Se conocen muy bien; por esa razón no es extraño que el postergado sueño de una medalla olímpica en el torneo de singles, que ya lleva cuatro ediciones de los Juegos Olímpicos, se concrete en Wimbledon. Después de 4 horas y 26 minutos de la prueba más dura que tuvo que rendir en su recorrido por Londres 2012, en las que el argentino Juan Manuel Del Potro le tiró como para que no pasara al último partido del torneo, de recibir una ovación del público que colmó la cancha principal de Wimbledon, de responder a las preguntas en la zona mixta, de saludar a sus fanáticos que en un par de centenares esperaban que cruzara un puente (que une la zona mixta con la sala de conferencia de prensa), Roger Federer se sienta frente a un centenar de periodistas y confiesa: “Me siento muy emocionado, fue un gran partido y lamentablemente en esta clase de partidos solo gana un jugador”, dice, mientras los periodistas de todo el mundo, que son su platea por unos minutos, escuchan en absoluto silencio.
Wimbledon, su amuleto de la suerte
En el césped londinense, donde escribió parte de su gran trayectoria, Roger Federer clasificó a la final de tenis en un juego épico y ahora va por el oro