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Poner en funcionamiento un cine barrial como los de la década de 1950 puede parecer para la mayoría una utopía. Sin embargo, está lejos de ser la opinión de Martín Daián, quien está convencido de que el próximo diciembre podrá volver a la vida al viejo cine Gran Prix, ubicado en el corazón del Cerrito de la Victoria.

El edificio de dos plantas, situado en Granaderos 3879, esquina San Martín, estuvo desde su nacimiento destinado a ir contra la corriente. De hecho, abrió sus puertas en 1959, justo cuando la mayoría de los cines barriales empezaba a desaparecer. Logró subsistir por 20 años, y luego se transformó en un depósito de productos industriales.

Medio siglo después, su porfiada historia se topó con Daián, una suerte de Quijote del siglo XXI que la mayor parte del día vive solo para revivirlo.“Siempre me fascinaron los cines barriales. Evidentemente, con este proyecto no busco enriquecerme sino saciar mi pasión por el cine”, justifica y deja traslucir su recurrente temor a ser confundido con un loco.

Le hubiera encantado poder rescatar un cine devenido en iglesia, pero cuando le consultaba a los pastores su precio estos planteaban cifras exorbitantes, “Me llegaban a pedir US$ 700.000 mil. Era imposible conseguirlos”.

Finalmente, en un aviso clasificado dio con el viejo cine del Cerrito, un gran monstruo de 1.100 metros cuadrados, 15 metros de altura y capacidad para 800 personas. Y desde entonces comenzó su odisea.

Desafiando a los prejuicios, Daián no está lleno de canas ni usa bastón: tiene 36 años y por alguna misteriosa razón siempre se sintió profundamente ligado al cine.“No se de dónde viene esta pasión. Es el gran misterio de mi vida. Cuando tenía tres años unos curas le entregaron a mi padre, que era técnico electrónico, dos proyectores Philips para arreglar que misteriosamente activaron mi vínculo con el cine. Todavía recuerdo el placer que me producía jugar con ellos. Me acuerdo que hasta los olía, como si fueran una mujer perfumada”, contó.

Si bien no llegó a la época de oro de los cines barriales, al menos se emocionó hasta las lágrimas con clásicos de Walt Disney, como Bambi en el cine Censa. Más tarde, también admiró otros clásicos como La guerra de las galaxias, El regreso de los muertos vivientes o Superman, en las gigantes pantallas de otros cines barriales.

Daián también está lejos de ser un millonario excéntrico que se da el lujo de ostentar piezas cinematográficas únicas. Podría definirse como un precoz coleccionista sacrificado que se las fue ingeniando para saciar su pasión incontrolable.

A los 14 años, y por necesidades económicas, se vio obligado a dejar de estudiar. En ese entonces trabajó junto a su padre como técnico electrónico y cuatro años más tarde formó su propia empresa para reparar maquinaria cinematográfica, la misma que hoy constituye la principal fuente de sustento de su familia. Para desmentir otro prejuicio, Daián tampoco es un ser solitario: vive con su mujer y su pequeña hija de 14 meses, que lo acompañan en esta “locura”.

No obstante, reconoce con naturalidad que algunos siempre lo vieron como un “personaje extraño”. Mientras sus amigos tenían como prioridad ahorrar para salir los fines de semana, él prefería conservar ese dinero para asistir a los remates y adquirir esos tesoros cinematográficos que para el común de la gente no eran más que chatarra.

Hoy tiene más de 2.000 títulos de películas en varios formatos, un total de 30 proyectores de 35, 16, 8 y Super 8 milímetros y cientos de afiches de las décadas de 1950 y 1960. Sin embargo, su colección supo ser mucho más amplia. Llegó a tener varios proyectores a manivela de principios de siglo XX, de los que tuvo que desprenderse para poder solventar el proyecto de reabrir el Gran Prix. Y es que edificar un sueño de estas dimensiones no es nada fácil, sobre todo si no se cuenta con ningún tipo de fondos.

