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La combinación de vacaciones y playa, de madrugadas bailando y atardeceres que se alargan y se pisan con la cena hacen que el verano en Punta del Este no sea un tiempo de cocinar. Por eso los turistas se arraciman y llenan las mesas de los restoranes. Los argentinos incluso llenan las veredas por horas, esperando un lugar libre. Esa es la matriz alimenticia de esta península.

Pero Punta puede llegar a ser un lugar hostil en cuanto ofertas culinarias. Uno de los rumores de robo a mano no armada que circula en el ambiente de restoranes este verano 2012 es que, el pasado 29 de diciembre, se vendió un plato de ñoquis a $ 800.

No es nuevo que el principal balneario de América del Sur —casi como norma de la casa— dispara los precios de forma vertical, tanto desde sus restoranes de lujo como en las casas de comida rápida o en cadenas de locales de comida uruguayos que en algunos casos duplican sus precios con respecto a Montevideo.

A pesar de esto, todavía es posible salir a comer sin ser asaltado en Punta del Este. Existe un (pequeño) circuito alternativo que se ha consolidado entre la península y Maldonado donde se puede cenar un buen plato con un desembolso de billetera inferior a $ 600, en base para dos personas. El Observador hizo una recorrida por estos locales que se encuentran aun dentro de la selva glam pero a la vez al costado de los precios prohibitivos.

La estampa del ex bar
El Bar Esteño, ubicado entre avenida Francia y bulevar Artigas, a la altura de la parada 2, en la zona conocida como La Pastora, tiene 25 años de historia. Durante 19 de esos años fue un bar de copas común y silvestre, con los borrachos de rigor acodados al mostrador iluminados por un tubolux hasta que el amanecer los hacía innecesarios.

Desde hace cuatro años, el Esteño cambió de dueño (ahora es Roberto Casquín) y se renovó con una propuesta diferente y un estilo con más onda. De a poco fue alterando el decorado y la pintura, con vinilos que cuelgan y una pecera. La propuesta va de pizza, tragos y pool (hay una mesa al fondo, cerca del horno). Las bebidas alcohólicas tienen precios razonables: la cerveza ronda los $ 120, como el daiquiri. Otros tragos, como el destornillador, salen por $ 90. La porción de pizza cuesta $ 95.

Brasas en la 5
La avenida Pedragosa Sierra tuvo su gran momento de esplendor en las décadas del ’60 y ’70, porque allí se concentraban comercios influyentes, como verdulerías y supermercados, con un movimiento propio. La llegada del Punta Shopping y el aumento de otros distritos comerciales dejaron la llamada “parada 5” con un perfil muy bajo.

A una cuadra de Pedragosa, por la paralela calle California, el perfil es más bajo aún. Pero allí se encuentra Watusi, una pequeña parrillada con impronta de bar, bombitas de luz sin pantalla y una mesa de pool que recibe al llega con un perro fiel en la puerta, junto al parrillero, que también está afuera.

La combinación de chorizo, tira de asado y ensalada no supera los $ 300 por cabeza.

Mariscos del alma
La fonda del Pesca se encuentra a escasos 50 metros de la calle central que corta la península en dos (casi como una divisoria de aguas), pero no debe haber sitio de comida más off-Gorlero que La fonda del Pesca.

Ubicado en la bajadita de la calle 29 hacia la Brava y considerado por varias guías gastronómicas como uno de los tres mejores restoranes de pescados y mariscos de Punta del Este, la Fonda ha conseguido en sus 13 años de vida algo que es difícil en este ambiente: tener un estilo propio alejado del glamur de la ciudad. A base de pura autenticidad, su dueño, conocido simplemente como “el Pesca”, 44 años y exsurfista, cocina, sirve e incluso hace el delivery. No es raro verlo caminando por Gorlero con un plato en la mano. Tampoco es raro que la clientela de la fonda llegue, se siente y simplemente le pida: “Pesca, traeme lo que quieras” y que la elección recaiga en él, como si fuese un padre. La relación calidad/precio es difícil de igualar: un soberbio plato con un bife de brótola a la plancha con salsa de chipirones acompañado de un arroz risotto cuesta $ 250. Igual que unos raviolones de mejillón o de salmón.

Para el Pesca, su restorán es su vida. Es donde habla con sus amigos de otras generaciones, surfistas y turistas que peregrinan hasta una Fonda que se precia de decir que nunca repite una misma salsa dos días seguidos. “Si me sacás esto, me muero”, confiesa el Pesca abriendo los brazos, con su mejor sonrisa.