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El tipo se iba con la bronca a cuestas del Centenario. Al fin y al cabo, el partido se le había pasado mil veces por la cabeza, y no terminaba así. Lo que había soñado era lo que el línea anuló a tres minutos del final, con Alonso metiendo la última pelota, cuando todo se terminaba.

Hasta que prendió la radio, y escuchó a Aguirre. Allí la Fiera le insufló el ánimo de nuevo. Habló de personalidad, y de historia. Justo él, que rompió cualquier pronóstico en 1987, le decía que se podía. Que habrá que sacar fuerzas de donde no se encuentran, y abrazarse de la suerte, pero también de la camiseta. A la personalidad y al destino. Tendrá que ser A lo Peñarol.

Es que si la tiene que ganar, deberá ser así. Animándose, guapeando. Agrandándose como se agarrando el miércoles Alejandro González, que arrancó el año como suplente, y terminó en la final anulando al super Neymar, ese que quieren todos en Europa. O Darío subiendo y subiendo, con sus 35 años, aunque esta vez no encontró el gol salvador.

Si, es difícil, claro que sí. Lo dice el resultado, el más adverso de lo que lleva Peñarol en su camino en la copa, porque en el Beira Río tenía la ventaja del gol de visitante. Lo dice el hecho que Santos tendrá a ese tal Ganso, y a su capitán Edú Dracena.

Tendrán que ser esas cosas que aparecieron en el Beira Río, en el medio del baile del Inter, que llevaron a callar en cinco minutos a 40 mil personas y bajar al último campeón. Tendrá que aparecer el gigante de Juan Manuel Olivera estirándose hasta cabecear pelotas que pasan a cuatro metros, o a Martinuccio apilando rivales como postes. A las manos de Sosa, otra vez, deberán sumarse las de Máspoli, Maidana o Mazurciewicz.

Entonces el tipo apagó la radio. Apretó el escudo que aparece en el costado izquierdo de Peñarol, y le dijo a su hijo: no hay caso. Tendrá que ser A lo Peñarol.