"En Uruguay entregás un currículum y te lo prenden fuego, acá se sorprenden y te dan oportunidades", me dijo Serrana Fernández en agosto de 2007. Su "acá" era Alicante, donde fue a parar, desahuciada con su propio país.
"En Uruguay entregás un currículum y te lo prenden fuego, acá se sorprenden y te dan oportunidades", me dijo Serrana Fernández en agosto de 2007. Su "acá" era Alicante, donde fue a parar, desahuciada con su propio país.
En diciembre de 2001, Serrana había bajado dos veces la marca continental con tiempos de 28.73 y 28.63 arrebatándole el récord a su némesis, Fabiola Molina.
Serrana recordó entonces sus entrenamientos matadores con el profe brasileño Ricardo y que solo los domingos tenía libre.
Entonces se iba sola a la playa. A tomar mate y mirar el mar. "No es lo mismo que mi Punta del Este natal pero en Brasil no trabajo de guardavidas, como lo hacía en Uruguay, así que podía disfrutar sin nervios", le contó a El Observador el día después al Mundial.
Tras ser profesional en San Pablo y abanderada olímpica en Atenas 2004 (porque Milton Wynants no desfiló), Serrana se retiró.
En 2006, cuando estudiaba licenciatura en Educación Física y trabajaba en el Cedemcar (San Carlos), Uruguay la decepcionó.
“El gobierno al que voté me dejó sin trabajo porque dispusieron que los profesores que no eran titulados no podían trabajar más y yo estaba cursando primer año. Hablé con el director de deportes en Maldonado, porque yo no era ajena a la natación, pero no hubo caso. No tenía ni qué comer y nadie me daba una mano. Entonces me fui mal. En España me tratan mejor que en Uruguay”, contó en 2007.
Estaba, como se dice vulgarmente, quemada: “Quiero asentarme acá donde me recibieron bárbaro. No tengo recuerdos lindos de mi país ¿A qué quiero volver a Uruguay, a morirme de hambre?”.
El tiempo pasó. Los 10 años de Moscú dimensionan su figura deportiva.
Su dolor es una cuenta pendiente para el país de los olvidos.