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Uas buenas vacaciones no necesariamente tienen por qué estar ligadas a playas, sol y calor. De hecho, para un número creciente de turistas excéntricos, más bien tienen que ver con todo lo contrario. Para ellos, las mejores experiencias están ligadas a lugares que les permiten enfrentarse a situaciones extremas e incluso para muchos desagradables.

Si bien desde hace varias décadas el morbo siempre fue un aliciente que condujo a turistas hasta casas con historias trágicas como las de Anna Frank, John Lennon o el sexto piso de la Plaza Dealey de Dallas donde fue asesinado John F. Kennedy, o rumbo a escenarios de catástrofes humanas como Chernobyl, Fukushima y la zona cero de Nueva York, en los últimos años la tendencia oscura fue mucho más lejos. Ahora abarca experiencias más vivenciales como dormir en una cárcel o pasar ilegalmente una frontera.

En México, un estudio denominado Perspectivas turísticas, realizado entre empresas hoteleras a principios de 2011, identificó que al mismo tiempo en que se producía una caída del 0,5% del turismo tradicional en ese país por la violencia y la inseguridad, también se produjo un auge de viajeros interesados en modalidades de “turismo negro o morboso”.

“Todo comenzó de manera paulatina con los llamados springbreak estadunidenses y europeos, jóvenes que querían diversión sin límites y visitaban la frontera norte y las playas mexicanas.

“Más tarde, las demandas de tours peligrosos comenzaron a proliferar en el país”, indicó a la agencia EFE Alejandro Desfassiaux, presidente de Grupo Multisistemas de Seguridad Industrial (GMSI).

“Se piden incluso fotografías de impactos de bala y hasta rastros de lucha entre carteles. Se trata de visitantes muy particulares, que buscan emociones fuertes y que proceden de Europa y EEUU especialmente”, agregó Desfassiaux.

Una singular oferta turística que llama la atención en ese mercado es la del Parque Ecológico Alberto, en Hidalgo, centro del país, donde los turistas sufren la persecución de “policías fronterizos” que, al atrapar a los cansados viajeros, les insultan en inglés para que tengan una idea de lo que padecen los indocumentados.

Durante los fines de semana, a la voz de “bienvenidos a Tucson, Arizona” y la advertencia a los aventureros de que pasarán hambre y sed, comienza la persecución en la que participan tanto turistas extranjeros como locales.

De noche, sin luz y en algunas épocas con un frío que cala los huesos, los “valientes” turistas viven en carne propia la angustia de esconderse para no ser atrapados por “la migra”, como se llama a los agentes estadounidenses.

Los guías turísticos, por su parte, hacen de “polleros”, como se conoce en México a los traficantes de personas.

Ahora si se trata de experiencias morbosas, pocas pueden superar la ofrecida en la isla de Croacia Goli Otok ubicada en medio del mar Adriático, que entre 1940 y 1960 fue utilizada como penitenciaria comunista para los contradictores al régimen del presidente yugoslavo Josip Broz (Tito). El archipiélago hoy opera como un atractivo turístico en el que los viajeros pagan para experimentar algunas de las sensaciones de los antiguos presos. En sus instalaciones los turistas se convierten en presidiarios y son sometidos según su voluntad a trabajos forzados, dietas severas y celdas solitarias. Al finalizar la experiencia obtienen un documento que confirma su paso por el peor campo de concentración tras la segunda guerra mundial.

En la misma línea, para vivir una experiencia carcelaria moderna, la prisión tailandesa Bang Khwang ofrece la posibilidad de compartir una celda con un reo de verdad, o incluso la posibilidad de presenciar una pena de muerte.

Lo peor de todo es que en ninguno de los casos se trata de tours económicos, acceder a estas experiencias: en la mayoría de los casos es equiparable a una estadía en un hotel de lujo.

Para el psicólogo social uruguayo, Néstor Ganduglia la violencia no es nueva como atractivo turístico.

“No hace mucho se instalaron en Alemania ciertas habitaciones totalmente equipadas, en las que por un tique se puede entrar a romper todo a gusto. Es la emergencia de las violencias contenidas, reprimidas. Ya no es suficiente con solo ver a otros ejercer la violencia (como en las películas o la televisión) o ejercerla virtualmente (como en los videojuegos): se trata de vivirlas en carne propia. Sigmund Freud advertía ya casi un siglo atrás que la seguridad es enemiga de la libertad. Y es la sensación de libertad lo que invocan quienes prefieren este tipo de propuestas de diversión o turismo”.

En Uruguay, para tranquilidad de muchos, y fastidio de otros, no existen ofertas turísticas en donde las tragedias o las situaciones morbosas sean el centro.

Sin embargo, El Observador le planteó el ejercicio a tres especialistas locales –uno en crímenes, otro en naufragios y otro en situaciones mágicas o “del más allá”– de imaginar un posible recorrido para satisfacer este tipo de necesidades más oscuras. (Ver recuadros).