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La cara se transforma pero no tanto. Con la risa frunce las cejas y achina los ojos. Cuando se pone furioso, sus ojos se inyectan, quedan fijos y penetrantes.

Es capaz de llorar y de reírse al mismo tiempo. Es capaz de infundir odio y cariño, simpatía y terror. Y siempre con un lunar característico cerca de la narz.

Robert De Niro. “Bobby”, para los amigos. La cara detrás de la que varios directores han construido una carrera. La cara que ayudó a contar mil y una historia de descendientes italianos en busca del sueño americano, por las buenas o por las malas (sí, claro, mayormente saltéandose las leyes).

Cinemateca Uruguaya organiza a partir de hoy un ciclo de once películas protagonizadas por De Niro como forma de festejar sus 70 años de vida.

Es difícil resumir de forma representativa una carrera que presenta cerca de 90 filmes entre actuaciones protagónicas, participaciones secundarias y utilización de la voz.

El ciclo arranca con las dos partes de Novencento (1975), la obra maestra de Bernardo Bertolucci.

Al año siguiente, De Niro fue un soldado que volvía a Nueva York con evidentes signos de trauma y trastorno. Consiguió trabajo en el turno nocturno de un taxi en una ciudad oscura al borde del caos y la bancarrota. Lo que le pasaba a la ciudad, también sucedía en la mente del protagonista.

Hasta ese momento no se había mostrado ese grado de alienación en un filme estadounidense y el talento de Scorsese se nmostraba a través del rostro de su paesano De Niro. Taxi driver se transformó en la película de una generación y de alguna manera cambió la forma de hacer cine en los Estados Unidos.

En 1980, Scorsese confió de nuevo en esa cara italiana para su biografía del boxeador ítalo-americano Jake Lamotta en Toro salvaje.

Ambos conocían demasiado el contexto de la vida de Lamotta, porque básicamente era donde habían crecido. El remate estético del blanco y negro, y de De Niro musculoso recibiendo y dando castigo encima de un ring, culmina con Lamotta gordo en la decadencia.

El público lo amó, lo aplaudió de pie en los cines y la Academia de Hollywood lo premió con el premio Óscar. También fue una película que modificó la visión que el cine tenía del boxeo y de cómo contar una historia.

Para 1982 Scorsese lo convoca otra vez para unirlo a Jerry Lewis en El rey de la comedia, donde lo hace explorar otra de sus grandes dotes: hacer reír.

El ciclo continúa con La misión, de Roland Joffe, lo que también significó un desafío profesional para De Niro: hacer de un cura jesuita en la época de la conquista de América.

Luego el ciclo, que va hasta el 10 de octubre, toca algunos puntos más o menos destacables de la larga carrera de De Niro, y culmina con Una luz en el infierno, una película dirigida por el actor, quien además representa un papael secundario.

Su nombre original es Un cuento de Bronx, y narra la historia de un muchachito de origen italiano en es barrio de Nueva York, que se vincula a un mafiosa como su figura paterna.

Es una buena forma de cerrar una historia que siempre fue fiel a los orígenes, incluso en los papeles más disímiles. Y si bien es cierto que De Niro en los últimos ha puesto su cara para varias metidas de pata, sus filmes clásicos son siempre una forma de volver al mejor cine. Y al lunar más importante de la pantalla.

Para ver horarios: www.cinemateca.org.uy
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