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Jueves

“Tengo ganas de ir a un festival, se llama TBD Fest y el lineup es una locura. Si comprás dos entradas yo me saco un pasaje de avión. Un abrazo, Mauro”. Eso le escribí a Sam en Facebook allá por julio (o quizá fue agosto). Nos conocimos en Sídney: yo limpiaba en el hostel en el cual él estaba alojado; un día me invitó a comer un curry que había preparado y simplemente nos hicimos amigos. Mientras armábamos los bolsos para partir rumbo a Sacramento, la ciudad en la cual se desarrolla el festival, rememoramos a las risas ese mensaje que parecía tan tonto, tan inviable. Pero él me tuvo tanta fe que al otro día ya tenía las dichosas entradas. Y yo, que me considero un hombre de palabra, no tuve más remedio que invertir parte de mis ahorros en el pasaje de avión, tal y como había prometido.

Viernes

Sam vive en Novato, un suburbio tranquilo a media hora de San Francisco. Estudia psicología en Marin, otro suburbio cercano. Sus padres, Kurt y Dipti, me alojaron gentilmente en su casa y desde el primer momento se mostraron muy curiosos acerca de mis orígenes uruguayos. Sobre todo les fascinaba que hubiera hecho más de 10 mil kilómetros para compartir ese momento con su hijo. Les expliqué que, en esta parte del mundo, los festivales tan eclécticos como el TBD Fest son una rareza. Y que, obviamente, el hecho de visitar a mi amigo fue un plus considerable a la hora de tomar la decisión de hacer este viaje. Ya con el auto cargado con nuestras cosas, partimos a eso de las dos de la tarde. En una de mis excursiones a San Francisco compré un disco de Deltron 3030, un supergrupo de hip hop alternativo que haría su presentación el domingo. Esa fue la banda sonora durante buena parte de las dos horas que duró el viaje hasta la casa de Pratesh, un tío de Sam que vive en Sacramento. Allí dejamos nuestros bolsos y nos fuimos rumbo a The Bridge District, la zona de la ciudad que da nombre al festival. “¿Podés creer que esta porquería es la capital del estado de California?”, me dice Sam con un desprecio infinito cuando divisamos a la pequeña ciudad de Sacramento en el horizonte. Es cierto: de lejos no parece gran cosa. Pero poco importa, pues de la ciudad no veremos prácticamente nada, al menos en este viaje. El predio del festival, a orillas del río Sacramento, es enorme y al aire libre. Cuatro escenarios, un pabellón de artesanías, puestos de comida, no menos de 10 carpas vip y dos atracciones mecánicas: una rueda gigante y una suerte de sillas voladoras. También había una carpa destinada a la práctica del yoga; aquellos dispuestos a madrugar podían asistir a una clase con DJ tocando en vivo. No fue nuestro caso: ese día llegamos al festival a eso de las seis de la tarde y el sol ya estaba cayendo, por lo que decidimos explorar el predio al día siguiente. Todo lo que queríamos ver ocurría en el escenario principal y nos fuimos para allí sin más demora. El primer artista importante en hacer su aparición en ese escenario fue Gramatik, stage name de Denis Jasarevic, un músico nacido en Eslovenia en 1984. Si bien hace música electrónica, desde temprano fue influenciado por la música norteamericana, particularmente por el jazz, el soul, el funk y el hip hop; esto se nota en su producción artística. Su puesta en escena fue bastante discreta: las imágenes proyectadas mostraban unos croquis en blanco y negro de ciudades futuristas vistas desde arriba. No era algo que llamara mucho la atención, pues la apuesta estaba más bien centrada en la música. No es el caso de Dillon Francis, el DJ que se subió al Löwbrau Stage a continuación. El oriundo de Los Ángeles es conocido por su humor absurdo (en un concierto le regaló jamón a algunos miembros del público) y por ser tremendamente autorreferencial. Es considerado un techno guru por muchos de sus seguidores y su puesta en escena responde a esto: la pantalla del escenario proyectaba continuamente fotos de él haciendo morisquetas (la lógica del meme) o animaciones hechas con emoticones de Whatsapp. Me sorprendió reconocer algunos samples de música cantada en español; el motivo de esto es que Francis es uno de los pioneros del moombathon, un género musical que toma elementos de la música house y del reggaeton. La noche la cerró un artista que es más conocido por estos lares: Moby. Su DJ set comenzó con un remix de Natural Blues, uno de sus tracks más conocidos. El resto del show fue un repaso extremadamente bailable de su carrera solista, para deleite de todos los presentes. Su puesta en escena, digna de la década de 1990, fue una de la más sobrias de todo el festival: lo único que acompañó a la música fue el nombre Moby DJ escrito en letras blancas sobre un fondo negro y las luces estroboscópicas de rigor. Cuando se acabó la música nos fuimos rumbo a Novato. Es que Sam al otro día tenía un importante partido de béisbol intercolegial y no podía faltar.

