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Llega un momento en la vida de cualquier escritor de fuste en que este se sitúa en un lugar que puede definirse como más allá del bien y el mal. Atrás quedaron las épocas de ganarse un lugar, de los primeros libros fundamentales, del texto consagratorio, de los premios, del anhelado reconocimiento popular. Es el momento de escribir lo que se quiera y como se quiera.

Paradójicamente, suele ser un momento delicado donde los caminos se bifurcan.

Algunos autores (los que no pueden separase de su sombra) se decantan por el libro de corte autobiográfico o por unas voluminosas memorias generalmente aburridas y narcisistas. Otros, como el escritor francés Jean Echenoz, utilizan el crédito editorial para volar libremente, para salirse del libreto, para sorprender al lector con un texto atípico dentro de su producción.

Tal es el caso de Capricho de la reina, que reúne siete relatos eclécticos donde el único aspecto en común es la calidad literaria. Se trata de textos breves pero de gran densidad conceptual donde cada palabra cuenta. La mirada, a ratos triste, a ratos alegre y juguetona, produce en el lector la sensación de que se muestra en todo su esplendor la vida misma.

Los siete relatos eclécticos

Por momentos Echenoz recuerda al Stefan Zweig de Momentos estelares de la humanidad, sobre todo en Nelson, una magnífica semblanza del gran marino inglés que abre el libro. En pocas páginas el autor logra transmitir toda la fuerza de un personaje memorable al que, sin embargo, presenta como un ser frágil que asiste a una cena aristocrática.

El retrato es estupendo y resulta notable la forma en que se muestra su inseguridad al encontrarse en tierra firme, de pie sobre una superficie que no se bambolea. También conmueven algunos datos raros de su personalidad que se revelan y su destino final en la batalla de Trafalgar, por no hablar de su vuelta a casa dentro de un barril de coñac colgado del palo mayor de su nave, para conservar así su cuerpo.

A la misma altura se sitúa En Babilonia, que cuenta, discute y goza reescribiendo la crónica que Heródoto realizara de la hermosa y legendaria ciudad, en uno de sus viajes.

El fresco de época es minucioso y está lleno de pasajes muy divertidos, más que nada cuando se cuentan algunos hábitos curiosos de los ciudadanos y varias decisiones polémicas de los gobernantes de turno.

El registro cambia pero resulta igual de eficaz en Ingeniería civil, que cuenta la vida de un ingeniero que, tras enviudar, deja su trabajo y se dedica a visitar los puentes más memorables del mundo. De fondo subyace el peso de una ausencia y la soledad infinita del protagonista, que se resuelve en un final increíble, cuando logra vencer su desasosiego para citarse con una mujer desconocida, claro está, en un puente.

Veinte mujeres en el parque de Luxemburgo y en el sentido de las agujas del reloj, es una audacia ya desde el título, que en su desarrollo compara y describe veinte pinturas.

Las retratadas son reinas y regentas que posan en el mismo lugar, a las que Echenoz describe en un párrafo que abarca vestido, peinado, joyas, pose general y expresión facial, lo que obliga al lector a rastrear esas imágenes para concordar o no con el escritor.

En Por capricho de la reina, Nitrox y Tres bocadillos en Le Bourget, el narrador cambia y se mueve hacia terreno personal. El mejor es el último, que detalla tres visitas consecutivas a una pequeña ciudad y da cuenta de los cambios mínimos que presenta cada día un lugar cualquiera del mundo, muchos imperceptibles a simple vista.

Capricho de la reina, con toda la solvencia de Jean Echenoz, es un libro irreverente y divertido, que se lee con placer de principio a fin.
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