Por primera vez, desde que llegó a Nacional como entrenador, Juan Ramón Carrasco festeja desaforado el triunfo con la tribuna y se saca de encima una de las mochilas más pesadas que cargó en muchos años.
Por primera vez, desde que llegó a Nacional como entrenador, Juan Ramón Carrasco festeja desaforado el triunfo con la tribuna y se saca de encima una de las mochilas más pesadas que cargó en muchos años.
Sorprende, aunque el técnico tricolor está acostumbrado a remar contra la corriente, pero en ese grito del final, que va más allá de una expresión marquetinera –sino que responde a la imagen del ser humano aliviado después de tantas horas de presiones– ya no solo está concentrado el sentimiento de un entrenador, sino que se siente la celebración de un club que comienza a descubrir que se puede salir del fango y comenzar a transitar terreno seguro. Porque el éxito de los albos plantea un nuevo escenario en la recta final del torneo, muy favorable para los intereses albos, aunque no definitivos aún: con Nacional líder en la Tabla Anual, distanciado de Defensor Sporting, y en el Clausura, mientras espera que el aurinegro se ponga al día con el calendario.
Nacional ganó 1-0 en un clásico cargado de polémicas. Por esa razón hoy las voces de protesta surgen desde Peñarol, porque se sintió despojado por el arbitraje. En este caso corresponde precisar que en situaciones muy finas, en las que las jugadas hay que verlas varias veces por televisión e incluso, después de mirarlas varias veces, también quedan dudas, definitivamente hay que darle la derecha a los jueces, aunque al hincha de Peñarol no le guste ni lo acepte. Pero sería demasiado injusto cargar todo contra Martín Vázquez y sus colaboradores, cuando los futbolistas aurinegros no supieron resolver antes el éxito o cuando la versión moderada de Carrasco llevó al DT a cerrar el partido antes de tiempo, cuando podía ganarle corriendo a un rival que había quedado desguarecido en defensa y estaba disminuido físicamente.
El fútbol empezó recién en el segundo tiempo, cuando ingresó Santiago García, por Bruno Fornaroli. Durante el primer período, los dos equipos fueron excesivamente conservadores y amarretes con el juego. Peñarol, porque le quedaban pocas reservas debido a que se gastó casi todo para clasificar en la Copa Santander Libertadores y debió administrar los recursos para llegar al final del partido del domingo. Y Nacional, porque, como sucede con frecuencia, no supo desentrañar una buena estrategia defensiva de su rival.
Los aurinegros defendieron durante buena parte del primer tiempo con dos líneas de cuatro, y los albos jamás pudieron quebrar esa resistencia. Los números fueron elocuentes en los primeros 45 minutos: Nacional remató solo dos veces al arco, y ambas desde afuera del área, con escaso peligro. Peñarol solo probó una vez, con una tijera de Juan Manuel Olivera que atajó Muñoz.
A esa altura, transcurrido medio partido, era un buen negocio para los aurinegros, y un mal presagio para los albos. El fútbol sufrió un giro busco con el goleador de los clásico en acción, porque cambió la actitud ofensiva de Nacional y eso se reflejó en el talante de los que debían generar peligro en el arco rival y en los defensores, porque sabían que no la iban a pasar bien.
Cuando el Morro anotó el 1-0 a los 60 minutos, después de una gran jugada de Sebastián Coates, empezó el clásico. Despertó el fútbol y cambió el ritmo del juego. Eso sucedió, primero, porque Nacional tenía terreno para correr y, segundo, porque Peñarol tuvo que salir a empatar el partido.
En esos 30 minutos finales fue mucho más ambicioso Aguirre que Carrasco. No solo por lo que hicieron los futbolistas en el campo, sino por los movimientos de los técnicos. En ese final, Peñarol tuvo cuatro goles: el de Aguiar que desvió Muñoz, otro del volante que le entró mal el balón y lo mandó a la tribuna, uno de Pacheco y el de Estoyanoff en el final. Por su parte, Nacional generó varias corridas, pero una sola ocasión clara, una de Porta que a los 73 minutos se fue afuera.
Por esa razón, el problema de Nacional pasó entonces por lo que transmitió Carrasco: el técnico traicionó sus principios, porque cuando tenía todo para ampliar diferencias corriendo ante Peñarol, que defendía con Matías Mier en el lateral izquierdo, primero sacó a un punta (Porta) y luego puso un volante de marca (Calzada por Pereyra), cuando lo que se esperaba era el ingreso del juvenil Nicolás López, por ejemplo.
Ganó Nacional, se sacó un tema grande de encima y quedó bien posicionado para rematar la temporada –por el momento de los tricolores y por la carga que tiene Peñarol con la Libertadores, que no es menor– aunque deberá hacer muy bien los deberes en las tres últimas fechas (Danubio, Defensor Sporting y Rampla) y en las finales, para no regalar todo lo que recogió en un clásico clave y polémico, del que se hablará toda la semana.