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Ayer tuve un sueño raro. Soñé que empezaba el día y el aire estaba cargado de algo especial, pero difícil de describir. Que en la calle y hasta en el almacén dos veteranas hablaban de fútbol. Mencionaban a la historia sí, pero también al presente. Nombraban a Neymar, pero también a Martinuccio, y repetían una y otra vez lo que decían los periodistas deportivos en la tele.

Soñé que ponía el cable y todos los canales internacionales estaban transmitiendo en directo desde Montevideo. Hablaban de la historia, de la de Peñarol y de la de Santos. Mostraban goles en blanco y negro de la década del 60, pero también mechaban otros en colores, y con el logo de Fox encima, contra Godoy Cruz, Liga, Inter...

El Tito Goncálvez, el Lito Silva, hasta Obdulio Trasante, aparecían en la portada de Sportcenter. Insólito, ¿o no? No me culpes a mí, culpá al sueño…

Soñé que me tomaba el ómnibus y veía camisetas aurinegras, así como gorros y pulseritas. Gente cruzando la calle, esquivando los charcos, con el paraguas amarillo y negro a cuestas. Ví gente mirando por la ventana, con la mirada perdida, y rostro serio, luchando contra unos nervios incontenibles.

Soñé que pasaba por el estadio, y veía gente que ya estaba instalada en el Centenario, a las 10 de la mañana. Esperando para entrar, sí, pero sobre todo, canalizando los nervios, sintiendo la liturgia. ¿Trabajo, liceo, facultad? No existían. ¿Qué es eso? Viste como son los sueños, dan hasta para lo más inverosímil. Hasta como para soñar que las entradas volaran en 20 minutos.

En ese sueño también ví a figuras del fútbol mundial, de esos que aparecen en las tapas de las revistas deportivas de Europa, diciendo que Santos tiene que tener cuidado del corazón de Peñarol, pero también de su fútbol.

Entré a Internet y ví que en los diarios europeos hablaban de Peñarol. En el País de Madrid nombraban a Darío Rodríguez. En la BBC, de Aguirre. En The Guardian, a la mística carbonera. Hasta en el New York Times, un recuadrito hablaba “del Peñarol de Uruguay”.

Pero en todo ese barullo no me di cuenta que también hablaban de fútbol. Que, como decía el Tito Goncálvez, el equipo tenía un par de locos que “con un cortaplumas conquistarían el Amazonas”. ¿Y cómo no lo harían? Si ya lo lograron con el Beira Río, el San Carlos de Apoquindo o el Amalfitani… El sueño me trasportó directo –como solo se puede hacer cuando uno sueña- A Los Aromos, para ver como los tipos despertaron viendo un cuadro de Spencer, una foto del 4 a 2 a River en el 66, un video del Nando Morena metiendo el gol en la hora contra Cobreloa. Y que, mientras se sacaban las lagañas y aprontaban el mate, se encontraban con un Diego Aguirre mucho más joven y con más pelo. Como si el destino lo hubiese transportado a aquel 31 de octubre de 1987 en Santiago, con su gol en el minuto 120. Sería por eso que estaba más tranquilo que lo que nunca.

Sí, lógico, el sueño era demasiado loco para ser cierto. Me pellizqué, pero no me desperté. Y no quiero despertarme más.