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Lorena Melogno ejerce el oficio de manicura desde hace 18 años pero nunca le había pasado algo así. El 10 de marzo recibió una llamada inusual: le pedían presupuesto para hacerle las manos y los pies a Paul McCartney. “Me causó un poco de gracia, pero me di cuenta enseguida de que era en serio”.

Fueron varias llamadas más y mails y pedidos de fotos, hasta que el encargo se confirmó, un mes después. Estaba convocada para el día del show, el sábado 19 de abril, a mediodía, al camerino del ex beatle en la tribuna América, ella y la podóloga Sofía Ferreira. Después de una espera de seis horas, la escoltaron al camarino. Se había decidido que Paul solo se haría las manos.

Pero McCartney no estaba ahí. Solo le estaban mostrando el lugar, con dos sillones de color mostaza claro, en ele, un cuadro con flores y telas, naranjas y beiges y un gran televisor plasma en la pared. “Era algo bastante natural, como el living de cualquier persona”, fue la impresión que le causó a Melogno. Le explicaron dónde iba a estar sentado Paul y dónde iba a estar sentada ella y la mesita rectangular con mantel negro hasta el piso donde el autor de Hey Jude iba a posar sus manos.

Entonces la hicieron salir y volver a esperar, mientras le explicaban las reglas: “Nada de sacar fotos ni pedir autógrafos, me dijeron. Es muy importante. En ese momento Paul es un ser humano común. Nada de autógrafos”, recuerda. Una lástima, porque también vio una gran cuadernola con una lapicera, pero reglas son reglas.

Cuando la hicieron pasar Paul la saludó con una sonrisa cálida y decidió sentarse en el otro sillón. Ella acomodó la mesita y la silla y el músico tendió sus manos. “Manos bien cuidadas, con dedos no muy largos. No eran manos de pianista. Solo tenía una alianza en la derecha”. McCartney quería una uña de acrílico en el índice de la mano izquierda.

“Yo había entrado con la traductora y adentro estaban Paul y la asistente. Paul me saludó y me comentó algo de la NBA que estaban pasando por ESPN”, recuerda Melogno, que estaba muy nerviosa y no recuerda qué pasaba en la NBA (ese día empezaban los playoffs entre los 16 equipos clasificados y de allí saldrá el campeón de la temporada 2013-2014).

La manicura se puso a trabajar. La uña de acrílico se hace con un líquido y un polvo (monómero y polímero) lo que forma una bolita que se aplica sobre la uña y queda muy dura. “Después se le pasa un aceite y se lima; queda igual que las demás, aunque un poco más brillante”, explica Melogno.

Después de eso Melogno limó el resto de las uñas y su trabajo estaba terminado. Fue entonces que sucedió lo inolvidable. “Le agradecí y ya me estaba despidiendo, cuando me dijo que esperara un minuto. Agarró una guitarra y se puso a tocar. Me miraba, se reía y tocaba. Habrán sido unos tres o cuatro minutos. Quería probar si la uña aguantaba”.

Lorena Melogno no vio el recital. Había sido una jornada muy larga en Rody Coiffeur, donde trabaja, y estaba exhausta. Se quedó con eso, nada más: Paul McCartney tocando y mirándola y sonriendo, una tarde de otoño, en Montevideo.

Beouf bourguignon

Javier Merzario sabe lo que es cocinar para McCartney, porque ya había sido convocado el concierto pasado. La producción local contactó a Martín Schwedt,el chef del restaurante Mandarino, en 2012 y ahora. Ambas veces Schwedt lo eligió como parte de su equipo.

Merzario cuenta que es una experiencia muy interesante, ya que se trabaja con gastrónomos británicos (Eat your heart out) y para un equipo internacional de 120 personas, además de la banda y el divo liverpoolense.

“No exigieron extravagancias. Era comida vegetariana pero con huevo y queso. Les gustaba el beouf bourguignon, un estofado hecho con carne de soja.Desayuno, almuerzo y cena, desde el jueves”, explica Merzario. Y las bebidas, claro: desde el agua Evian y San Pellegrino, passando por la cerveza Guiness y Peroni hasta el champagne Veuve Clicquot. “Había un trago especial para Paul, una especie de Margarita, con jugo de naranja y de lima”, destaca.

Plancha con Salus

Virginia Sosa es vestuarista y escenógrafa de teatro y danza y fue convocada como asistente de vestuario. Eso significaba que tendría que lidiar con las cinco cajas gigantes (cubos de dos metros de lado) que traía la producción del espectáculo, entre ropa y planchas, máquinas de coser y otras necesidaes.

Sosa trabajaba con dos vestuaristas estadounidensses, Lisa y Colette, para que todo estuviera listo y en condiciones. Traían vestuarios que se habían usado en otros conciertos, incluida la camisa que Paul había usado en el Centenario la última vez.

Trabajaban “a lo grande”, con algún detalle pintoresco: “había cosas que no se sabía si eran capricho de Paul o capricho de la producción, como el hecho de usar agua Salus para las planchas a vapor, en lugar de agua destilada”.

También había que tener preparados varios sets de vestuarios, cuenta Sosa, hasta que la ropa estuviera elegida. Una vez que empezaba el show, era hora de desarmar, ya que el final era en el ómnibus, a donde Paul acudía en bata.

Sosa quedó muy bien impresionada con el profesionalismo y también le llamó la atención el contraste con otras experiencias recientes: “Joan Báez pidió llevarse la comida en un taper para el hotel”.