Otra versión de Obama
Varias son las diferencias entre la primera y la segunda asunción de un líder que ahora es más fuerte
El lunes de tarde, cuando ingresaba al Capitolio después de la multitudinaria ceremonia en la que asumió por segunda vez la Presidencia de los Estados Unidos, Barack Obama se detuvo y le comentó algo a los que lo acompañaban. “Me gustaría ir a mirar una vez más”, dijo, y se dio la vuelta para contemplar la masa que lo ovacionaba. “No voy a poder verlo de nuevo”, agregó, y se despidió de la pompa.
Este detalle ilustra la diferencia entre las dos jornadas, aparentemente similares, que vivió Obama con cuatro años de diferencia. Mientras que en la primera estaba la chance de regresar en seguida, ahora esa posibilidad ya no existe y el mandatario tiene un final claramente delineado en el horizonte.
Si la agenda presidencial de un día como ayer pero de 2009 estaba cargada de novedades y desafíos, las anotaciones en este 2013 no fueron para nada rimbombantes. Obama apenas participó de la oración nacional en la Catedral y no se encontró con la novelería de tener que ponerle contraseña a su nueva computadora, ni con el desafío de encontrar las llaves de los cajones o la necesidad de reunirse con el personal de la Casa Blanca o con los jefes de seguridad personal.
Por otra parte, por lo que dijo y dio a entender el lunes, los años que tiene por delante también serán distintos a los pasados cuatro, en los que no parece que estará muy dispuesto a negociar con los demás.
Más firmeza
Resulta que en su primera asunción, el primer presidente afroamericano de los Estados Unidos dio un discurso abierto y dialogante, en el que se posicionó como forjador del intercambio en busca del consenso; una intervención que podría resumirse en la frase “vamos a hacerlo juntos”. Este lunes su mensaje fue muy otro y se podría condensar, más bien, en la palabra “síganme”; más aún si se tiene en cuenta que uno de los vocablos que más utilizó fue “debemos”, término que no da mucho lugar a la negociación.
“Debemos actuar, sabiendo que nuestro trabajo será imperfecto. Debemos actuar, sabiendo que las victorias de hoy solo serán parciales”, dijo por ejemplo.
Razones no le faltan para haber crecido en firmeza, menos aún a dos años de haber sido golpeado en los comicios legislativos de mitad de período: ahora goza de una popularidad superior al 50 % y sus oponentes tienen registros de desaprobación que en algunos casos triplican a los de imagen positiva. Con esto a su favor, la tarea del líder pasa a ser la de comprometer a los distintos actores detrás del único proyecto que recibió apoyo, que es el suyo.
Asimismo, el mandatario tiene ahora la posibilidad de poder debilitar más a los republicanos, que recientemente comprobaron que dedicarse a ser la oposición de Obama puede tener consecuencias autodestructivas. De aquí en más, los tradicionalistas deberán elegir bien qué batallas boicotear, ya que oponerse a todas ellas seguramente los dividirá aún más.
Un nuevo espectro
Otra diferencia entre las jornadas de principios de 2009 y las que se viven por estos días en Estados Unidos radica en los destinatarios del mensaje presidencial, esta vez claramente distinguidos por el líder en su declaración.
Ante el Capitolio, Obama se mostró más abierto que nunca a los inmigrantes –a quienes quiere ver “en las listas de trabajo, más que siendo extraditados del país” – y a las mujeres, por las que pidió igualdad en la retribución.
En ese recorrido, que en el fondo abarcó a la diversidad de su fuerza electoral, el líder también hizo especial mención a los “hermanos y hermanas gais”, que deben “ser tratados como todos los demás ante la ley”, en lo que fue el más claro mensaje de apoyo a los homosexuales que ha dado un presidente de EEUU en la historia.
Otra diferencia en el tono fue la que Obama usó para referirse a la crisis económica, que en el pasado estrangulaba a su país. Ahora el mandatario pudo declarar con orgullo que “una recuperación económica ha comenzado” e incluso se dio el lujo de no dedicarle mucho tiempo a este tema sin sentir remordimiento por ello.
De aquí a que comience el año 2017, Barack Obama puede hacer las cosas muy bien y dejar a su partido en perfecta posición para seguir en el mando. Pero también es sensible a llenarse de orgullo, olvidarse de los demás y gobernar desde la autoridad que es reforzada por la soberbia. Hoy todo eso está por verse. Y recién dentro de unos años se podrá poner pausa y evaluar qué fue lo que pasó. Entonces se podrá ver si finalmente se consolidó el sueño americano o si, como sucede con las malas películas, la titulada Obama 2 fue una versión más pobre y menos contundente de la primera.