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De la selva de ruidos que alguien puede escuchar en las playas de Punta del Este, hay uno muy característico que atraviesa a los demás. Viene desde lejos en el cielo y perdura por varios minutos: es el ruido del motor de un avión. La mayor parte de las veces es la típica avioneta que arrastra una enorme tira de plástico con algún aviso publicitario. Pero en esta temporada 2013 se ha ido imponiendo otro avión, en cuyas alas se puede leer la frase “Verano seguro”.

Por segundo año consecutivo, Verano Seguro une dos aspectos que se superponen: un bien público con la responsabilidad social empresarial. Se trata de una campaña que pretende prevenir siniestros viales e incendios forestales a través de una estrategia de comunicación que apunta a lo visual (el avión recorriendo la costa) y a la difusión en medios, ya que cada día se realizan dos reportes para Radio Cero, saliendo en vivo desde el avión. Además, se ofrece un servicio de inforrutas, sobre el estado de las carreteras y su flujo, según las horas.

La base operativa es el aeródromo de Melilla. Allí hay dos pilotos que están las 24 horas a disposición de la campaña, que empezó el 20 de diciembre y funcionará hasta el 20 de marzo. Los vuelos se hacen a través de la llamada línea de costa desde Montevideo hasta José Ignacio, para que se vean tanto desde las rutas como desde las playas.

“Los vuelos se realizan cada vez que el tiempo lo permite y son distribuidos según un programa de difusión del lema de la campaña, que es el mensaje que se ha decidido repetir sobre las playas, y aportan a la vigilancia de rutas junto con la Policía Caminera y de observación con respecto a los incendios forestales en apoyo a Bomberos”, explica el piloto e instructor Alejandro Pérez, integrante de Flightraining Uruguay, una propuesta de entrenamiento de pilotos, quien organiza la campaña.

El Observador, que apoya esta campaña, se subió al Tomahawk biplaza de Verano Seguro para experimentar un vuelo sobre la llamada línea de playa.

Sorpresas aéreas
El Tomahawk carretea por la pista del pequeño aeropuerto de El Jagüel, luego de un chequeo de todos los controles de la aeronave antes de partir. Es un pequeño avión biplaza (para dos personas) con una sola hélice en la nariz del aparato. Tiene un ruido suave y agudo. A pesar de su pequeñez, da la sensación de seguridad. Acelera por la pista hasta que de pronto, casi sin que se perciba, la línea del horizonte comienza a bajar porque estamos subiendo.

Entonces el plano varía y el bosque en medio de donde se encuentra El Jagüel se vuelve una mata pequeña en la alfombra verde oscuro que rodea Punta del Este. Esa es una de las primeras sorpresas que depara el vuelo. Desde el aire queda patente un hecho extraño en el paisaje uruguayo: Punta del Este (y quizás también La Paloma) es una de las pocas ciudades del país que se alza dentro de un bosque de pinos y eucaliptos.

El avión realiza una estilizada curva por sobre el arroyo Maldonado (desde el aire todavía queda más patente el capricho de los geógrafos uruguayos al llamarle “arroyo” a tremendo “río” ancho y caudaloso), donde se ve un enorme pantano de juncos que se mecen con el viento en un efecto plástico hermoso, imposible de apreciar en tierra. El avión sigue trepando y se desplaza con gracia sobre la playa Montoya, donde hormiguea una multitud. El vuelo se realiza a unos 150 metros de altura y la gente inclina hacia arriba sus cabezas para ver al Tomahawk.

Una nueva y amplia curva por sobre el océano hace que el avión sobrevuele la península. Ahora el bosque varió: es de edificios. A lo lejos, en la bahía de Maldonado, un crucero parece de juguete flotando inmóvil, mientras decenas de personas realizan deportes acuáticos unos cientos de metros más abajo. La vuelta a El Jagüel y el aterrizaje como un pajarito que se paró en una rama completan el vuelo.

Loops de un piloto
El piloto Alejandro Pérez quiso volar desde siempre. No recuerda bien por qué, ya que no tiene aviadores en su familia. Su primer contacto con el aire y con la altura viene del paracaidismo. En 1993 inició un curso de aviación civil donde se ganó una beca.
A fines de 1999, en busca de nuevos horizontes aéreos, Pérez se fue a España. “Dejé Uruguay por tener la percepción de que invertir la misma energía en otro sitio encontraría mejores recompensas. Era un momento en el que había apostado mucho y las cosas no salían”, recuerda el piloto.

Entre otras anécdotas, Pérez viajó desde las Canarias hasta las islas del Canal al sur de Inglaterra, en un barco de Greenpeace. Luego volvió a España, se recibió de piloto en 2007 y se asentó. Pero desde los atentados a las torres gemelas y la crisis económica posterior, el sector aeronáutico se vino a pique y, ante una oferta laboral, Pérez se animó a volver a Uruguay.

Pero esa oferta se cayó y Pérez quedó literalmente varado. “A partir de ahí empezó un momento de mi vida negro, en un país que cuando llegás con 38 años sos viejo para todo. Sé que hay muchísimos uruguayos en esta situación que se van a sentir identificados”, dice Pérez.

Un amigo en Argentina le ofreció dar cursos de instructor en ese país, pero tampoco pudo ejercer. “En ese momento se me iluminó algo y me dije que si no me gestionaba algo por mí mismo estaba perdido”, contó. A través de la unidad Mipes de la Intendencia de Montevideo, que gestiona microproyectos, Pérez desarrolla la idea de traer alumnos del exterior y enseñarles a volar en Uruguay. Pero para eso necesitaba tener un avión y no lo tenía. “Presenté el proyecto al Banco República y me dijeron: ‘Ok, te vamos a dar la plata’”, agrega.

Consiguió una buena oferta en Florida, EEUU, y hasta allá viajó con un amigo, para traer al Tomahawk. Realizaron un viaje de 15 días y de unas 15 mil millas náuticas, volando a través del Caribe, obligados a aterrizar cada tres horas, saltando islas con mares llenos de tiburones, tocando Bahamas, Puerto Rico, Martinica, Trinidad y Tobago, Guyana, Surinam, Brasil y finalmente, luego de peripecias dignas de una película (por ejemplo, casi los llevan presos), llegaron a Uruguay.

A pesar del regreso triunfal, la empresa de instrucción aérea con la que iban a trabajar se fundió, y las cosas volvieron a foja cero. Entonces Pérez empieza a evaluar el desarrollo de la responsabilidad social empresarial y se le ocurre unir la formación de pilotos (con su organización Flightraining Uruguay) a través de una campaña de bien público. En el gobierno aceptaron la propuesta.


En el verano de 2012 surgió la primera campaña, que apuntó exclusivamente a la prevención de incendios forestales, con patrullaje aéreo. Más allá de la decena de focos que reportaron, se dieron cuenta del potencial de los vuelos como estrategia de comunicación. Y los resultados los avalaron: 50% menos de siniestros de fuego el verano pasado. “Si no se vieran resultados y que el trabajo es serio, ni los públicos ni los privados nos darían su apoyo”, dice Pérez. Este año, hasta ahora han reportado un incendio en La Floresta. l

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