ver más

Grupos de ataque de la mafia mexicana. Pandillas de jóvenes ladrones de analgésicos. El gobierno. Venían, siempre venían. De la esquina o de la calle, él nunca sabía de dónde.

Michael Mahoney, de 36 años, tuvo una vida difícil: pasó meses en centros juveniles de detención y seis años en la cárcel antes de decidirse a revertir las cosas. Se inscribió en cursos de soldadura y cuidó a su padre enfermo en su casa de Oxnard, California. Después, la esquizofrenia lo dominó. Vivió sus últimos meses sumido en el miedo y la paranoia, llegando a gritar en una oportunidad, “¡Mátenme!”.

Y alguien lo hizo.
Mahoney murió el 14 de agosto a causa de una herida de bala en el pecho cuando tres oficiales, respondiendo a una denuncia sobre un hombre con un arma, le dispararon. Fue uno de los 64 enfermos mentales que murieron este año después de recibir el disparo de un arma o de un dispositivo de electroshock de efectivos policiales estadounidenses, según datos compilados por Bloomberg. Esa cifra representa aproximadamente tres veces la indicada por la policía en un sondeo del Departamento de Justicia estadounidense realizado en 2009, el último año con estadísticas disponibles.

Por lo menos 16 de los 64 tenían esquizofrenia, eran proclives a la violencia y evitaban tomar medicamentos. Algunos habían sido dados de alta de hospitales después de estadías que las familias consideraban demasiado breves como para ser terapéuticas. Mahoney pasó 45 horas en un centro psiquiátrico donde había sido confinado para su propia seguridad, siendo dado de alta nueve días antes de morir con una pistola de bengalas en la mano.

“Es una vergüenza que una bala haya pasado a ser nuestra red de seguridad en salud mental”, dijo Louis Josephson, máximo responsable ejecutivo de Riverbend Community Mental Health Inc., en Concord, New Hampshire, que ofrece programas para pacientes externos y residentes.

Fallas del sistema
Las fallas del sistema de salud estadounidense para tratar a los enfermos mentales graves han incrementado la carga de trabajo de la policía en los 50 estados y han puesto a personas emocionalmente perturbadas a merced de oficiales que pueden llegar a contar con escasa o ninguna capacitación para apaciguar situaciones exacerbadas por la psicosis.

Pese a no haber todavía un diagnóstico público, el estado emocional de Adam Lanza, que mató a 20 niños y seis adultos en Sandy Hook Elementary School en Newtown, Connecticut, ha puesto el foco en el papel que desempeña la salud mental en la violencia. En una conferencia de prensa el 18 de diciembre, el presidente Barack Obama prometió hacer que el tratamiento para las enfermedades mentales sea tan fácil de obtener como un arma. La principal arma de Lanza fue un rifle Bushmaster AR-15.

“Estaba claramente perturbado”, dijo el gobernador de Connecticut Daniel Malloy en una entrevista en la CNN. “Hay que estar trastornado para llevar a cabo un crimen semejante”.

Menor atención
En una encuesta llevada a cabo en 2011, 82 por ciento de 2.400 jefes de policía y alguaciles dijeron que las llamadas para tratar con enfermos mentales se habían incrementado considerablemente durante su tiempo en el cargo, según Michael Biasotti, presidente de la Asociación de Jefes de Policía del estado de Nueva York y jefe del departamento de New Windsor.

Actualmente, el uso de la fuerza contra los enfermos mentales constituye un punto de interés importante de las investigaciones del Departamento de Justicia, según Jonathan Smith, responsable de la sección especial de litigios por derechos civiles del organismo. “Están poniendo el dedo en lo que constituye uno de los problemas más grandes del orden público”, dijo.

Smith asoció los asesinatos, en parte, a la degradación que ha experimentado la atención médica para los enfermos mentales. El número de camas en los hospitales estatales cayó 92 por ciento hasta 42.385 en 2011 desde mediados de los años 1950. Las leyes de 44 estados concebidas para obligar a los enfermos más graves a no dejar su medicación generalmente no se utilizan en medida suficiente o se ignoran, según Brian Stettin del Treatment Advocacy Center, una organización sin fines de lucro.

La duración promedio de las internaciones en hospitales psiquiátricos para agudos se redujo 60 por ciento desde 1993, y en la actualidad es de 7,8 días –muy lejos de las dos semanas que, según los médicos, es el mínimo para introducir nuevas terapias con medicamentos y estabilizar a los pacientes.

‘Barranca abajo’
La familia de Mahoney está convencida de que la brevedad de su última internación dejó a éste agitado y delirante, y llevó al episodio que puso fin a su vida. “Mi hermano no debía morir”, dijo su hermana melliza, Tara.

Su otro hermano Brian y su padre dijeron que también están enojados con la policía. “La sociedad va barranca abajo cuando los policías pueden dispararle a quien quieren”, dijo Brian.

