Una política monetaria sobreexigida pero acertada
A la política monetaria se le exige que sea capaz de equilibrar variables fuera de sus posibilidades
El Comité de Política Monetaria hizo lo que tenía que hacer. Quizá, lo que debería haber hecho mucho tiempo atrás. Al fin y al cabo, la misión del Banco Central es asegurar la estabilidad de los precios y una inflación que ya acumula casi dos años de excesos respecto a la meta oficial y se espera que se mantenga así por casi dos años más, pone en juego la credibilidad de la autoridad monetaria.
En un momento en el cual la economía se desacelera, principalmente por el sector externo, y los mayores socios comerciales del país apuestan por una política monetaria expansiva, el BCU decide apuntar todas sus baterías al control inflacionario. En el momento de mayor tensión entre los objetivos de velar por la estabilidad de precios y apuntalar un tipo de cambio competitivo, el BCU fue fiel a su mandato. Porque en definitiva, el fenómeno actual de inflación no es de carácter monetario sino que es producto de otros desequilibrios macroeconómicos que escapan al control del BCU.
El déficit fiscal alcanzó en agosto el equivalente a 2,3% del Producto Interno Bruto (PIB). Si bien se trata de un nivel sostenible –teniendo en cuenta el fuerte nivel de reservas y créditos contingentes–, refuerza las presiones de demanda doméstica sobre el nivel de precios y fuerza innecesariamente el tipo de cambio a un nivel más bajo. Pero el principal motor de la inflación se encuentra en el crecimiento de los salarios, explicados en parte por la puja de las empresas en un mercado de trabajo en pleno empleo, pero también por una política salarial que generó el marco para una suba superior a la productividad en un amplio abanico de sectores.
En un contexto de crecimiento económico y expansión de los principales socios comerciales –que no son los países ricos del norte sino los grandes emergentes como Brasil y China–, era posible atender las alzas salariales. Las ventas y los precios crecían, y eso permitía compensar el aumento de los costos en dólares.
Sin embargo, en el contexto actual, esa dinámica es insostenible. Las ventas detienen su expansión y los precios internacionales se estancan. El aumento de los costos salariales implica una reducción de los márgenes y eso solo se compensa en los bienes no transables con un alza en los precios domésticos, y en el caso de los transables, con menores utilidades y una reducción de la inversión.
Pensar que la política monetaria puede compensar el alza de precios es desconocer las causas últimas de la inflación. El BCU debe mantener una política monetaria contractiva. Quien debe restablecer los equilibrios es el Ejecutivo, fortalecer la competitividad externa –no solo a través del tipo de cambio– y no jugarse todas las fichas en un mercado interno sobredimensionado y volátil.