Santa Argentina
Con la elección del papa Francisco ya hay demasiadas evidencias como para seguir negando que Dios es argentino
Cuando un uruguayo del montón quiere molestar a un argentino cualquiera le suele zampar en la cara un “nosotros tenemos 15 copas América y ustedes 14”. La chicana futbolera, mínima y regional dibuja muy bien al uruguayo tipo, cuyas fronteras –cuando no se acaban en el Chuy- al parecer empiezan en donde termina el recorrido de una pelota que ha rodado por latinoamerica. El por qué del carácter provinciano de los habitantes de la banda oriental queda en manos de historiadores, sociólogos y psicólogos.
Otros, menos envenenados, se entregaron al chiste fácil que, como casi siempre, esconde la ausencia de un pensamiento complejo.
Al papa Francisco lo juzgarán los hombres del futuro porque, como ya lo dijo un argentino, el mito es la última verdad de la historia y lo demás es efímero periodismo.
Por lo pronto, habría que celebrar su preocupación por la suerte de los más pobres y rendirnos ante la evidencia de que los desmesurados habitantes de la otra orilla siguen juntando evidencias para tratar de demostrarnos que Dios es argentino.
Cuando en la canchita del barrio, después de la pisadita –o del pan y queso, como dicen los porteños- alguno de los dos equipos se quedaba con los mejores jugadores, nunca faltaba aquel que denunciaba la situación con un “está robado”.
Para nosotros, los uruguayos, siempre estará robado si queremos compararnos con un papa, un Borges o un Maradona. La Ciudad Vieja nunca será San Telmo ni 18 de julio será Corrientes.
Deberíamos dejar de envidiar al vecino y concentrarnos en nuestras propias fortalezas. Porque, como se sabe, los argentinos son unos ladrones del primero al último, tienen tendencia al peronismo y comen queso con dulce de batata.
En cambio nosotros, además de ser ilustrados, valientes y honestos, nadamos en la tolerancia, no creemos en ningún padre santo y, como si fuera poco, vale la pena repetirlo, tenemos quince copas América. Y si no te gusta, andá a cantarle a Gardel que nos seguirá entonando en la cara Mi Buenos Aires querido por los siglos de los siglos, amén.
Nota: El borrador de esta crónica desprolija fue escrito con una birome inventada por el periodista argentino Ladislao José Biro.