El comandante de la policía de Oxnard, Scott Hebert, rechazó la sugerencia de conducta inapropiada. “Nunca queremos poner a nuestros oficiales en situación de hacer lo que hicieron”, dijo. “El problema, en mi opinión, es el sistema de salud mental”.

Ninguno de los oficiales que participaron en los 64 incidentes documentados por Bloomberg fue hallado responsable penalmente.

En 49 de los 64 incidentes del recuento de Bloomberg, los individuos estaban armados o parecían estarlo. Veintiuno tenían cuchillos y 19 tenían pistolas. Hubo dos con martillos, dos con machetes, uno sosteniendo un bate y otro, una espada. Tres tenían revólveres de juguete.

CIT Sólo 10 por ciento de los 25.000 departamentos de policía del país ofrecen Capacitación para Intervención de Crisis (CIT es su sigla en inglés) o enseñan técnicas de des-intensificación para tratar con enfermos mentales en crisis, psicóticos u otros, según un estudio de la Universidad de Memphis.

En las sesiones CIT, los oficiales aprenden a desarrollar lo que se denomina una escucha reflexiva: “Usted me está diciendo entonces...” El siguiente paso es hacer sentar al individuo perturbado, en tanto los oficiales mantienen contacto visual y, por último, convencer a la persona de acompañarlos pacíficamente, dijo Michael Woody, presidente de CIT International, una organización sin fines de lucro de Memphis que diseña programas en 50 estados y cuatro países para equipos de intervención de crisis.

“Los casos de policías que atacan con disparos a enfermos mentales aumentan pero no tanto como podrían hacerlo gracias a las medidas que hemos adoptado”, dijo el jefe de policía de Albuquerque, New Mexico, Ray Schultz.

En un estudio de 2009 relativo a 707 tiroteos que involucraron a oficiales en Norteamérica, el psicólogo forense Kris Mohandie caracterizó 36 por ciento como “suicidio por policía” –dando a entender que quienes fueron asesinados habían provocado la respuesta letal.

Tony Monheim, un policía retirado de Miami-Dade que dicta cursos sobre investigaciones de ataques y homicidios con policías involucrados, dijo que la capacitación sólo puede llegar hasta un punto.

“Para mí es evidente que alguien que ataca a un oficial de policía con un pedazo de vidrio de ventana no está pensando claramente”, dijo Monheim. “Pero ¿qué se supone que debe hacer un policía? ¿Ponerlo en un diván? ¿Analizarlo? No hay tiempo para eso”.

Enfermedad mental confirmada Para su encuesta, Bloomberg reunió más de 100 artículos de prensa sobre tiroteos con la policía que involucraron a enfermos mentales en 2012. Después de verificarlo con policías, fiscales y registros médicos, sólo se contaron aquellos incidentes en los que la enfermedad mental pudo confirmarse. Los informes descartados demuestran que el número real de esos ataques con disparos podría ser mucho mayor.

Según sus cálculos, basados en conversaciones con oficiales de la policía, Woody de CIT International dijo que 25 por ciento de los aproximadamente 400 ataques con disparos fatales registrados anualmente en las estadísticas del Departamento de Justicia involucran a alguien con una enfermedad mental o problemas de salud mental.

Los registros relativos a Michael Mahoney muestran un rango de trastornos en evolución que culminaron con su última internación hospitalaria con un diagnóstico de esquizofrenia.

La víspera de su muerte, Mahoney visitó a un vecino, Ben Velazquez, y le entregó un trozo de papel con el número de celular de su padre garabateado. “Llámalo hoy a las 7”. Velazquez recordó que Mahoney dijo “Mi cuerpo estará listo”.

Al día siguiente, Mahoney mostró a otro vecino, Rick Pallazuelos, una pistola de bengalas. Pallazuelos le preguntó que iba a hacer con ella. “Ya verás, ya verás”, le dijo Mahoney.

Velatorio irlandés
Poco después, un conductor que pasaba por la casa de Mahoney llamó al 911 para denunciar a un hombre “con un arma en la calle”, según un comunicado de prensa del departamento emitido en aquel momento.

Se despachó a tres oficiales. Mahoney estaba adentro, moviéndose de un lado para otro, por momentos a la vista de los oficiales, que permanecieron afuera, dijo Scott Hebert, comandante de la policía de Oxnard a cargo de la división normas profesionales. Cuando vieron que Mahoney apuntaba la pistola en su dirección, los tres dispararon, dijo Hebert.

Mahoney fue declarado muerto en la escena. Su padre, siguiendo la tradición de sus antepasados irlandeses, veló el cadáver de su hijo en el salón. El cajón estaba rodeado de fotos de la familia y una bandera irlandesa. La vigilia duró más de dos semanas. “No quería dejarlo ir”, dijo Edward Mahoney echándose a llorar.
Seguí leyendo