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Si las letras cubanas tuvieron en sus inicios como hombre destacado al poeta y soldado independentista José Martí, luego tuvo a los narradores Guillermo Cabrera Infante y Alejo Carpentier, y más modernamente a nombres como Pedro Juan Gutiérrez y Reinaldo Arenas. Hoy sin dudas el escritor más taquillero de la gran isla caribeña es Leonardo Padura. Y en este caso taquilla significa también calidad literaria, que no es solo por el marketing que vienen las ventas.

Hoy con 59 años, Padura es conocido por su saga de novelas policiales protagonizadas por el detective Mario Conde, un milico nostálgico y borracho, con un sentido de la intuición muy fuerte y con una mirada entre melancólica y desencantada de la realidad habanera que lo rodea. Más sutil y complejo que los personajes de la Trilogía sucia de La Habana, de Gutiérrez, Conde carga con, como dicen algunos críticos, “la travesía subjetiva” que lleva la vida de los cubanos en el presente.

Pero es gracias a la edición de Futuro Anterior que a los lectores uruguayos les llega la posibilidad de conocer al Padura previo al relato policial, a un escritor que ya era escritor pero aún no se había dado cuenta, pues trabaja en las redacciones de publicaciones periodísticas de su país, con nombres tan estrafalarios como El Caimán Barbudo o más básicos como Juventud Rebelde.

Esos textos periodísticos, crónicas más o menos largas sobre diferentes tramos históricos de la historia y de la antropología de Cuba están reunidos en El viaje más largo. En busca de una cubanía extraviada, novedad del mercado de libros local.

Se trata de una antología de textos escritos básicamente en la década de 1980, cuando Cuba sangraba todos los meses miles y miles de personas que se lanzaban al mar huyendo de la realidad de la isla. Una Cuba que venía de una década anterior plagada de intransigencia y bloqueo cultural para sus creadores de la palabra. En ese momento, Padura decide, como dicen los editores en el prólogo, “una expedición a los pliegues de la cultura cubana, a contrapelo de los cánones propuestos por la memoria oficial de la Revolución”.

Según el propio autor, entonces “hubo un sentido de reacción contra las estructuras, lenguajes y conceptos estereotipados y estrechos que se habían adueñado del ejercicio periodístico en Cuba y aún prevalecían (y lo que es más grave: todavía prevalecen)”.

Es así que Padura pone la mirada en el barrio chino de La Habana, que el primer día de febrero de una cifra cualquiera de la década de 1980 festeja su año nuevo. Saca las nalgas de su asiento en la redacción, va hasta allí, habla con las personas, pero sobre todo las escucha y luego las deja contar su historia en sus páginas.

Habla de una Cuba multicultural y compleja, que tuvo una gran raíz, por ejemplo, de sus inmigrantes catalanes, que llegaron derramados a lo largo del siglo XIX y también del XX, y le aportaron a la historia del país desde libertadores hasta fabricantes de famosos rones, como Bacardí (quien era oriundo de Sitges, como la familia Batlle).

Padura escribe sobre cómo surgieron algunas de las grandes fortunas de Cuba, sobre los zares de café y de la caña de azúcar, sobre una ciudad que lo vio nacer y que supo regir por muchos años los destinos del Caribe y del Atlántico. Escribe de la negritud y de los rasgos religiosos de las muchas fusiones y pliegues que implica el sincretismo. Escribe sobre el paisaje, sobre el mundo del boxeo (tan caro a los cubanos), sobre vidas que se extinguían para siempre y otras que a pesar de todo, del sol, de la pobreza económica, del régimen, siguen resistiendo.

Leer a este Padura joven y silvestre adentrándose en un viaje para atrás y para adentro es una particular forma de felicidad. Solo con palabras impresas, el escritor es capaz de transportar al lector hacia un mundo cercano, intangible pero visible, allá lejos, en los tristes trópicos.