En un país donde el waterpolo tiene cuatro equipos masculinos y tres femeninos en sus competencias locales y donde para entrenar tienen que levantarse a las 5 de la mañana o esperar casi hasta media noche para trabajar en toda la piscina o hacerlo en un andarivel –o dos, como máximo, por la demanda que tienen los clubes para su actividad social o para la natación competitiva–, es sorprendente que un juez arbitre la final del mundo (Daniel Daners en Budapest 2017), que la selección se haya consagrado en el Mundial B (en octubre de 2017 en Malta) y que Olimpia o Biguá compitan de igual a igual en la fuerte liga argentina.
Un uruguayo en aguas de tiburones
Marcos Fernández se formó en el waterpolo de Olimpia, emigró a Australia por amor y hoy integra la selección de Nueva Gales del Sur