Satélites uruguayos, a 25.000 km/h

En Zonamerica se fabrican satélites que salen de allí, sellados en cajas aisladas, y van directo a Rusia o China, desde donde se lanzan al espacio

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16 de julio de 2018 a las 05:15

Como parte de una decepción que viene acompañada de sorpresa, descubrir que un satélite puede ser mucho menos glamoroso que los que se ven en las películas solo requiere moverse dentro Montevideo. Hasta Zonamerica, más precisamente, donde funciona una fábrica argentina de satélites. Es toda una rareza, tratándose de un país como Uruguay, cuyo único satélite, el Antel-Sat, estuvo solo 10 meses en órbita.

Ahora mismo, Satellogic tiene en órbita cinco satélites del modelo actual y otros tres de los modelos con los que probaron y validaron su tecnología. Todos han salido directamente desde Zonamerica, sellados en contenedores especiales para ser lanzados desde bases de Rusia o China. Ahora trabajan en cuatro más, pero su plan es terminar siete para fines de este año y lanzarlos en el primer trimestre del 2019.

Fletes espaciales

La empresa alquila espacios en cohetes que funcionan como fletes. Una vez que llega a la altura indicada, es decir a unos 500 kilómetros, el satélite sale del cohete. Este no es un proceso amable, ya que sale despedido a 25 mil kilómetros por hora, o siete por segundo. Entre el despegue y este punto transcurren unos 20 minutos.

Parte de la tecnología desarrollada por ellos es la que se ocupa de estabilizar al satélite, ubicando estrellas, Sol y Tierra y de hacer que su cámara empiece a apuntar hacia donde corresponde. Esto lleva, como mucho, una hora y media. Luego sigue la llamada commissioning, una fase común a cualquier satélite, que dura entre tres semanas y un mes, durante la que los subsistemas se van encendiendo paulatinamente de modo de ir probando uno a uno.

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Cada 90 minutos el satélite da una vuelta a la Tierra y apenas pasa sobre uno de los polos por primera vez ya es captado y empieza a comunicarse con regularidad. Según las disposiciones de la ONU, los distintos operadores deben declarar siempre la órbita y la altura de sus satélites como forma de regularizar la circulación. De todos modos, como hay tantas alturas y órbitas posibles, la circulación no es percibida como un problema. Para explicar la relación de tamaños y espacios posibles para las órbitas, en la empresa dicen que un satélite frente a la Tierra sería como un grano de sal fina frente al estadio Centenario.

Cada satélite debe tener el respaldo de un país ante la ONU. En este caso, es Uruguay. "No es que sean de Uruguay, sino que el país respalda el comportamiento de esos satélites. Es como un barco privado que sale a navegar con bandera uruguaya. El apoyo viene de la ANII", explicó Fabricio Borsellino, manager de la planta.

Aunque tengan el respaldo de la bandera uruguaya, la empresa tiene su sede central en Buenos Aires y otras tres filiales en Barcelona, Tel Aviv y San Francisco. Se los fabrica para que duren unos tres años, luego son dados de baja y se desintegran al volver a entrar a la atmósfera.

"Queremos que duren ese tiempo", aseguró Borsellino. Ese tiempo limitado de vida útil, bastante menor al de los satélites de otros fabricantes, es la base del negocio de la empresa, ya que los hace más económicos y livianos.

"Normalmente los satélites se construyen con materiales muy pesados para que puedan durar 20 años", comentó. "Hacerlos livianos hace que el costo del flete sea mucho menor. Con la baja del peso hacemos que su costo sea 200 veces menor al de un satélite común. Pero, para hacer esto, usamos componentes que se ven más afectados por la radiación. Pero no nos importa porque pensamos en tener una redundancia de 300 satélites rotando y que se puedan reponer constantemente. Creo que la tecnología espacial tiene que hacer un cambio y una parte sería este", apuntó Borsellino.

Si bien este año producirán siete, su proyecto es ampliar la planta y, a mediano plazo, producir unos 100 al año.

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Lavarropas bien aislados

La sorpresa pasa por el hecho de que un satélite es una máquina que rara vez se ve en persona, por lo que deslumbra. La decepción tiene que ver con que su apariencia es más bien la de una caja del tamaño de un lavarropas. No es muy distinta a la caja del Antel-Sat. Es que los que fabrica Satellogic son básicamente grandes contenedores de un sistema de óptica patentado por ellos mismos, con los que sacan fotos en altísima resolución.