Por momentos, la falta de recursos obstaculizó la concreción de su sueño. “Hubo meses en los que debí parar el proyecto porque estaba desfinanciado, intenté pedirle fondos al Ministerio de Educación y Cultura pero no salieron”. Sin embargo, Daían no bajó los brazos y al menos cuenta con el don de poner a funcionar cualquier equipamiento cinematográfico. “Si yo no fuera un idóneo, y tuviera que contratar a alguien para que, por ejemplo, me acondicionara la cabina de proyección, sería inviable. Son arreglos que cobramos caro”, comentó.

La reapertura
Fiel a su antiguo estilo, el nuevo Gran Prix recibirá a las personas con un portero uniformado con botones dorados, contará con un kiosco de golosinas y estará ambientado con varios afiches de películas de esa época. “Esta urna del cine Censa también va a formar parte de la ambientación”, dice mientras la exhibe con orgullo.

Detrás pueden verse otros detalles de época, como las paredes cubiertas en un símil terciopelo, o el cortinado que acompañará la gran pantalla de 12 metros por 6, de igual tamaño que la de los antiguos cines barriales.

En la planta superior ya están colocadas varias filas de las 750 butacas que en total tendrá el cine. Las consiguió a través de Mercado Libre, luego de que fueran descartadas por un teatro del estado de Pensilvania en Estados Unidos.

Debajo del escenario está resguardado un centenar de rollos de películas. “Se las canjeé al cine Universitario a cambio de una reparación”, comentó. A pocos metros, un montón de proyectores acumulados llama la atención. Uno de ellos es un Kalee 8 a carbón de la década del 40, que según sospecha perteneció al cine Ambassador.

Del arsenal de películas que posee, Daián confiesa haber visto solo el 10%. Hasta hoy una de sus mayores pasiones es recorrer la feria Tristán Narvaja o los remates y comprar rollos sin saber qué es lo que contienen. “Muchas veces te llevás clavos, pero también grandes sorpresas”, cuenta apasionado.

Así, se hizo de materiales únicos como un documental sobre la visita del príncipe de Gales a Uruguay a Punta del Este, u otro de Eduardo Galeano en la década de 1960 mientras participaba de un encuentro de escritores en Alemania.

Entre los rollos, también hay cientos de informativos ,algunos de los cuales también formarán parte de la programación. “Quiero rescatar la vieja costumbre de informarse en el cine, como sucedía antes de que existiera la televisión. Creo que estas cosas terminarán dándole un toque retro bizarro”, comentó.

Sin embargo, no todo será de épocas pasadas. Así, por ejemplo, los proyectores que se emplearán en la cabina de operación son dos Philips modernos, del año 2000 con lámparas de xenón de 3.000 watts de potencia.

A su vez, el edificio cuenta con revestimiento acústico y térmico, una luminaria a base de leds, sistema de censores y barreras de humo y tanques de agua con mangueras para evitar posibles incendios. Daián tiene claro que ser coleccionista no es lo mismo que ser necio. “Que me guste la década de 1950 no quiere decir que no reconozca que ahora también hay cosas mejores”, afirma.

Aunque prefirió evitar dar detalles de la inversión, “porque en parte ya perdió la cuenta”, comentó que solo la instalación eléctrica y el sistema de censores costaron US$ 20 mil, en tanto la contribución inmobiliaria del edificio asciende a los $ 50 mil al año. Algunos gastos e imprevistos, si bien no alcanzaron a matarle la ilusión, sí consiguieron robarle varias horas de sueño. “Desde que compré el edificio, todos los días duermo cinco horas. Son muchos los detalles a cuidar: estoy liquidado”.

Pero al menos ahora tiene la sensación de estar a punto de llegar a la meta. Si su intuición se cumple, cuando llegue el próximo verano no solo podrá dormir más tranquilo sino que conseguirá dejar a varios cinéfilos nostálgicos con la boca abierta.