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Sebastián Piñera, una rara avis en la política de América Latina

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12 de febrero de 2024 a las 05:01

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Los adeptos al cliché simplificador de las figuras políticas, cuando en la oposición de sus ideologías o posturas se sitúan, sin duda que buscarán o ya lo han hecho, ubicar al fallecido ex presidente chileno, Sebastián Piñera, en ese fácil y pobre lugar de un “empresario exitoso” digno de la derecha chilena que aumentó el poder que ya tenía, producto de su trabajo, ideas y audacia, y que durante sus dos presidencias -detalle no menor a tener en cuenta- sólo benefició a la clase poderosa a la que perteneció.  Sin embargo, los bien intencionados y con alguna base de coeficiente intelectual razonable y una lámina o dos de cultura o información, podrán sondear en su biografía, ciertos aspectos de su vida, que permiten establecer que Piñera estuvo siempre muy lejos de ese acartonado y falso perfil que sus opositores o los resistentes crónicos a todo lo que se define como “la derecha” -percibida como una suerte de peste tóxica que por definición, no merece lugar alguno en la vida política de los países del mundo, y en particular, en América Latina-, han querido asignarle.

Piñera fue, ante todo, un ser humano complejo, dotado de una inteligencia privilegiada. Y lo que separa a una persona meramente inteligente de un individuo sobresaliente con visado a la Historia, es precisamente, en la forma que utiliza dicha capacidad. Piñera supo aprovechar esa cualidad tanto en la toma de oportunidades como empresario, tan válido como cualquier profesión, pero también, en el uso de sus dones para el servicio público. Su propia tesis de doctorado en la Universidad de Harvard (*) ya indicaba esa diversidad de intereses que, con el tiempo, se convertirían en propósitos concretos, muchos de los cuales canalizaría y buscaría implementar durante sus dos presidencias, mientras que habría de aportar otro tanto desde las fundaciones que había creado a dichos fines.

En sus inicios profesionales, Piñera trabajó en el Banco Mundial, mientras que dedicó parte de su tiempo -un día en su vida equivalía a dos en la mayoría de los mortales- a la docencia en algunas universidades chilenas, y al incansable aporte en el diseño y ejecución de proyectos a favor del desarrollo de Chile. Y es aquí donde supo combinar sus rasgos como emprendedor y su constante norte por la innovación y la ampliación de la frontera de las posibilidades, en su rol como político y finalmente como primer mandatario durante dos periodos. Llámele Dios o como más cómodo le resulte a su sistema de creencias, el Dios al que Piñera tenía como guía y apoyo nunca le dio el pase gratis al éxito, y, en reiteradas ocasiones, le ubicó en su trayectoria, una carga de obstáculos y desafíos suficientes, como el sabio contrapeso de una vida fecunda en el acceso a la prosperidad. Y en el enfrentamiento de tales perturbaciones, Piñera mostró tanto caídas como superaciones. La ambición acompaña al éxito como el oxigeno al acto de respirar, y sin aquella, la superación de las adversidades que se nos presentan en nuestras vidas, resulta improbable por no decir imposible. A una inteligencia bien aplicada, Piñera supo orientar sus ambiciones personales a la categoría superior del interés y beneficio público, y tal vez, en esa existencia de rasgos tan difíciles de combinar y articular, radica el éxito de sus logros en su vida como político.

Si hay un común denominador que atraviesa a sus dos presidencias fue la carga de desafíos impuesta por ese siempre activo agente sorpresivo que es el destino. Inició su primer mandato en el 2010, debiendo encarar la reconstrucción de amplias zonas de Chile devastadas por uno de los mayores terremotos de su historia contemporánea, mientras que la suma de tensiones gestándose en sectores sociales se manifestó en la serie de protestas estudiantiles en contra de la suba del boleto. Piñera enfrentaba en aquel momento el periodo de fatiga estructural del modelo económico vigente desde la década de 1980 y reformulado y fortalecido por los sucesivos gobiernos democráticos de la era post-Pinochet. El país pedía una nueva era de desarrollo, basada en un equilibrio entre el crecimiento de su economía y en una mejor distribución de esa expansión, de manera de ampliar y consolidar una clase media robusta y capaz de traccionar hacia arriba a aquellos segmentos aún bajo la línea de pobreza. Piñera tenía ese nuevo modelo como una de sus principales metas, y en su horizonte buscaba ubicar a Chile como una nación desarrollada, en la línea de Australia, país con afinidades naturales y de recursos. Un segundo imprevisto, el derrumbe de una mina atrapando a treinta y tres operarios bajo tierra, mostró precisamente uno de los rasgos de esa rara avis en la política: su inagotable capacidad de gestión ejecutiva bajo situaciones de presión. En muy poco tiempo supo armar un equipo multitareas que se puso como objetivo el rescate de los mineros. Dos meses más tarde del siniestro, y como resultado de ese trabajo, los mineros fueron rescatados con vida. La influencia de Piñera en su forma de manejar a sus colaboradores y empujarlos al logro de la meta no puede ser ignorada.

