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Aproveché la ola de calor para comprar un calefón, suponiendo que habrían bajado de precio. No fue así. A diferencia de la industria inmobiliaria, la de los calefones no ofrece variaciones en los precios según la temporada. Da lo mismo que haga frío o calor, lo que nos lleva a pensar que es más seguro hacer calefones que casas, aunque evidentemente se necesitan las segundas para instalar los primeros.

Instalar un calefón no requiere demasiada habilidad. Solo se trata de identificar correctamente los caños en la pared, y hacer dos viajes hasta la ferretería, el primero para comprar las colillas, y el segundo para cambiarlas por otras del largo correcto. Y nada más. Otro cantar es sacarlo, porque nunca se vacía completamente y pesa de manera endemoniada. Pero cuando son nuevos los calefones son bastante livianos y pueden ser colocador hasta por un alfeñique como este cronista.

Pero como suele suceder en estos tiempos en que todo es políticamente correcto, el fabricante del calefón que compré no tuvo mejor idea que colocarle varios adhesivos con preocupantes instrucciones.

El primero expone, entre otras cosas, el consumo de energía en caso de una extracción diaria completa. El problema es que nunca se hace una extracción completa porque cuando uno saca un litro de agua caliente, inmediatamente entra uno de agua fría. La gracia del calefón es que siempre esté lleno, por lo que la extracción completa es imposible. Basar el consumo de algo en un evento que es imposible que suceda es, por lo menos, irresponsable.

Luego se aclara que el consumo es variable dependiendo de las condiciones de uso del aparato y su localización. Lo de las condiciones de uso es entendible, seguramente en verano gaste menos que en invierno. Pero lo de la localización resulta difícil de entender. ¿Acaso hay que mover el calefón por las diversas habitaciones de la casa para probar dónde gasta menos? ¿Y si compruebo que los martes gasta menos si está en el living, y los jueves el ahorro es significativo ubicándolo en la cocina? No es que sea un tipo demasiado ocupado, pero prefiero hacer muchísimas cosas antes que pasear el calefón por toda la casa para ahorrar, o no, unos pesos.

La segunda etiqueta adhesiva pretende ser un manual de instrucciones. Recomienda cambiar cada dos años el ánodo de magnesio para evitar la acción galvánica. Nunca imaginé que un simple termotanque pudiera generar una acción galvánica, más que nada porque no tengo la menor idea de qué cuernos puede significar eso. De todos modos no suena nada bien, y tengo la impresión de haber escuchado el término en algunas películas en las que alienígenas pretenden dominar la Tierra. Por suerte tengo dos años para encontrar el ánodo de magnesio y cambiarlo. Supongo que alcanzará con hallar el cátodo y luego buscar su opuesto.

Más adelante aclara que si el agua que entra al calefón proviene de una bomba sin tanque expansor, debe instalarse una válvula de alivio. Eso es un problema. En mi caso el agua proviene de OSE, y la jovencita que me atendió en el call center del ente no supo decirme si las bombas que utilizan para enviar el agua tienen tanques expansores. Tampoco sabía qué era una válvula de alivio, lo que no me alivió para nada.

Como suelo hacer con todo lo que puede significar un peligro para mí, decidí ignorar las advertencias. Pero al final de estas preocupantes instrucciones, hay una leyenda que alerta que el adhesivo solo puede ser retirado por el usuario. El usuario es evidentemente la persona que se está bañando, y debo reconocer que experimento una peculiar aversión hacia tocar aparatos que se encuentran enchufados estando mojado y con los pies en el agua.

Así que tendré que esperar a que venga alguien a bañarse a casa, y pedirle que retire la etiqueta mientras funge como usuario. Claramente no puedo pedirle a alguien que venga a bañarse a casa, pues de inmediato sospecharía que estoy tramando algún tipo de acción galvánica en su contra. Mientras, me sigo bañando en el club.
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