Sábado

El plan era levantarnos a eso de las 10, pero estábamos tan cansados que nos levantamos cerca del mediodía. Sam fue a su partido y me dejó en un centro comercial; allí maté un par de horas comprando ropa y comiendo algo. A eso de las cuatro de la tarde ya estábamos de vuelta en el Bridge District. Mi amigo estaba contento: el equipo de su universidad ganó el partido y él tuvo una actuación destacada al no permitir ningún hit, algo muy importante para un lanzador. Para celebrar ese éxito nos dedicamos a beber cerveza (artesanal) y a recorrer los escenarios hasta encontrar algo que quisiéramos ver. Otra vez el marco fue el Löwbrau Stage. Allí se presentó Danny Brown, rapero oriundo de Detroit, una cantera inagotable de artistas importantes del género; Eminem, para muchos el mejor de todos los tiempos, es también de esa ciudad. Como no lo conocía, tomé la guía oficial del festival y leí la descripción que allí se hacía de él. “Es un artista no convencional de hip hop que emplea múltiples flows y cadencias. (…) Su estilo varía de los tonos graves a un graznido de pájaro agudo”. Sam, en cambio, no solamente lo conocía: es fanático de él y cuando le dije que en 10 minutos comenzaba su show, enloqueció. Efectivamente: Brown, vestido completamente de negro bajo el ardiente sol de Sacramento, chillaba como loco, para deleite del público. A su particular estilo vocal se suman unos trap beats realmente adictivos; para quienes gusten del rap y el hip hop alternativo, su música es una referencia ineludible. Tras ver el show de Brown nos dedicamos a caminar sin rumbo. Así llegamos al Block Stage: allí se presentaba un DJ llamado D.A.M.B., con la particularidad de que estaba acompañado por bailarines del Ballet de Sacramento. Esto habla de la diversidad de propuestas, así como de la diversidad del público. La mayoría de los presentes eran jóvenes y estaban bajo la influencia de alguna droga –legal o ilegal–, pero también había familias enteras disfrutando de la música. O personas muy ancianas que tampoco querían perderse la fiesta: una pareja de setentones con los cuales charlamos nos comentaron que estaban deseosos de ver a Blondie el domingo y que, de paso, aprovecharon la oportunidad para conocer a otros artistas. Nos dijeron además que todos los años iban al Burning Man, un evento que se desarrolla en el vecino estado de Nevada y que congrega a miles de personas todos los años. El espíritu de Woodstock aún vive en California; basta ir a uno de los conciertos gratuitos que se llevan a cabo cada semana en el Golden Gate Park de San Francisco para comprobarlo. Tras mucho caminar llegamos al escenario Beautiful Buzz. Allí las propuestas eran sobre todo alternativas. El grupo que cerró la noche en ese stage fue Cherub, un dúo electro-pop de Nashville, Tennessee. Tanto Jordan Kelley como Jason Huber son artistas extremadamente talentosos. Quizá es por eso que su puesta en escena es sumamente minimalista: ellos, sus instrumentos y los equipos con los que crean los loops que les permiten sonar como mucho más que dos personas. Cerraron su show con Doses and Mimosas, el hit que los llevó a la fama. Y para celebrar tamaño momento no tuvieron mejor idea que rociar a las primeras filas con Dom Pérignon, como si de una carrera de Fórmula 1 se tratase. Mientras Cherub cerraba su show, uno de los platos fuertes del festival abría el suyo en el escenario principal. Se trata, de Empire of the Sun, compuesto por Luke Steele y Nick Littlemore. Originarios de Sídney, tomaron su nombre de la película homónima de Steven Spielberg y son los niños mimados de la música australiana contemporánea. Su propuesta atraviesa diversos géneros; a modo de resumen podría decirse que hacen un rock pop electrónico cargado de sintetizadores, con influencias de bandas como MGMT y Daft Punk. Si la puesta en escena de Cherub fue minimalista, la propuesta de Empire of the Sun fue todo lo contrario: cuatro bailarines en escena y una presentación audiovisual psicodélica fueron parte del repertorio de una banda que apuesta fuertemente a la imaginación, en palabras del propio Steele. A modo de ejemplo, Littlemore ha escrito música para el Cirque du Soleil, otro espectáculo que tiene un fuerte componente imaginativo. El cierre de su presentación fue al ritmo de Alive, el hit que le trajo fama mundial al dúo. La presencia de Steele en el escenario impacta: su vestuario inspirado en la cultura samurái lo hace parecer un gigante en tierra de enanos. De tanto bailar quedamos agotados y el plan original de ir a conocer la noche de Sacramento se frustró. Nos fuimos directamente a la casa de Pratesh y, media hora después de llegar, estábamos durmiendo.