Así como en la economía Chile se encontraba al final del largo ciclo de crecimiento aportado por el modelo, también su sistema político enfrentaba un desgaste inevitable, acompasando tal vez al fenómeno que hoy experimentan las democracias occidentales. La larga y exitosa era de la concertación de partidos, que volvió a instalar en Chile un extenso espacio de partidos dentro del rango de la Democracia Cristiana y el socialismo europeo, mostraba síntomas de fatiga. El hito que significó la llegada de la Derecha al gobierno de la mano de Piñera tuvo significados determinantes para lo que ocurriría después. En primer lugar, la versión de la Derecha que encabezó Piñera distaba de aquella que apoyó férreamente a Pinochet durante su gobierno, ubicándose en un lugar más cercano a los modelos conservadores de la centroderecha europea. Pero, además, el difunto ex presidente mantuvo como empresario y luego desde los inicios de su vida política, una posición opuesta a la dictadura, en la medida que Pinochet buscaba la perpetuidad con el plebiscito de 1988 sin renunciar a la represión y coartación de libertades. Esta posición le granjeó muchos disidentes y enemigos políticos dentro de la Derecha chilena.

Consecuente con esa visión de rechazo a los excesos de violencia cometidos, y ya como presidente, Piñera tuvo el coraje político de condenar a lo que llamó como complicidad pasiva, a todo el entorno político que asintió con los atropellos a los derechos humanos. Inclusive, y mientras iniciaba el armado de su actividad empresarial en plena dictadura, hizo pública su posición contraria a las formas represivas aplicadas durante esa oscura época de la historia de Chile. Y así, en el fértil territorio de las contradicciones humanas que es la política, y ya como senador, Piñera expresó su rechazo a la detención de Pinochet en Londres en 1998, fustigando a las autoridades británicas y al propio juez Baltazar Garzón, artífice de la operación judicial, considerada como un atropello a la soberanía jurídica de Chile. Ese mismo territorio posee el don de mostrar esas contradicciones y también permite ver las imprecisiones y complejidades junto a las reales capacidades de sus protagonistas, al enfrentar tanto al pasado como al porvenir.

Los hechos ocurridos durante su segunda presidencia las puso a prueba, al enfrentar el estallido social del 2019, un fenómeno inesperado de manifestación colectiva, el cual, con su violencia, mostró las señales explosivas del ocaso de un sistema político que parecía agotado en sus capacidades de resolución. Una crisis global como la pandemia, alteró en forma definitiva a los planes de un gobierno ya golpeado por la convulsión interna. Ante la pregunta que alguien le hiciera a Harold Macmillan, un ex Primer Ministro británico, acerca de los mayores desafíos para un estadista, el político respondió “Los hechos, querido muchacho, los hechos." Y vaya que los hechos se encarnizaron con Piñera, a lo largo de sus dos mandatos.

En un país con una historia reciente muy compleja y muy seccionada en las interpretaciones de esa historia, marcadas por la polarización extrema de su sociedad, el periodo histórico que se abrió con la elección de Salvador Allende y que se extingue con la desintegración del sistema político que apuntaló el renacimiento democrático, tras diecisiete años de dictadura, fue capaz sin embargo de gestar figuras como las de un empresario que aprendió de sus imperfecciones y contrariedades propias y las del sistema, y que permitió abrir un espacio a un modelo de centroderecha capaz de llegar por las urnas al gobierno, en dos ocasiones. En esa rara avis que fue Piñera, se manifestó esa posibilidad y que la Historia en la forma de su legado, pondrá en justo equilibrio en sus errores y aciertos.

(*) “Economía de la educación en países en desarrollo: Una colección de ensayos”.

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