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"De pronto los organismos oficiales están valorando una música que nunca fue a la escuela y que viene de la emoción”. Son palabras de Paco de Lucía, el máximo responsable de que sucediera ese cambio de paradigma con el flamenco. Lo dijo en 2004, cuando fue distinguido con el Premio Príncipe de Asturias de las Artes. A esa altura, De Lucía ya era reconocido como uno de los más grandes intérpretes y renovadores de esa música tan particular, tan celosa de sí misma y de su tradición oral, que hacía que esa magia se mantuviera en un ámbito étnico, el de los gitanos de Andalucía.

Paco de Lucía cambió esa realidad para siempre, cometiendo con éxito pecados como la fusión del flamenco con el jazz, la bosa nova y la música clásica. Para ello no solo extremó su esfuerzo virtuoso hasta el punto de odiar a la guitarra, “una gran hija de puta, eso es lo que es pa´ mí” sino que debió dar la batalla contra los puristas, que lo acusaron de traicionar lo que más amaba.

Paco de Lucía murió el miércoles , a los 66 años, de un ataque cardíaco que le dio cuando estaba jugando al fútbol con su hijo Diego, de 6 años, en una playa en el Caribe mexicano, donde el músico había comprado una casa, que usaba cuando quería separarse de esa guitarra ingrata y de su cultura.

Fue Premio Nacional de Guitarra del Concurso de Arte Flamenco de Córdoba, Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, Premio Príncipe de Asturias de las Artes, Doctor Honoris Causa en las Universidades de Cádiz y por el prestigioso Berklee College of Music of Boston, probablemente el guitarrista más reconocido del mundo del flamenco.

Destino

Francisco Sánchez Gomes, ese era su nombre, nació en un barrio gitano de Algeciras en 1947. El ser hijo y hermano de músicos lo familiarizaron con el flamenco desde muy niño.

Tanto su madre, Lucía Gomes “la Portuguesa”, como su padre, Antonio Sánchez, influyeron en su vocación. aprendió guitarra con su padre y su hermano, y su nombre artístico es, en realidad, la forma en que lo llamaban en su infancia. Había tantos “Pacos” en su barrio que para identificarlos se agregaba el nombre de la madre. Paco, “el de Lucía”, se empezó a destacar entre sus tocayos y también entre cualquiera de los demás, por la forma en que pellizcaba la guitarra.

Desde fines de la década de 1960 se reunió con quien había sido su amigo de infancia, Camarón de la Isla, y juntos llevaron al arte jondo a un nivel de virtuosismo extraordinario. Solo eso hubiera bastado para que su nombre estuviera escrito en la mejor historia del género.

Pero era solo el principio. En 1973 le sonríe el éxito masivo con su rumba Entre dos aguas. cuando se empezó a int3resar por el jazz, fue acusado de impuro, algo que todavía era considerado un pecado grave, aunque el propio ejemplo de Paco de Lucía contribuyó a cambiar esa concepción.

En la década de 1970 se formaría una banda que alcanzaría proporciones míticas, integrada por sus hermanos, Pepe de Lucía y Ramón de Algeciras y los jóvenes Jorge Pardo, Carles Benavent y Rubem Dantas. Allí apareció el cajón peruano en el universo flamenco.

Los discos Solo quiero caminar, de 1981, Live... One Summer Night, de 1984, dejan testimonio del sonido de esas banda legendaria.

Esa década, la de 1980, sería la de la consagración con el gran público alrededor del mundo, a través de su asociación con otros dos guitarristas que también sabían lo que era improvisar: Al di Meola y John McLaughlin.

Las giras de ese trío fueron memorables y gabaron un disco que vendio más de un millón de copias, algo totalmente inesperado para nada 1ue se pareciera a flamenco.

Un clásico

Además de cruzar flamenco con jazz, De Lucía lo hizo con el blues, la música hindú, la salsa, la bossa nova y la música árabe. También contribuyó a difuminar las frontera entre la música culta y la popular con recitales históricos registros en el Teatro Real, de Madrid.

Tocó el Concierto de Aranjuez, de Joquín Rodrigo, el comopositor clásico por excelencia de la España del siglo XX, y su autor llegó a decir: “Así es como yo he soñado esta obra”.

El jurado de los Premios Príncipe de Asturias le reconoció su “honradez interpretativa” y su capacidad de trascender “fronteras y estilos” que le convirtieron en “un músico de dimensión universal”. “Todo cuanto puede expresarse con las seis cuerdas de la guitarra está en sus manos”, dice el fallo.

Paco de Lucía se tomaba muy en serio su arte y trataba a su guitarra con una familiaridad no exenta de conflicto. Nunca quiso tocar por compromiso o por necesidad, y tampoco quería dejar de tocar, aunque estuviera saturado.

El guitarrista lo explica de esta manera: “Hay una relación ahí entre devoción y odio, porque es mucho el esfuerzo que tiene uno que hacer para tocar flamenco. La guitarra es un instrumento que nunca estás seguro cuando lo tocas. Depende de tantas cosas: del estado de ánimo, del equilibrio emocional en ese momento... Para tocar muy bien o como una mierda”.

Final

Aunque aseguró que no abandonaría su casa de Palma de Mallorca, en 2012 realizó una gira por Estados Unidos y el año pasado fue muy intenso en la vida del artista. Una gran gira le llevó a Estambul (Turquía) y a países como Marruecos, Bélgica, Alemania, Dinamarca, España, Suecia, Polonia, Italia o El Líbano.

Después atravesó de nuevo el océano para reunirse, quince años después, con su público de Latinoamerica, incluido el uruguayo, al que volvió a poner en pie con su interpretación de Entre dos aguas, una de las canciones más universales del flamenco, Mi Antonia, Soniquete, Moraíto Siempre, Tangos con cositas buenas, Lagartijo y Ziryab.

Su increíble capacidad para evolucionar y someter a su música a los dictados de su espíritu,y su pasión por componer y sorprender estuvo viva hasta el final, ya que, según aseguraba el artista, no tenía la intención de vivir de las rentas. “Si lo que compongo no es una sorpresa para los profesionales, entonces inmediatamente me retiro. Yo lo que no quiero es vivir de las rentas, eso siempre me pareció triste”, dijo.

Le quedaban décadas de carrera, que hubieran generado nuevas sopresas, cuando lo sorprendió la muerte, ayer el México. Aunque el aporte esencial de su obra fue devolverle el orgullo a la expresión máxima de la cultura de lso suyos. El flamenco ya no puede volver a refugiarse en el gueto donde nació. Ya es patrimonio de la humanidad.
(Con información de la agencia EFE y los diarios ABC y El País, de España)