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Ese gol que Ignacio Pallas convirtió en el segundo minuto de los que adicionó el árbitro Martín Vázquez en el segundo tiempo y que permitieron a Fénix rescatar un punto por el empate, dejó a Peñarol demasiado expuesto. Incluso, cuando nada es definitivo en un fútbol uruguayo tan irregular y cambiante. Pero después del partido del domingo por la novena fecha del Clausura, Peñarol quedó mal parado ya no solo porque perdió toda chance de transformarse en exclusivo puntero en la tabla Anual y en la del Clausura cuando se ponga al día con el calendario –tiene dos partidos pendientes–, sino porque demostró debilidades que le quitan crédito y lo presentan vulnerable en una instancia clave del torneo, como es la recta final.

Ese empate, que fue un tremendo empujón anímico para un Fénix que necesitaba una mano para salir de la incómoda situación (lleva 11 partidos sin ganar), fue un revés innecesario para los aurinegros que habían conseguido ponerse de pie el domingo en el Estadio Centenario, después que Fénix empató por primera vez en el inicio del segundo tiempo y Marcelo Zalayeta había establecido el 2-1, que parecía definitivo. Pero otra vez un error defensivo, otro golero que queda bajo sospecha, y otra vez la pelota en el fondo de la red para marchitar ilusiones y confundir a los jugadores, al técnico y a los hinchas.

Peñarol no jugó un buen partido ante Fénix. Desarrolló un fútbol anunciado, que durante el primer tiempo se volcó por derecha, pero le faltó profunidad. El hombre más peligroso fue un Maximiliano Pérez que protagonizó las dos jugadas de gol de su equipo, en la primera falló y en la segunda el balón terminó en el fondo de la red cuando transcurrían 23 minutos. En ese momento, mejor escenario imposible para los aurinegros, porque el gol llegó enseguida que Gelpi salvó su arco tras gran atajada y en la contra quebraron la resistencia del rival.

Para Fénix, de pobre primer tiempo a pesar de los intentos de Silva y Novick por llevar fútbol al área mirasol, el partido cambió en el segundo período, porque Peñarol ya no tenía a Aguiar en la cancha (salió lesionado e ingresó Rodrigo Viega) y los de Capurro salieron decididos a buscar el empate. El local adelantó el equipo en la cancha y con un gol de otro partido de chilena, Guevgeozian estableció el empate a los 52 minutos. Dos minutos después increíblemente Mezquida se perdió el gol que otorgaba el triunfo transitorio. Con ese panorama que preocupaba, el técnico Jorge Da Silva intentó ordenar a su equipo con el ingreso de Marcelo Zalayeta, que volvía tras una lesión después de 26 días, y apostó todas las fichas a ganador con un 4-2-4 muy ambicioso. Estoyanoff, por derecha, Zalayeta y Mora por el medio, y Maxi Pérez brindaban una única señal: solo faltaba que eso se reflejara en el marcador. Y como no lo conseguía fue por más, cuando a los 70 minutos mandó a Jorge Zambrana por Pérez. El recién ingresado fue por derecha y Estoyanoff por izquierda. Solamente les servía era ganar. El golero de Fénix, Mejía, lo impidió a los 77 minutos, pero cinco minutos después, tras un pase de Zambrana y un yerro defensivo de los que oficiaron de locales, terminó en el 2-1 de Zalayeta.

En otras circunstancias, de un Peñarol sólido, los tres puntos estaban seguros en la tabla de posiciones. Pero no es el caso y el hincha sufrió otra vez la misma película: Gelpi salió mal, los zagueros se equivocaron y Pallas, como si se tratara de un habilidoso número nueve, tuvo tiempo para acomodarla en el área e inflar las redes para dejar a Peñarol en el costado más incómodo que pueda estar el equipo de Da Silva, con la confianza herida, el fútbol comprometido y la ilusión castigada porque el equipo no le encuentra la vuelta al fútbol que necesita para liderar las tablas.