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La capital uruguaya se vive como un balneario, desde la playa Ramírez hasta la de Carrasco; la arena está limpia y hay actividades acuáticas y terrestres en toda la costa. Los usuarios dicen estar muy conformes
La playa llama. La capital uruguaya tiene el privilegio, tantas veces admirado por extranjeros, de estar rodeada de playas de arena fina en una extensa franja costera que va desde la rambla Sur y su imponente malecón, hasta el límite con el departamento de Canelones. Las aguas son mezcla de mar y de río y su color amarronado no puede competir con el verde de las aguas atlánticas uruguayas ni tampoco con el azul del Caribe o el Mediterráneo, pero son una opción para los lugareños que pueden disfrutar de todo el verano y no solo durante las vacaciones.
El jueves fue uno de esos días gloriosos en los que el calor moderado y la ausencia de viento inspiraban al optimismo. Ya desde la mañana, las playas se empezaron a poblar desde la Ramírez hasta Carrasco, de veraneantes satisfechos.
La rambla sur, como todo el año, estaba habitada de caminantes y corredores, con ropas deportivas, hasta que al llegar a la Ramírez se empezaba a notar el verano en todo su esplendor.
Lo primero que llama la atención a quien no se acerca a la costa desde hace algún tiempo es la limpieza, en general. La arena es blanca y fina, y no está salpicada de botellas, latas, papeles o bolsas de náilon, como es tradición en la Tacita de Plata.
Los aparatos de ejercicios que fueron instalados hace pocos meses a lo largo de toda la rambla tuvieron un éxito inmediato. Frente al Parque Hotel, poco después de las 9 de la mañana, ya estaban ocupadas las siete variedades de máquinas, simples y fuertes, que hasta ahora han desafiado con éxito cualquier intento vandálico.
Andrés, de 48 años, es uno de los usuarios habituales y cree que la idea es “excelente”, porque “son de primera y están por toda la rambla” y le parece que “es una manera de explotar esta rambla espectacular”.
La playa Ramírez ya estaba cubierta de veraneantes a las 10 de la mañana. El agua, como siempre, tenía una textura enlodada y era llana hasta la exasperación, aunque varias decenas de personas ya se bañaban y resto disfrutaba del sol, la mayoría sin sombrilla.
“Mirá lo que es esta arena, habría que pagar para pisar esto”, dice David, que a sus 85 años se jacta de haber visitado unas cuantas playas en el mundo.
David se tostaba al sol sobre la rambla, en una reposera, y parecía que estaba en la terraza de su casa. “Esta arena la ves en muy pocas playas del mundo. Ahora, para bañarme, prefiero el Mediterráneo”, admitió con toda seriedad.
Al sol lo disfruta todos los días, “un poco de mañana, un poco de tarde”. En la Ramírez, “porque vivo ahí atrás” y señala el parque Rodó. Para él, esa lejanía entre la costa y lo hondo, “es muy buena para la gente que viene con niños, porque hay que andar cuadra y media para que el agua te llegue a la cintura”.
En Pocitos, a la mañana el sol todavía manda y el jueves empezaba a desperezarse, con la puesta de la red de voleybol y la gente que empezaba a bajar de a poco a la arena.
Algunos ya estaban haciendo windsurf y también había un grupo de tai chi.
En esa playa funciona uno de los paradores más exitosos de la costa montevideana, “Los delfines”, concedido por la Intendencia a Juan Negrone, quien lo trabaja desde las 9 de la mañana hasta el cierre, que puede ser a las 2 de la madrugada.
“Estoy hace cuatro años acá y tengo algunos argentinos, y sobre todo brasileros, que son clientes”, cuenta. Se refiere a extranjeros que llegan de vacaciones a Montevideo. Tengo selecciones de música especiales, sobre todo para los brasileros, que les encanta esto porque dicen que les hace acordar a Río”.
En Los Delfines se puede comer miniaturas, rabas o “la pesca del día”, a $160, $190 y $220, respectivamente, y también alguna que otra minuta no marina.
Negrone trabaja el resto del año en la pescadería de su padre, en el Puerto del Buceo. Por eso dice que sabe de pescado y que sirve mercadería muy fresca.
Dice que el negocio es bueno, aunque hay que trabajar mucho, y que lo mejor que tiene es “la onda de la gente”. Se refiere a que “acá casi no hay estrés, es mucho más relajado que si se cruzás la calle”.
Cada tanto pone música en vivo y anuncia que para esta noche hay un grupo de música brasileña.
La atmósfera de balneario que tiene la rambla del lado de la arena, se repetía en la playa del Buceo y también en malvín. Ahí había un grupo de niños del pueblo Gomensoro, departamento de Artigas, la mayoría de los cuales nunca había estado en una playa. Estaban en la Colonia Escolar de Malvín, por una semana y no lo pasaban mal.
Kevin (12) sintetizó la situación: “Esto está muy bien”.