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Con ese característico tono de voz tierno con que la gente les habla a sus mascotas y usando motes cariñosos como “mi amor”, “preciosa” y “chiquita”, Melitta Meneghel les habla a las serpientes. Es la encargada del Bioterio de Animales Ponzoñosos del Instituto de Higiene, más conocido como serpentario, y aunque aclara que “no son mascotas”, las trata con igual o más afecto que muchos dueños de perros y gatos.

De hecho, en un principio, las serpientes eran sus mascotas. Cuando en 1992 se creó el serpentario en un convenio entre la Facultad de Medicina y la de Ciencias de la Universidad de la República, las 60 venenosas que conformaron la primera colección vivían en la casa de Meneghel.

Hoy son cerca de 150 serpientes autóctonas entre cruceras, yaras, corales y una cascabel, especie que está en peligro de extinción.

Veneno de investigación
No solo los ratones pueden ser animales de experimentación. Las serpientes también entran en esta categoría, donde los roedores no son objeto de estudio, sino mero alimento de los ofidios.

En el serpentario, los animales ponzoñosos son usados para investigar desde características básicas de la especie hasta cómo retirarlas de una planta industrial.

Ninguno de sus experimentos termina con el sacrificio de la serpiente, porque son animales salvajes a proteger, dice la bióloga, y porque no se los somete a una manipulación previa que sea incompatible con la vida.

De los estudios básicos sobre la biología y comportamiento de estos animales derivan diferentes aplicaciones del ofidismo. Por ejemplo, se puede determinar por la huella de una mordida el tamaño de la víbora y, en consecuencia, cuál es el máximo de veneno que pudo haber transmitido. “Nunca se sabe la cantidad exacta porque la inyección de veneno es voluntaria. Si el animal está muy asustado, larga una cantidad enorme”, explica Meneghel.

La tarea que dejó de estar en sus manos fue el “ordeñe” de las serpientes para extraerles el veneno. La científica contó que desde hace más de siete años el Ministerio de Salud Pública está importando el suero antiofídico de Brasil, mientras espera que un grupo también del Instituto de Higiene ponga a punto una nueva técnica de producción. Recién este año se fabricaron las primeras muestras, aunque todavía les resta pasar por los controles necesarios.

Desde entonces, no hacen la maniobra en el serpentario, pues requiere que el técnico agarre con la mano la cabeza del animal, lo cual es riesgoso para ambos. Bien sabe de esto Meneghel, quien recibió dos mordeduras de yaras (o yararás) durante los ordeñes y su vida estuvo en serio riesgo.

Malinterpretadas
Las serpientes, al igual que muchos mamíferos, reconocen por la voz y olor a las personas que les dan de comer, y se ponen agresivas ante la presencia de extraños. El tema es conocerlas lo suficiente como para no confundir una actitud de confianza con una de ataque.
“Entreabrís la tapa (de la caja) y el bicho enseguida saca la cabeza con la boca abierta como preguntando dónde está el ratón. La gente lo confunde con agresividad, pero en verdad solo quiere comer”, cuenta Meneghel.

Y, de hecho, pasados unos minutos de estar conversando con la bióloga en el serpentario, los animales comienzan a golpear sus cabezas contra el plástico transparente de sus cajas. Ella, con su voz más dulce, acaricia la superficie y les dice que ese día no les toca comer.

De niña, Meneghel guardaba arañas, escorpiones, avispas y otros bichos en cajas de medicamentos adentro de su baúl de juguetes. Una vez al día los sacaba y les daba de comer. Con unos pocos años ya sabía distinguir las víboras venenosas de las que no lo eran, y a estas se animaba a agarrarlas.

Ya como estudiante de la Facultad de Ciencias, empezó a leer sobre ofidios, a cazar serpientes y a prepararles terrarios en su casa, por lo que cuando llegó a la materia zoología en cuarto año, dio parte del curso como docente honoraria. Actualmente es la encargada de la sección Zoología de Vertebrados de dicha institución.

Si bien el miedo hacia las serpientes es instintivo en los primates, Meneghel no recuerda haberles tenido miedo jamás. Incluso después de que la mordieron dos veces, cuando los médicos le advirtieron que ya no podrían salvarla en caso de recibir una nueva inyección de
veneno.

Tal es su pasión por estos animales que su serpiente favorita es la yara, que la inauguró en el mundo de las mordidas ponzoñosas. Aunque se la cuestione sobre sus particulares preferencias, la científica responde que es “obvio” el cariño hacia ese ejemplar, a pesar del dolor, a pesar de su vida.

“Fui a la primera persona a la que mordió porque vino acá como bebé”, cuenta. Esa yara murió de cáncer hace unos años.

Meneghel no es la única amante de las serpientes o “rara”, como ella misma dice, en el Instituto de Higiene.

Cuenta la bióloga: “Cuando la estudiante que tenemos ahora empezó en el serpentario, recibió todo el entrenamiento. Pero no se puede forzar a alguien agarrar a una víbora, hay que esperar a que se ofrezca”.

Y continúa: “Un día en un ordeñe pidió para intentar con una yarará que había llegado en estado de monedita, como le decimos, porque se enrosca y queda del tamaño de una moneda de $ 5. Era la única bebé en ese momento. Se inauguraron las dos, por lo que ella le tiene un cariño impresionante y el bicho la reconoce. La muchacha cuando la mira, le dice: ‘Te daría un besito en la punta de la nariz’”.

No son de adorno
Así como Meneghel no está de acuerdo con el sacrificio de las serpientes con fines científicos, su uso como objeto exótico de belleza en conciertos, producciones de moda o paseos turísticos le resulta “indignante”.

Aunque muchos tienen presente a la serpiente por el imaginario negativo que aporta el Génesis, la bióloga recuerda que fue una cobra la que protegió a Buda de la lluvia, según la tradición.

Meneghel, cual Martin Luther King de los ofidios, relata: “Un sueño que tuve y que para mí fue una pesadilla porque resultó muy, pero muy angustiante, fue uno en el que estaba en el campo acampando e iba a buscar leña petiza para iniciar un fuego. Entonces, me ponía a juntar unas ramitas y las ponía atravesadas en mi brazo. De repente, levantaba una y esta se empezaba a mover: la rama se había transformado en una cría de crucera, al igual que las que tenía en el brazo. Yo estaba fascinada hasta que una y otra comenzaban a morderme. Me quedaba esperando el dolor, pero nunca llegaba”.

La pesadilla no fue el ataque masivo de cruceras, una especie nacional de poderoso veneno. “La tragedia era que, si no les funcionaba el veneno, ¿cómo iban a alimentarse? Todas morirían”.



Las peligrosas
Crucera. Su tamaño oscila entre 25 y 150 centímetros, de color de fondo pardo castaño.

Yara. Es poco robusta, mide entre 22 y 92 centímetros de largo y es de color agrisado.

Cascabel. Alcanza entre los 30 y 160 centímetros. Se diferencia por el cascabel, un apéndice que tiene en el extremo de la cola que produce un sonido característico.

Coral. Mide entre 18 y 80 centímetros y tiene en su diseño anillos completos alrededor del cuerpo de colores negro, amarillo y coral.