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A los 6 años ya sabía que mi vocación estaba en el mar. Durante mi adolescencia solía escapar del liceo y correr hasta el puerto para ver los enormes buques, soñando con formar parte de la tripulación de alguno de ellos.

Pese a todo me esforcé por terminar la Secundaria, con el solo fin de ingresar a la Escuela Naval. Egresé con honores, fui el mejor cadete de mi generación. Tras revistar algunos meses en la Armada alcancé el rango de oficial, abandoné el arma y gracias a un conocido logré embarcarme en un granelero de bandera panameña. Luego formé parte de la oficialidad de un petrolero indio, más tarde me desempeñé como segundo de a bordo en el Constantina II, un paquebote portugués asignado al transporte de ganado en pie a lo largo del Mediterráneo.

Pasaron los años y llegué a perder la cuenta de los puertos visitados, así como de los buques que tripulé. Cientos, tal vez más de mil marinos estuvieron bajo mi mando, y surqué miles de millas a través de los siete mares bajo las órdenes de los mejores patrones y los más eficientes y sabios capitanes que se hayan dado a la mar. Más de cuatro veces estuve a punto de naufragar.

En una ocasión me vi cara a cara con la muerte al caer por la borda de un rompehielos ruso en el Mar del Norte, donde la temperatura del agua raramente supera los dos grados. Gracias a la pericia y la experiencia de un contramaestre vasco fui rescatado cuando ya mis miembros comenzaban a entumecerse.

Pesqué el atún en el Sur, atravesé el estrecho de Magallanes y fui bombardeado por una lancha torpedera soviética en el mar de Bering.

Al cabo de casi 20 años llegué a ser capitán mercante. Cuando quise darme cuenta me había convertido en uno de los capitanes más cotizados del momento.

Cada vez que tocaba tierra era acosado por altos directivos de poderosas compañías navieras, que frecuentemente venían con órdenes de entregarme cheques en blanco con tal de que aceptara navegar sus buques.

En casi todos los puertos los prácticos se limitaban a sostener mi taza de café, mientras yo mismo tomaba el timón para atracar aun en las peores condiciones.

Finalmente, he decidido probar otras experiencias y acabo de aceptar el mando de un crucero turístico. Bajo mi mando se encuentran casi 150 oficiales, alrededor de 400 marineros, amén de los mozos, cocineros, guías, animadores y demás encargados del trato directo con el pasaje. De mí dependen tanto las vidas de tan numerosa tripulación, como también las de los más de 1.500 pasajeros.

Zarpamos hace apenas cuatro días y no hay novedad. Navegamos a un promedio de 25 nudos, algo normal por tratarse de un crucero de placer, nuestro consumo de combustible oscila entre 430 y 510 toneladas diarias.

Nunca en mi vida de marino estuve al frente de nave alguna que me permitiera una actividad tan disipada. Por las noches visto uniforme de gala e invito a cenar a mi mesa a los pasajeros más distinguidos.

Paradójicamente, las dos primeras noches no pude evitar que vinieran a mi mente las tragedias del Titanic y el Andrea Doria. Conocedor de las virtudes del navío a mi mando, no pude menos que sonreír antes de dormirme, pues entre aquellos vetustos buques y mi modernísimo transatlántico las condiciones de seguridad no permitían comparación alguna. Sin embargo anteanoche, mientras esperaba el sueño en mi camarote se me hizo presente la imagen del Achille Lauro, secuestrado por terroristas hace casi dos décadas.

Dediqué casi todo el día de ayer al estudio de todos y cada uno de los tripulantes y pasajeros, en busca de sospechosos o potenciales terroristas. He descubierto más de 700 personas poco confiables, empezando por el telegrafista, un oficial turco con cara de fundamentalista.

El segundo oficial engrasador, así como también un pasajero de primera clase que no se despega de su sombrero tejano no dejan de inquietarme. Esta mañana coloqué 15 cargas de explosivo plástico en zonas estratégicas de la nave. Escribo estas líneas en la bitácora antes de detonarlas. Desgraciadamente morirán más de 2.000 personas, pero no puedo permitir que ellos se apoderen del buque.

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