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A mi hermana le gusta la filosofía. De hecho, no solo le gusta: es licenciada en filosofía. A mí me gusta contar historias. No hay licenciatura para eso. A ella le gustan las cadenas de causas y consecuencias y a mí los volcanes. Por lo tanto, este texto nos contempla a los dos.

En estos días, los volcanes andinos en Chile están dando que hablar pero hoy quiero referirme a un volcán antiguo. Entró en erupción hace exactamente 200 años, en abril de 1815, en la isla indonesia de Sumbawa, entonces territorio colonial en poder de los holandeses. Tan tremenda fue la erupción del volcán que se voló el sombrero de su cima.

El volcán se llamaba Tambora y entonces mediría unos cinco mil metros sobre el nivel de las plácidas aguas del océano Índico. El problema fue que esa placidez se volvió de pronto mar rugiente, con olas gigantescas y tsunamis, fruto de la erupción. Desde ese momento, el monte Tambora redujo su altura a unos 2.800 metros, y hasta ahora no ha rugido más. En su interior una enorme boca redondeada, llamada caldera en la estructura de los volcanes, se distingue desde una “altitud” considerable en el Google Maps.

La explosión del Tambora se hizo famosa porque elevó ceniza y lava incandescente hasta 40 kilómetros en el cielo del sudeste asiático y el ruido pudo captarse a más de 2.000 kilómetros de distancia. Un paraguas de ceniza se extendió sobre una superficie de un millón de kilómetros cuadrados (como referencia, aproximadamente todo el territorio de Bolivia). Fue la mayor erupción volcánica de los últimos cinco siglos y produjo una serie de cambios en el clima del planeta Tierra que reunidos en su conjunto modificaron la historia de varios países y de millones de personas.

Según un artículo de la revista The Economist que cita al libro del vulcanólogo Clive Oppenheimer, la erupción del Tambora produjo una cantidad de víctimas de entre 60 mil y 120 mil personas, pero aparte repercutió en todos los continentes de las formas menos pensadas.

La erupción del Tambora pudo haber provocado las intensas lluvias del verano europeo de 1815, que modificaron, por ejemplo, el curso de la batalla de Waterloo y, por lo tanto, de la historia del mundo.

Al año siguiente de la erupción la temperatura de la Tierra bajó de forma drástica y cundieron los glaciares en los Alpes europeos. En el noreste de los Estados Unidos las heladas y las nevadas fueron terribles. La temperatura global de la Tierra descendió un grado, lo que significa un cambio en la variable de magnitudes enormes.

La causa de esta baja fue la acumulación de sulfuros en la atmósfera, que impidieron el pasaje del calor de los rayos solares. La baja en el calor afectó la evaporación y las lluvias escasearon.

Como consecuencia de todo esto, la cosecha de 1816 fue muy mala, lo que produjo grandes hambrunas en diferentes regiones del mundo, desde Suiza hasta China y la India, cuyo ritmo de vientos monzones también varió. La hambruna de 1816 hizo que los chinos comenzaran a plantar opio, con todas las consecuencias que eso trajo para el gigante asiático. La misma hambruna produjo una oleada de inmigrantes que llegaron desde Europa, atravesaron los Apalaches y abrieron el comercio en el río Misisipi, cambiando para siempre la estructura económica de los Estados Unidos y por ende del mundo occidental.

Todo esto nos recuerda que la capa terrestre apenas está “apagada” desde hace relativamente poco tiempo, que el centro julioverniano de la Tierra sigue incandescente como desde su formación ancestral y que las venas de lava que se asoman en los agujeros más impredecibles tienen un poder creativo infinito.

Que el ser humano apenas domina los elementos y que su vida en la superficie del globo pende más endeble que una hoja en otoño. Que la fuerza irracional que late debajo de los pies está activa y obliga a tomarla en cuenta.

Que los volcanes son empujes constantes para los seres humanos.