Domingo

El último día del festival fue también el de mayor diversidad. Las propuestas en el escenario principal así lo demostraron: lo primero que escuchamos ese día fue el indie rock lo-fi de Kurt Vile & The Violators. El espíritu de Woodstock dijo otra vez presente: entre el público abundaban las flores en la cabeza y las remeras psicodélicas. Fue un show muy tranquilo, sin apoyo audiovisual. Es que lo importante pasaba solamente por la música de Vile, uno de los miembros fundadores de The War of Drugs, una banda indie psicodélica que también se presentó en este festival, más precisamente el día sábado. A continuación hizo su presentación una de las bandas que habíamos ido a ver: Deltron 3030. El supergrupo está encabezado por Del Tha Funkee Homosapien, rapero oriundo de Oakland que trabajó junto con Damon Albarn en Gorillaz, el ambicioso proyecto del también frontman de Blur. Junto con Dan “The Automator” Nakamura y DJ Kid Koala lanzaron en el año 2000 su primer disco: Deltron 3030. Fue el disco que habíamos ido escuchando con Sam todo el camino hasta allí: se trata de una ópera hip hop que narra un futuro distópico. “It’s the year 3030”, narra el propio Albarn (con acento bien british) en el primer track del disco. En la historia, Deltron Zero (alter ego de Del) se rebela contra el nuevo orden mundial que suprime los derechos individuales. Esta preocupación por los destinos de la humanidad se notó en el apoyo audiovisual del show: unos slides bastante sencillos que informaban al público de distintas cuestiones, como las ganancias de las megacorporaciones en el año 2013 o el tiempo que una persona se pasa viendo comerciales en televisión en Estados Unidos (¡tres años!). El cierre del show fue, precisamente, un homenaje a Gorillaz. “Una vieja favorita de ustedes”, dijo Del, y sonó la inolvidable intro de Clint Eastwood, el primer hit de la banda virtual que sacará nuevo disco en 2016. Tras vagar un rato por el predio (a esta altura una sana costumbre) y una vuelta en las sillas voladoras, volvimos al escenario principal para escuchar a Blondie. Si el público de Kurt Vile fue hippie y joven, el de Blondie fue hippie y old school. Pioneros del new wave y el punk, los encabezados por Debbie Harry suenan con la misma fuerza que tenían cuando alcanzaron la fama, a mediados de la década de 1970. La joven de 69 años no paró de moverse al ritmo de la música y todos la contemplábamos con admiración. Un verdadero ejemplo de vitalidad. La primera parte del espectáculo fue una sucesión de hits emblemáticos de la banda como Hanging on the Telephone, Heart of Glass y Call Me. La sorpresa vino al final: Harry anunció que iban a interpretar Sugar on the Side, tema del nuevo disco de la banda. Los artistas invitados en ese track (que no se hicieron presentes físicamente pero cantaron desde la pantalla del escenario) fueron los colombianos de Systema Solar, una banda de cumbia hip hop de la cual seguramente escucharemos en el futuro. Esto confirma algo que ya había pensado tras escuchar a Dillon Francis el viernes: la música latina está pegando más fuerte que nunca en Estados Unidos. El cierre del festival estuvo a cargo del grupo esperado por todos: Justice. Al igual que Moby, los franceses Gaspard Augé y Xavier de Rosnay deleitaron al público con un DJ set tremendamente bailable. Además de sus hits, como We Are Your Friends (la canción que les permitió firmar contrato con Ed Banger Records), hubo homenajes a artistas de la vieja guardia: sonaron, entre otros, It’s Tricky de Run DMC y PYT (Pretty Young Thing) de Michael Jackson. El público, agradecido. Ver este set fue literalmente lo último que hice en este viaje. Tras el concierto tenía que tomar mi vuelo y Sam, con la gentileza que lo caracteriza, manejó dos horas hasta el aeropuerto de San Francisco sin chistar. Nos despedimos con un abrazo y me subí al avión de vuelta a casa, pensando en todo lo que había visto, todavía fresco en la memoria. Sí, el espíritu de Woodstock aún vive.