Yo caminé con unos muchachos de Hamas por unas desoladas calles de Hebrón. En una misma caminata me explicaron que querían matar a todos los judíos y me preguntaron por Francescoli y la selección uruguaya.
Yo caminé con unos muchachos de Hamas por unas desoladas calles de Hebrón. En una misma caminata me explicaron que querían matar a todos los judíos y me preguntaron por Francescoli y la selección uruguaya.
Fue hace mucho, durante la primera intifada, en 1990. Hamas recién se había fundado y yo no lo conocía. Hablábamos en inglés, pero ellos decían “Hamas” en árabe, con las dos A muy cerradas y aspiradas. Me explicaban con orgullo que ellos no eran de la OLP, sino de J(a)m(a)s. Yo entendía que eran de grupo muy violento, racista y radical, pero no entendía cuál. En la nota que publiqué en la revista Punto y Aparte al volver, escribí que eran de Jihad. Pero después, cuando Hamas tomó notoriedad y escuché su nombre en las noticias, entendí.
Todavía debo tener los cassettes por algún lado.
Esos muchachos fueron mis guías un día en Hebrón imposible de olvidar. Llegué allí buscando material para escribir un reportaje sobre el conflicto israelí-palestino. Ellos me interceptaron a la entrada de la ciudad y se ofrecieron como guías. Eran cinco o seis y tenían unos 20 años. Me llevaron al velorio de un joven muerto por el ejército. Saludé al padre, un hombre mayor, con la piel curtida por el sol del Medio Oriente y lágrimas en los ojos. Estuve allí sentado en silencio una hora, quizás dos. Cuando me levanté para irme, los jóvenes de Hamas se fueron conmigo.
Caminamos por calles desiertas, desoladas. Comentaban cosas como: “Ayer dejamos ciego a un soldado tirándole ácido en los ojos” o “Cada día matamos a uno acuchillándolo”. Al pasar por una canchita de fútbol sin pasto me preguntaron si Uruguay había clasificado al Mundial.
Les pregunté por el proceso de paz. “No creemos en la paz con Israel”, respondieron. “La OLP lucha bajo las órdenes de Arafat. Nosotros combatimos bajo las órdenes de Alá. El Corán dice que tenemos que matar a todos los judíos. Y los vamos a matar”.
Si todavía están vivos, estarán gozando de sus días de gloria. Tuvieron su oportunidad de matar judíos a mansalva: hombres, mujeres, niños, viejos, incluso bebés. Pudieron acribillarlos, degollarlos, mutilarlos, pudieron pisar los cadáveres, escupirlos, arrastrarlos y golpearlos con palas de hierro hasta desfigurarlos, como vimos en videos filmados por ellos mismos. Pudieron subir los cadáveres a camionetas y regresar a casa pisoteándolos y celebrando.
El ministro de Defensa de Israel dijo: “Estamos luchando contra animales”. No, no son animales.
Son seres humanos con su inteligencia habitual, la tecnología del siglo XXI y los valores del medioevo. Gente que cree tener derecho y la obligación de asesinar a los infieles. Fundamentalistas que creen en la guerra santa y festejan la muerte. Enemigos de toda forma de convivencia y humanismo que creen que su causa avanza asesinando gente inocente. Los comunicados que en Occidente buscan pintarlos como algo distinto a eso, o que minimizan su esencia, justifican o relativizan sus crímenes aberrantes, son solo la prueba de la pusilanimidad y el cinismo que reinan en ambientes que presumen de progresismo y de una hipotética corrección política.
¿Y del otro lado? ¿Qué queda hoy de los idealistas que fundaron Israel?
El reinado de Netanyahu lleva más de dos décadas, con interrupciones mínimas. Él sí es un político del siglo XXI, hay unos cuantos como él. Especialista en sobrevivir en el poder. Ha degrado la democracia. Ha quitado potestades al Poder Judicial y quiere quitarle más. Está siendo investigado por corrupción. Ha llenado su gobierno de fanáticos racistas. Ha envilecido el alma del país normalizando que es lógico matar inocentes como daños colaterales. Ha boicoteado en forma sistemática cualquier oportunidad de avanzar en el proceso de paz con la promesa –ahora demostrada como falsa- de que era capaz de mantener la seguridad y al mismo tiempo congelar para siempre, incluso aumentar, el dominio sobre los palestinos.
Y ahora, cuando su único “logro” se ha hecho añicos, y del modo más brutal y trágico, anuncia que quizás él también tenga que rendir cuentas. “Quizás”.
Nada de lo anterior minimiza lo abyecto de los crímenes cometidos por Hamas, pero tampoco hay por qué callarlo, porque también es parte del problema.
Cuando yo estuve en Hebron, Hamas era un grupo terrorista incipiente y minúsculo. Hoy es popular y poderoso, engordado en base a la frustración de un pueblo que lleva años sin conseguir nada.
Miles de muertos de cada lado han sumado a miles de familias a la espiral del dolor y venganza.
Los que soñaron con la paz, como Sadat y Rabín, lo pagaron con sus vidas. Pero la paz sigue siendo la única esperanza.