el resto del mundo, donde admite, unas veces directamente, u otras indirectamente (“mi presidente Terra”, por ejemplo) su orientalidad.

Esos extras son los que aportan a este libro sabor y color. No hay que ser un fanático del tango o de Gardel para disfrutarlo de comienzo a fin. Indirectamente retrata una época, costumbres y personajes. Las luces que rodean a la figura pública, se mezclan con los misterios de su vida privada, sus argucias verbales y sus quiebres de cintura para salir siempre bien parado.

Pero detrás de esa habilidad innata para salir de apuros, de esa sonrisa eterna y sobradora de triunfador, de artista para las cámaras, se esconde otro Gardel, el que nunca pudo superar los traumas de la infancia, el abandono familiar organizado. Razzano, que dicen fue el que lo conoció mejor, dijo que Gardel llevaba un fantasma adentro. Y Juan Carlos Onetti sostenía que Gardel era un hombre triste, “que tenía una tristeza que vaya a saber de donde venía”.

Lo impactante es que observando las increíbles fotografías que trae el libro es posible rastrear esa mirada hacia adentro, poco luminosa, y hasta algún rictus amargo en varias imágenes donde sonríe con la boca pero no con la cara.

Musicalmente Gardel fue y es un monstruo, un prodigio de la naturaleza, y como se expresa en el libro, su nombre es sinónimo de excelencia. Grabó 1.500 canciones y cantó 32 géneros diferentes. Como argumentara Nelson Bayardo, Gardel era notable cantando tangos humorísticos, dramáticos, o grotescos, lo que sea que le escribieran lo transformaba en una joya. Y por encima de todo estaba su expresividad, una manera de decir capaz de conmover a una piedra.

La increíble vida de Gardel es quizás indirectamente el testimonio menos legal pero más intuitivo de que era uruguayo. Ser una cantante excepcional y llevar al mismo tiempo una bala alojada en el pulmón toda su vida, producto de una riña en un cabaret, sólo le pudo pasar a un uruguayo. A uno de Tacuarembó.
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