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La realidad inmediata no es la más fácil. Es una zona muy poblada, cercana a La Teja, en el oeste de Montevideo, con mucha calle de tierra, viviendas humildes, terrenos baldíos y algún asentamiento precario, como la Cantera del Zorro.

Allí se desarrolla la actividad de una ONG que se dedica a los niños del lugar. La Asociación Civil Andares maneja un proyecto educativo y de promoción social sin fines de lucro denominado Botijas.

Tienen una casa grande y bien construida en una zona céntrica de Tres Ombúes y hacen de todo. El movimiento no para. Cada recoveco de la casa tiene un grupo distinto a cada hora: las paredes de las aulas están abarratodas de carteles de la clase de inglés o de dibujo o de pintura o artesanías.

Las clases de guitarra se imparten a pocos metros de una huerta, donde se aprenden los rudimentos del arte de cultivar la tierra.

Botijas cuenta con 114 niños de 6 a 14 años y tampoco descuida a las 70 familias a las que pertenecen.
La situación del barrio es lo que desde el léxico de la sociología se conoce como “situación de vulnerabilidad social” y que se refiere a que la ausencia de perspectivas educativas y laborales los acercan peligrosamente a modos de vida en los que la familia, el trabajo y el sueño de prosperidad futura empiezan a no estar.

Esos “botijas”, los afortunados que concurren a las clases y que a veces llevan a sus padres, aprenden valores, responsabilidades y derechos. Aprenden a usar herramientas que les darán mejores oportunidades camino a una adultez que se viene a ritmo de vértigo.

También aprenden, en grupo, a enfrentar problemas, a reconocer una realidad difícil y a vivirla con el mejor espíritu posible. Una mañana cualquiera en la casa de esos Botijas es de una gran intensidad y energía entre el trabajo, el estudio y la diversión.

Las familias tienen, en el lugar, un espacio de escucha y atención tendiente a mejorar la calidad de vida. La idea es ayudar a que cada niño adquiera conocimientos y valores y que pueda a su vez transmitirlos. Es a lo que llaman “efecto multiplicador”.

Además del apoyo escolar y liceal, la atención social y psicológica al niño y su familia, los talleres de informática educativa, de expresión plástica, la huerta, el inglés y los talleres formativos para padres se desarrollan actividades más sofisticadas, como las sesiones de equinoterapia en la Escuela de Equitación del Ejército, un programa de radio (Botijas al aire), en la FM 88.7 Comunitaria Tres Ombúes, natación y otras actividades deportivas.

El éxito del proyecto Botijas, con 15 años de experiencia en la zona, es escandaloso. Los niños van y aprenden, los padres agradecen que exista y también van, la esperanza de una vida digna crece.
El problema evidente en este momento es que los niños crecen y pierden el privilegio de ser Botijas.
Se hace imperativa la necesidad de contar con una casa propia y de mayor tamaño que pueda albergar el plan de un Centro Juvenil que ya se encuentra en marcha.

Para llevar adelante la asociación existen convenios con distintas organizaciones municipales y estatales, y también con el Foto Club Uruguayo.

Taller

La idea del Foto Club fue proponer a un grupo de ex Botijas, de entre 13 y 15 años de edad, realizar un taller de fotografía que culminara en la publicación de dos pliegos (ocho páginas) de fotografías y pequeños textos con personajes, empresas y actividades relevantes de la zona.

Los participantes fueron seis: Patricia García, Romina Martínez, María Viera, Magalí Pizzorno, Leticia García y Javier Ribero.

La tarea consistió en un trabajo de campo, en el que investigaron el barrio, sus habitantes, sus costumbres, los lazos de vecindad y el propio club de niños.

Es lo que los docentes del Foto Club –Andrés Cuenca, Matías Fabricio, Agustín Paullier y Álvaro Percovich– llaman “una mirada desde adentro”. Se trata de “la posibilidad de realizar un registro con conocimiento de causa, la particular inocencia propia de su edad y una madurez saludable que les lleva a no desconocer la fuerte realidad del barrio en el que viven”, según un breve texto de los docentes publicado en el “periódico” de Tres Ombúes, que recibió el nombre de El Cuarto Ombú.

“La fotografía funcionó como herramienta de desarrollo visual y de inclusión, generando un efecto espejo que les permitió redescubrir su propio contexto”, aseguran.

Las páginas de El Cuarto Ombú les dan la razón. Son imágenes propias del entorno donde viven los hacedores del periódico, muy distintas a ese otro mundo que desde la televisión y el cine se muestra como “normal” y que es tan distinto a la realidad, tal como la viven ellos, que hasta hace tan poco eran botijas y ahora empiezan a tener otras responsabilidades.
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