Olodum, beijos y crack
El Observador fue a un ensayo de la banda más popular de samba reggae del barrio Pelourinho de Salvador de Bahía, donde se da rienda suelta al baile y la alegría, pero también se muestra la otra cara de Brasil: las drogas y los robos
Un ejército de descendientes de esclavos late en la iglesia de Nossa Senhora de Rosário dos Pretos, corazón del Pelourinho, mítico barrio de Salvador de Bahía. En la iglesia Católica, que a sus fondos conserva un cementario de esclavos, los creyentes cantan y bailan vestidos de blanco, como sus ancestros, al ritmo del candomblé, religión bahiana que parió a los hijos de los orishas africanos. Cada martes al atardecer, el sincretismo resucita en Pelourinho.
El martes 12, afuera de la iglesia, los bahianos bailaban, esta vez, el samba reggae de la popular banda de Olodum. Y al anochecer, el cantante Alpha Blondy, bastión del reggae africano, grabó un videoclip sobre la calle empedrada junto a Olodum, como hizo Michael Jackson en 1995. Desde la casa del escritor Jorge Amado, la vista era perfecta, jura Marcelo, un argentino que se conmovió con el rito. Fue tan intensa la experiencia frente a la casa de Olodum, que cinco días después a Marcelo no le daban los brazos ni los ojos para explicar lo que había sentido el martes.
Y mientras Marcelo recordaba con gestos su experiencia en la fiesta popular, dentro de la casa de Olodum comenzó a sentirse el llamado de los tambores.
La entrada al ensayo de Olodum cuesta 30 reales, unos $ 300.
“Ensaio” le llaman al toque de los domingos de tarde. Son cuatro horas sin parar de samba reggae sobre un pequeño escenario. A metros del público, desfilan decenas de percusionistas que rotan cada tanto, una pareja de bailarines esculpidos por el sol y el ritmo, y los tres cantantes del grupo: el veterano Lazinho, el carismático Mateus Vidal y la bellísima Nadjane de Souza.
Los bahianos agitan sus caderas y entonan cada canción con los ojos cerrados, como rezando, a metros de sus ídolos. Son los reyes de la pista. Los turistas relojean y, cuando el calor, las cervezas y la caipirinhia baja de la cabeza a los pies, se animan a tirar unos pasos.
Las bahianas transpiran sonrisas y alegría. Mirada va, mirada viene, una morocha se acerca para decir algo al oído. “¿Eu posso te dar um beijo? (¿Puedo darte un beso?)”, pregunta sin más. Así de generosa es Bahía.
En Pelourinho, la música corre por las venas. Afuera de la casa de Olodum, los que no pudieron pagar la entrada se saben todas las canciones, vibran sobre el empedrado y danzan como el que más. En la calle, la cerveza también se vende como agua helada. Una decena de adolescentes curtidos por el crack recoge las latas que quedan sobre los adoquines y las guardan en bolsas de nylon. No levantan los ojos del piso. Se meten con sus harapos entre las piernas para llevarse el tesoro que convierten, tras algunas transas, en droga.
Adentro el baile se torna cada vez más intenso a medida que pasan las horas. Me dejo llevar por el ritmo y pierdo. Pierdo el ritmo y los pocos billetes que me quedaban en el bolsillo. El punga que me ganó es más pequeño que Ze Pequeño y más ligero que Neymar. En Pelourinho, nunca es tarde para distraerse.