Una pequeña odisea libresca porteña
En determinados casos, los libros que uno busca no se encuentran en la librería más hermosa, sino en un sucucho arrumbado y polvoriento
Estaba en Buenos Aires y me interesaba leer a Eduardo Mallea. Hoy olvidada su dimensión, pero fue contemporáneo de Borges, de Bioy Casares y de todo el círculo intelectual que rodeó a la prestigiosa revista Sur, creada por Victoria Ocampo, de la que Mallea fue editor durante varios años. Escribió novelas y ensayos, y el más importante de ellos fue Historia de una pasión argentina, editado en 1937, donde reflexionó sobre la esencia nacional de su país desde una perspectiva tan personal e íntima como social y antropológica.
Hasta la década de 1950, leer a Mallea en el Río de la Plata era fundamental. Así lo consignan, por ejemplo, algunos intelectuales uruguayos del momento. Pero luego las modas y el tiempo fueron dejándolo a un costado y su obra quedó restringida solo a algunos curiosos por el estudio de la literatura.
El personaje tenía una grandeza decolorada, como buen aristócrata en decadencia. Además, buscar un libro suyo en Buenos Aires, ciudad que lo obsesionó, que amó y que odió, pronto se iba a descubrir como casi una aventura detectivesca.
Caminé por ese pedazo parisino de Barrio Norte que es la avenida Callao y me colé en la librería Clásica y Moderna, con su precioso café anterior. Todo muy boutique y muy refinado, un ambiente cálido y agradable para leer y para ejercer ese vicio contiguo que es tomar café.
Pregunté genéricamente por “libros de Mallea” a un muchacho que bizqueaba en el monitor de una computadora. Me miró con expresión equívoca y se levantó pidiendo excusas. Se dirigió hasta uno estante de la librería y repasó en el orden alfabético negando con la cabeza. Nada de Mallea. Pagué el café, me levanté y me fui.
La esquina de Callao y Santa Fe es hermosa. Edificios altos del período clasicista cierran las cuatro manzanas. A media cuadra por Santa Fe está El Ateneo Grand Splendid, una librería que impresiona por su majestuosidad, su tamaño y su ambientación. De hecho, el diario inglés The Guardian la declaró como “la segunda más hermosa del mundo”.
El lugar está tan abigarrado de historia que exuda por las paredes. Fue un teatro donde tocó la orquesta de Francisco Canaro y donde cantó y grabó el mismísimo Carlos Gardel. La reconstrucción es soberbia, la iluminación es perfecta, uno parece estar dentro de un set de filmación de una gran superproducción, pero… no tenían ni un solo libro de Eduardo Mallea. Ni uno. Tenían casi lo que se puede encontrar en librerías más chicas y menos glamorosas. Pero alguien allí me recomendó tirarme hasta la librería Huemul, unas cuadras hacia Palermo por Santa Fe.
Caminé con la esperanza de encontrar a mi autor esquivado por el presente, y solo podía hallarlo en una librería iluminada (mal) por tuboluces e hileras de volúmenes de páginas amarronadas por las décadas en casi completo desorden.
Entré por una puerta de vidrio curvo, junto al logo de la librería y ex editorial: un venado del sur chileno y argentino llamado en idioma mapuche huemul. Un amplio pasillo conducía hasta el fondo, donde dos mujeres conversaban vaya a saber de qué y un empleado de rulos morochos, barba y panza bajo buzo de lana se movía con parsimonia para atenderme.
Pregunté por Mallea y el tipo no me dijo nada. Se dio vuelta y caminó hasta una escalera, trepó y manoteó un par de ejemplares de un estante. Uno de ellos era Historia de una pasión argentina. La primera edición era de Sur, de 1937, pero esta era de Sudamericana, de 1990. O sea, hoy, de otra era.
Lo que la distinción de Clásica y Moderna y la gala y la pompa de El Ateneo Gran Splendid no consiguieron, lo logró la polvorienta Huemul, una auténtica cueva de artefactos medievales en medio de una posmodernidad fluctuante hacia el desconcierto. Como perro con su presa, me volví contento.