Recuerdos del viejo Pocitos
La playa que era un sitio desierto y abandonado de “arenas voladoras” da elocuente testimonio de cuánto han cambiado las costumbres en Montevideo
En el siglo XIX la zona era un verdadero páramo, solo visitado por las lavanderas morenas, que en la confluencia de la hoy calle Buxareo con el Río de la Plata utilizaban el agua de un arroyito llamado Arroyo de los Pocitos, donde abundaban pozos de agua dulce y limpia; después del lavado recorrían las dunas con el enorme atado de ropa limpia sobre la cabeza.
Por esos terrenos, dice una antigua leyenda popular, corría la mejor agua para lavar y blanquear la ropa de un buen porcentaje de los 100.000 habitantes que tenía Montevideo en esos tiempos.
Un Diccionario Geográfico de la época publicado por Guillermo García Moyano contaba: “Hace treinta y tantos años allá, en los arrabales de las quintas de Montevideo, en un sitio desierto y abandonado, se trazó un plano del barrio que se denominó de los Pocitos”, destinándolo para el servicio de las lavanderas que no encontraban sitio en los lavaderos de Acuña y Sauces, hoy ciudad, vendiéndose los terrenos a vil precio...”
“Nuestra Señora de los Pocitos” nació como un pequeño pueblo separado de la ciudad, fundado oficialmente por Juan Pedro Ramírez, delineado por el agrimensor Demetrio Ísola, amparado en todas las marianas bendiciones y desarrollado mas tarde por grandes urbanizadores como Francisco Piria y Florencio Escardó.
Eran tierras fiscales de escaso valor, ocupadas en su mayor parte por “arenas voladoras” alejadas por lo menos una legua de la ciudad.
Es la misma playa que hoy, llena de sol y arena bañada por las aguas del Río de la Plata, según la hora, el viento y las corrientes, es salada amarronada y revuelta y otras veces clara, verde y transparente, tibia o fría, tranquila o picada.
Recuerda el doctor Ramón Negro, que la costa era mucho más ancha, tanto que el Hotel Pocitos –ubicado en la Rambla y Martí– tenía una terraza que se prolongaba cien metros dentro del río de la Plata, dividiendo la playa en dos.
Solo que en esos tiempos las arenas no eran tan atractivas, el placer de ir a la playa no era tan corriente y los veranos solían pasarse en grandes casas quinta, ubicadas por el Prado y su entorno. Ir a la playa era casi una trasgresión, era violar una costumbre, solo permitida para prevenir enfermedades, porque decían que el “sol afiebraba las cabezas” o “le daba a los cuerpos la horrible pátina del bronce”.
Para evitarlo la gente que se atrevía iba muy temprano, nunca más de las ocho o las nueve de la mañana y jamás sin sombrilla o paraguas, en algunos casos solo por consejo médico.
El doctor Américo Ricaldoni, una de las glorias de la medicina uruguaya y fundador del Institutode Neurología, decía en cuanto a los baños que: “lo mejor era apenas entrar y salir del agua, porque el mar debilitaba, no era aconsejable que durara más de cinco minutos.”
Socialmente no era elegante estar tostado. Implicaba pertenecer a las clases más bajas, que no podían evitar estar expuestos al sol.
Sin embargo estas costumbres no impidieron que la fama de las playas montevideanas atravesaran fronteras y cautivara a los argentinos, que igual que hoy y desde esos tiempos, cruzaban el río para disfrutar de veranos medicinales, ceremoniosos, llenos de pudor y de placer.
Nadie concebía tampoco los baños mixtos, tanto que para quien violara esta norma había solo una sanción, sin atenuantes ni explicaciones: la cárcel. Tampoco era bien visto el extenderse al sol en cómodas reposeras, ni el encuentro casual o la charla, porque la playa era un lugar de paso, de estadía breve, no para hacer vida social.
Ir a la playa en 1900 era solo cambiarse de ropa, las mujeres se ponían una malla que era otro vestido, considerado ligero, con un escote recatadísimo, media manga, cinturón y el máximo desnudo permitido era destaparse los tobillos. Quizás alguna más osada, se levantaba el atuendo sólo un poco.
El equipo playero de los hombres era un traje casi de calle, que les tapaba brazos y piernas, y un sombrero protector de paja o un clásico Panamá completaba el conjunto.
Vientos liberadores más tarde acortaron los atuendos y eliminaron los pudores.
Y a partir de las lavanderas, ¿quién podría haber imaginado que esa zona se transformaría en una de las más atractivas y una de las más densamente pobladas de Montevideo?