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No debe haber en el mundo occidental un mandatario más políticamente correcto que el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau.
Sus políticas a favor de los derechos de las minorías y los migrantes son lo opuesto a lo que hace y pregona su vecino, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Si hay algo de lo que nunca nadie podría acusar a Trudeau es de racista.

Sin embargo, mientras discurren las últimas semanas de una nueva campaña electoral en la que busca retener el poder, unas imágenes de sus años universitarios le explotaron en la cara y parece que las sinceras disculpas por lo que hizo tiempo atrás cuando ni pensaba ser político no van a alcanzar. 

La polémica nace con una foto de Trudeau disfrazado de Aladín y con la cara pintada de negro. No fue la única vez que se pintó el rostro de esa manera. En otro video, también de su juventud hace más de dos décadas, aparece cantando una canción con la llamada blackface, la cara negra.

“Oscurecer tu cara, sea cual sea el contexto o la circunstancia, es inaceptable por el pasado racista de blackface”, dijo ante cientos de micrófonos un Trudeau visiblemente preocupado en tres ocasiones desde que empezaron a viralizarse las imágenes, a todas luces inocentes y filmadas en un contexto alejado a los tiempos de corrección política extrema que corren.

El acto de pintarse la cara de negro que ocurre en varias culturas es interpretado diferente según el contexto. Para los estadounidenses la historia es asociada con los tiempos de la esclavitud y los resabios posteriores a su abolición. Existieron espectáculos y obras de teatro en que los actores blancos se pintaban la cara de negro para hacer de negros ya que no era aceptable que los descendientes de los esclavos actuaran. También la BBC tuvo durante décadas un programa donde los actores y músicos se pintaban igual. Obviamente fue levantado hace unos años.

Es evidente que así narrado y con esa conexión tan terrible, es injustificable la acción del primer ministro canadiense en sus años mozos. Pero lamentablemente no debería ser la única lectura posible. Es probable que ni siquiera sea un error de juventud de Trudeau sino simplemente una acción en un contexto diferente al de los tiempos actuales donde impera la ley de la estricta policía moral siempre atenta a señalar y demonizar a quien ose apartarse de las reglas de la nueva conducta de los autoproclamados biempensantes.

Sin ir más lejos basta recordar el carnaval uruguayo donde se destacan las comparsas de negros y “lubolos”, palabra que literalmente significa, según la RAE, “blancos pintados de negros”. 

En el fondo, la condena exagerada a Trudeau es un acto de enorme hipocresía. Una hipocresía que ha puesto en el banquillo de los acusados a una persona cuya carrera política está signada por una conducta irreprochable –y hasta empalagosa– de corrección política. 
Como para preguntarse si tiene sentido tanta solemnidad a la hora de juzgar a los demás y tan pero tan poco sentido del humor.  
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