Un país que no deja de contar
Desde hace varios años la fundación cultural chilena Plagio desarrolla concursos en diversas ciudades del alargado sudamericano con el objetivo de que lo literario aflore de la gente
El escritor Paul Auster tenía un programa de radio en la emisora pública de Estados Unidos, de amplia llegada y cobertura nacional. Con ese alcance un día se le ocurrió un proyecto gigante: proponerle a los oyentes, fueran estos escritores o no, que le mandaran algunos relatos narrativos de anécdotas verdaderas, con el fin de acercarse a una especie de electrocardiograma literario de su país, pero con voces anónimas o de ilustres desconocidos, a base de situaciones que hubieran vivido.
Auster hizo el llamado desde su programa hacia ese extraño vacío que difunde la radio y esperó, como la gallina paciente que confía en sus huevos. El resultado fue una enorme catarata de relatos, más o menos breves, de diferente naturaleza, de diversos argumentos y de casi todos los puntos de Estados Unidos. Y esta característica geográfica no es menor, porque muchas veces el contexto definía la sensibilidad del relato.
Cuando tuvo ese tesoro entre manos, lo primero que hizo Auster fue elegir algunos relatos y leerlos al aire en el programa. Cuando el número siguió creciendo (y por lo tanto la calidad de los envíos), Auster ya vio que allí lo que había sin lugar a dudas era un libro. Una antología, compuesta y prologada por él, como dueño de la idea, de los que consideraba los mejores relatos del “hombre de a pie yanqui”.
El libro resultante se tituló Creía que Dios era mi padre y se publicó en 2000. Dos años después se tradujo al español (por parte de la uruguaya Cecilia Ceriani) y lo publicó la editorial Anagrama. Son más de 500 páginas de narraciones sabrosas y crónicas muchas de ellas autobiográficas y la emoción de los autores, tanto de grandes ciudades como de pueblitos perdidos de Montana, está a flor de piel. Desde que leí Creía que Dios era mi padre siempre me quedó flotando la idea de poder replicar el procedimiento.
Y ahora me entero de que, de alguna forma similar, un proyecto chileno va por ese camino, ya desde hace algunos años. Se trata de una idea del grupo Plagio (centrado en su página web www.plagio.cl) que ha lanzado una serie de concursos de microrrelatos en varias ciudades de ese país y luego ha publicado los resultados.
Plagio, que desde 2000 publica una revista y luego fue agrandándose y diversificándose, se define como “un equipo creativo y multidisciplinario” que tiene el objetivo de “acercar la cultura a la mayor cantidad de personas a través del desarrollo de iniciativas editoriales y la creación de proyectos innovadores”. Y de manera hábil han conseguido socios estratégicos como BHP Billiton (la mayor empresa minera del mundo), el metro de Santiago y Televisión Nacional de Chile.
Dentro de esta plataforma es que surgieron proyectos como concursos de fotografía sobre Santiago, los llamados “nanometrajes” (videos muy breves), y sobre todo el de las ciudades narradoras. Así se realizaron los concursos de narraciones sobre ciudades y regiones de Chile en el formato de “100 palabras” como máximo de extensión.
En la página web de Plagio se pueden leer varias historias de las ciudades en cuestión, desde Valparaíso a Concepción, desde Iquique hasta Antofagasta. Lo importante es que en las historias se refleje algún aspecto tangible de las ciudades, de su fisonomía, de su perfil, de su forma de vida, de sus particularidades y de los hechos comunes de la vida que nos hacen compartir esta extraña experiencia de ser humanos.
Para conocer toda esta realidad cultural a una hora y media de avión de Montevideo basta hacer un clic. El resultado es más que disfrutable.