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La historia que se narra en solo 99 páginas es real, y ese dato, revelado en el epígrafe del libro, no hace más que acrecentar la sensación de que siempre es posible sorprenderse con un tema, por más trillado que este sea.

En este caso se trata de un nuevo testimonio de lo que supuso la dictadura uruguaya para las generaciones que la padecieron, los jóvenes como Gurisote y los padres anónimos como el viejo hombre de campo en el que se centra la historia.

Las vertiginosas y escuetas páginas que escribe César di Candia narran el viaje alucinante de un padre que va en busca del cuerpo muerto de su hijo.

Desde el inicio, cuando el viejo (así se lo nombra todo el tiempo) recibe el telegrama del cuartel que le da la noticia, y además le ordena ir a recoger el cadáver, se tiene la sensación de que lo terrible aún está por venir.

La indiferencia de los vecinos, la aceptación del hecho como algo natural, la falta de piedad con el pobre hombre destrozado son el principio de una serie de atrocidades psicológicas que acompañan al personaje durante toda su peripecia, un viaje a través de los infiernos camperos, donde la brutalidad primitiva que se esconde en cada yuyo, y en cada diálogo, es revelada por Di Candia con maestría.

Acompañado por el negro Conduelo, que maneja la destartalada camioneta solo por unos pesos y unos tragos de vino, cargando el inevitable cajón vacío, el viejo va entremezclando recuerdos de días pasados entre padre e hijo, con los avatares del viaje que se desarrolla en tiempo real y contra reloj.

Porque la amenaza militar es que, de no presentarse ese mismo día, la gente del cuartel no se hará responsable del cuerpo, y adiós entierro.

Y a pesar de que todos tienen esta información, nadie da al viejo una mano desinteresada, no hay ni un ápice de piedad en ninguno de los personajes, y esa es la denuncia central de Di Candia, más allá de la infinita maldad de los militares, explicitada con claridad al final del libro.

El negro Conduelo, un negro al que su analfabetismo no le resta un gramo de egoísmo y crueldad, llega a insultarlo y lo desprecia.

El productor Silvera, de más nivel, da el pésame con elegancia de hombre de bien, pero después pide que lo arrimen al pueblo siguiente y se acomoda atrás, junto al destartalado el ataúd, garroneando con suprema mezquindad. Lo mismo pasa con el patrón del boliche, Berrueta, quien ante el hombre destrozado solo atina a opinar que morir es cosa de todos los días.

El viaje termina en los cuarteles y no se puede contar, por motivos literarios. Di Candia ha dicho que ya tiene un ofrecimiento para hacer de esta terrible miniatura una película. Y ha expresado también que a los personajes secundarios los incluyó para alivianar un poco la terrible historia.

Siguiendo ese comentario hay quienes encuentran a esos personajes cómicos, simpáticos, y hasta los festejan. Son, sin embargo, seres tan horribles como los propios militares de la historia, porque son en definitiva civiles, y paisanos del viejo. Y, en toda su maldad y pobreza de espíritu, revelan también una época donde mirar para el costado fue moneda común.
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