Si bien el eje del aparato está en la óptica, todos los demás sistemas importan. El satélite está cubierto por 13 capas de aislamiento que ayudan a homogeneizar la temperatura interior, ya que hay lados más expuestos al Sol que otros. Si se descuida este aspecto, las enormes diferencias de temperatura podrían arruinar el satélite.

También están los dispositivos de propulsión, que se reservan sobre todo para el momento en que el satélite llega a su vencimiento y que lo impulsan hacia la atmósfera para que se desintegre y libere así el espacio para un sustituto.

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Reparto de información

Y, además, está una de las joyas de la corona: el sistema de transmisión segura de datos. Esto es fundamental, ya que la empresa es propietaria de los satélites pero no de las bases desde las que se recibe la información y les llega a ellos. La sede de Argentina tiene unos 80 ingenieros dedicados específicamente a esto. El fundador de la empresa, el argentino Emiliano Kargieman, creó antes la empresa Core Security, dedicada a la ciberseguridad, así que tiene una historia fuerte en el tema.

"Nosotros vendemos información, no vendemos satélites", dijo Borsellino. "Para nosotros el satélite sería como un camión de reparto; lo que se reparte es la información. Satellogic tiene una cadena integrada de investigación y desarrollo hasta la venta de información, data science y control del satélite", explicó.

La política expresa de la empresa es no prestar servicios para fines militares, sino solamente dar uso civil y comercial a su tecnología. Entre sus principales clientes, agregó, hay empresas petroleras que buscan detectar pérdidas o problemas como casas que se instalan junto a sus oleoductos (tarea que hasta no hace mucho se realizaba desde aviones y con un relevamiento manual de las fotos). Los han contratado, por ejemplo, instituciones que quieren contar la cantidad de botes instalados en lagos muy grandes,para controlar que no superen las cantidades permitidas.

La cámara hiperespectral del satélite, por otro lado, es capaz de detectar las emisiones de luz de las plantas, factor por el que se mide su salud y el estado de las cosechas. Esta función, señaló Borsellino, es útil para grandes corporaciones o para quienes quieran invertir en determinadas cosechas. También la cámara y el software permiten medir velocidades de vehículos y diferenciar unos de otros aunque sin llegar a detalles como ver matrículas.

La cuestión de qué hacer con las imágenes que reciben no se resuelve en Uruguay ni en Argentina. En la filial de Tel Aviv se dedican a hacer análisis de imágenes mientras que en Barcelona se ocupan del llamado machine learning, o aprendizaje automático, y del data science o el proceso por el que se adquiere un mejor entendimiento de los datos.

Solamente en Uruguay, la empresa incorporó siete personas en los últimos cuatro meses. De los 23 que trabajan en la planta, uno es colombiano, otro armenio, otro venezolano y uno es argentino, mientras que el resto son uruguayos. Uno de ellos es un relojero, probablemente uno de los pocos que quedan en el país, quien no entró a la planta por su conocimiento específico sobre satélites, sino por su manualidad y motricidad fina. Los demás casos no son muy distintos aunque provengan de otras disciplinas, ya que sería raro encontrar, por ejemplo, a un ingeniero de sistemas con experiencia directa en este tema.

"Básicamente hoy tenemos dificultad en conseguir en el mercado gente con el perfil que queremos", agregó el manager de planta. "Lo que buscamos cuando apuntamos a estudiantes de técnicos electrónicos es la actitud", añadió. El resto es aprendizaje puro y duro.

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El peligro de la grasa

Entrar a la zona donde se hace el montaje de los satélites exige cierta preparación tanto si se va a trabajar como a visitar. Hay que usar varios elementos antiestática: calzado especial, túnica, guantes, gorra y barbijo. Y un cable enrollado en la muñeca, que ayuda a descargar la estática a tierra si se conecta en ciertos puntos del lugar mientras se manipulan las piezas. Cada parte del satélite se limpia incluso con ultrasonido y se testea al extremo. Hay dos motivos para esto. Por un lado, la estática natural del cuerpo puede sobrecargar y quemar un circuito, cosa que a veces no se descubre hasta que el satélite está en órbita. Por otra parte, los desprendimientos de la epidermis y de pelos pueden colarse entre las piezas. La grasa de la piel puede adherirse a un circuito y causar un problema grave en el espacio.

"En el espacio el vacío no permite que haya transmisión de temperatura", explicó Borsellino. "Por este motivo, la temperatura se transmite por conductividad y, si hay grasa en algún aparato, tal vez se pueda desgasar (convertirse en gas) y tapar un telescopio. Ninguno de los materiales que enviamos al espacio emite un gas cuando está en el vacío. Todo tiene que estar limpio para que tengamos control y que el polvo o lo que sea no tape un lente".





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