ver más

La sensación al ingresar es un tanto extraña y difícilmente dejará indiferente al visitante. Los fines de semana por la noche, unos autos muy antiguos estacionados en la puerta del lugar anticipan lo que se encontrará adentro. Pero durante el resto de los días, cuando el recinto está cerrado y los coches permanecen guardados, es probable que pocos intuyan lo que hay en el interior del establecimiento, de 450 metros cuadrados, ubicado en la calle Requena 1120.

Allí se encuentra Barbacana. Mezcla de bar y museo, forma parte del paisaje montevideano desde hace 26 años, es uno de los boliches más singulares de la ciudad y, sin embargo, es desconocido para muchos. De acuerdo a su creador, Pablo de la Fuente, el establecimiento es uno de los siete que hay de su tipo en el mundo.

“Un lugar donde el pasado cobra vida”, es la frase con la que se promociona el boliche en su página web y puede que la consigna resuma la impresión dual que se lleva el visitante. Por un lado, Barbacana se siente un parque de diversiones para los sentidos, como una montaña rusa a través del siglo XX, en el que los ojos no saben dónde posarse porque lo que hay para ver parece no terminar nunca. Es como si allí se juntara lo mejor de la feria de Tristán Narvaja pero en un espacio limitado. Además de la zona dedicada al consumo, formada por mesas y sillas de diferente tipo (de estas últimas hay unas 370), se encuentran todo tipo de cosas: la primera campana de Maroñas de 1910, una puerta de la cárcel de Punta Carretas, una colección de teléfonos –entre ellos uno de 1904 que aún funciona y es el que se usa en el establecimiento– o una estrafalaria silla de dentista de 1940.

Por el otro, hay algo en el ambiente que se percibe como ajeno, que genera una leve incomodidad, quizás por la paranoia subconsciente que produce tanta película de casa embrujada o porque ver al pasado cobrar vida, y que lo haga además mediante tamaña acumulación, no deja de ser inquietante.

La cabeza pensante tras este espacio es un hombre de 62 años y aspecto un tanto excéntrico, que hace cuatro décadas y media tiene un negocio de antigüedades en Bartolomé Mitre y Sarandí y comenzó con Barbacana a partir de la compra y venta de artículos de bares.

“Acá hay (cosas) de 15 o 20 bares que han cerrado. Aparte todos los boliches duran seis o siete años, lo máximo 15. La Intendencia está encima de una forma brutal, con una tenacidad para cerrarlos lo antes posible”, comenta. El piso de arriba, donde se acumula toda clase de cosas, está cerrado porque solo la habilitación de bomberos cuesta US$ 8.000, agrega.

Además de juntar objetos, a ritmo de ir a subastas entre dos y tres veces por semana, De la Fuente acumula facturas, prolijamente desplegadas en varias mesas del piso de arriba, la última recibida el día anterior a la nota. “Agadu me puso una multa de $ 595.210. ¿Sabés cuánto factura Agadu por año?”, pregunta indignado.

Primero, los monopatines

Barbacana es el nombre que se le da a las construcciones fortificadas realizadas para defender pueblos y ciudades, y también a las puertas o aberturas de estas construcciones. En Montevideo, la puerta de la Ciudadela se encontraba próxima al sitio donde tiene su local de antigüedades de la Fuente, motivo por el cual decidió ponerle a su bar ese nombre.

Antes, desde 1870 a 1904, el local ubicado en la calle Requena fue un tambo y de esa época se conserva el aljibe y las argollas en varias paredes. A principios del siglo XX, el local pasó a ser una fábrica de pastas.

De 1870 data también la pieza más antigua que de la Fuente atesora en Barbacana: el vitral de la Iglesia del Buen Pastor, donde funcionaba el primer instituto de menores de Uruguay, que el dueño consiguió cuando demolieron el lugar.

Otra pieza que llama mucho la atención al ingresar al local es el cartel gigante de La Comercial, que perteneció a la primera casa de compra y venta de Montevideo, ubicada en Ciudadela y Soriano, a la que la gente acudía a empeñar sus cosas los domingos para ir a las carreras.

Una de las piezas que de la Fuente más atesora es su colección de patas de bañeras de principio de siglo, las cuales venían de Inglaterra, y que se exponen todas juntas sobre la parte superior de una de las paredes del local.

“Si esas patas no estuvieran ahí, ya se hubieran fundido por el hierro y las próximas generaciones no hubieran sabido de ellas. Siento una responsabilidad. Además, mi signo, Capricornio, es muy coleccionista”, agrega el propietario, quien también colgó del techo una colección con los monopatines que tenía cuando era niño. Antes que él, su padre hizo algún trabajo con antigüedades, pero básicamente se dedicaba a vender azulejos.

De la Fuente no se explaya mucho para tratar de entender la raíz de su afición por el coleccionismo, pero se acuerda de todos los años de origen de los objetos que atesora. La lista es interminable: una olla para hacer dulce de leche de 1940; colecciones de objetos de Ford T, además de matrículas y otras cosas de autos, ya que el propietario es fanático de los coches; piedras de hace 200 o 300 años; radios de 1906 a 1950, cestos de mimbre.

Un objeto muy curioso que pasa desapercibido se encuentra sobre el piso del establecimiento. Se trata de una quilla de orza, nombre que se le da a la “columna vertebral” de las embarcaciones. Esta pertenecía a un velero español que daba la vuelta al mundo en solitario y que se hundió a 10 kilómetros de Punta del Este. En 1998 fue rescatada por buzos de la Armada.

Mientras de la Fuente conversa, un hombre de corta estatura carga sobre sus hombros trozos de leña para colocar en las cuatro estufas del local. “Es el trabajo que hace en los últimos 15 años”, repite el propietario, como sorprendido por la persistencia del tiempo.

“Patapúfate”

En Barbacana hasta la cisterna del baño de mujeres es una antigüedad: data de 1903. Incluso de la Fuente atesora, prolijamente dispuestas en una salita, una gran colección de herramientas con las que levantó su emprendimiento.

La superposición de objetos es tal que de la Fuente reconoce que se está quedando sin espacio. “Cada tanto tengo que vender algo porque, si no, la quedé, con lo que se vende de comida no te da”, se queja. “Ahora está viniendo gente porque es invierno, pero cuando llegue noviembre, patapúfate”. El bar en la actualidad abre de jueves a domingo y los viernes y sábados cuenta con un show musical en vivo.

El empresario reconoce que muchas noches se queda a dormir allí para cuidar el local. “Salí cuatro días en verano y me cortaron la caja fuerte con acetileno, por algún mozo que esta acá, viste como somos los uruguayos, pasamos el dato. Pero no había nada dentro”, comenta, mientras muestra los destrozos hechos en su caja fuerte. Si tuviera que cerrar, ¿qué haría?, es la pregunta. “No sé, siempre me quedé esperando por el Estado, pero el Estado no da nada. Para dar esto a Patrimonio me pagarían una tercera parte de la contribución”, contesta.

La recorrida termina y el visitante se siente cargado de imágenes y datos. “Hoy es el mañana que ayer tanto te preocupaba”, dice uno de los carteles que pueblan Barbacana y uno se queda pensando en esa superposición de pasados que construyeron el presente.