En el centro de 24 horas del INAU en el que trabajo en Treinta y Tres, algunas mañanas arranca con negociaciones complejas. Un adolescente pide cinco minutos más para levantarse. El educador le recuerda que tiene liceo. El muchacho argumenta, cuestiona la medida y propone una prórroga. Cuando termina la discusión, los cinco minutos ya pasaron. Más de un negociador profesional podría tomar nota. Alguno, incluso, con despacho en el Palacio Legislativo.

Después viene el resto del día: una consulta médica, una visita de la familia, una pelea por el control remoto, una charla sobre qué va a pasar cuando cumpla dieciocho. Son cosas de todos los días. Pero ahí terminan aterrizando muchas de las grandes discusiones del país. O deberían.

más Noticias

La pobreza deja de ser un porcentaje cuando decide lo que una familia puede y no puede hacer. La desigualdad educativa se entiende mejor cuando un gurí de quince años intenta recuperar los años de escuela que perdió. Y la palabra «integración» se vuelve real el día que empieza a ir al club del barrio y, después de unos meses, en la cancha lo llaman por su nombre y no «el del INAU».

Ojo: ser pobre no es motivo para separar a un niño de su familia. Pero la falta de plata pesa, y muchas veces llegamos cuando los problemas empezaron hace rato. Uruguay se preocupa, con razón, porque nacen cada vez menos niños. Lo curioso es que esa preocupación convive con bastante tranquilidad con la forma en que viven los que ya nacieron.

En 2025, según el INE, el 29,1% de los menores de seis años vivía en la pobreza. Casi uno de cada tres. Entre los mayores de 65 era el 6%, uno de cada diecisiete.

No es un reproche a lo que hicimos por nuestros abuelos. Es la prueba de que, cuando el país se lo propone, sabe proteger. Con los mayores lo logramos. Con los más chicos estamos empezando.

Y empieza a notarse. En el primer semestre de este año, la pobreza entre los menores de seis años bajó a 24,9%, desde el 32,4% del mismo período de 2025. En el total de la población pasó de 17,7% a 14,8%: unas 95.000 personas dejaron de ser pobres. Detrás de esos números hay hogares con más ingresos, más empleo, sobre todo de mujeres, y salarios sumergidos que recuperan terreno. No es casualidad ni es magia: es lo que pasa cuando la infancia se vuelve prioridad. Todavía es uno de cada cuatro, y con eso nadie debería descorchar nada. Pero la aguja se está moviendo en la dirección correcta.

Algo se mueve también en otros frentes. El gobierno impulsa una Asignación Única para la Infancia y la Adolescencia. Y en el INAU, que suele ser noticia solo cuando algo sale mal, se está haciendo un trabajo que no llega a los titulares: que los más chicos crezcan en familias y no en hogares, revisar a fondo cómo funcionan los centros, pensar el sistema más allá de la urgencia del día. Desde adentro se nota. Pero no son cambios que se completen en una semana, y ahí está el desafío.

El tiempo de la infancia y el de la política no coinciden. Los mejores resultados de una política para niños rara vez llegan antes de la próxima elección, y cuando llegan, compiten mal. A principios de octubre el INE informó que la pobreza en los más chicos había bajado de forma significativa. La noticia tuvo que competir con el sueldo de un senador, los departamentos que sobran y las deudas de un exdiputado. Perdió por goleada.

Primero discutimos si diecinueve departamentos son demasiados para un país que se cruza en seis horas. La Constitución pide dos tercios para cambiar el mapa; para cambiar el otro, el de dónde nace un niño pobre, alcanzaría con bastante menos. Después supimos que un senador no llega a fin de mes y equilibra las cuentas con el aguinaldo. Fue, probablemente, la conversación más intensa del año sobre los ingresos de un hogar uruguayo. Lástima que fuera sobre uno solo. Y al final nos preguntamos si estaba bien consultar a un exdiputado por unas deudas que figuraban en registros públicos. Parece que la plata de los políticos es asunto de todos cuando la cobran y asunto privado cuando la deben. Hay una deuda, sin embargo, por la que nadie se ofende cuando se pregunta, porque casi nadie la pregunta. Es pública, está documentada y el INE la actualiza cada semestre. La tenemos con los más chicos. La estamos empezando a pagar, pero a diferencia de otros embargos, este no se cancela solo con el paso del tiempo.

La pobreza infantil lleva décadas entre nosotros y nunca dijo nada lo bastante escandaloso como para ser tendencia. Ni siquiera cuando baja. Tampoco tiene programa de streaming. No se trata de discutir menos, sino de discutir lo que importa. En un centro como el nuestro, eso queda claro cuando un gurí se prepara para egresar.

Casi todos los jóvenes uruguayos siguen dependiendo de su familia bastante después de los dieciocho. Estudian, prueban trabajos, se equivocan, vuelven a casa y arrancan de nuevo. Los chiquilines del sistema de protección tienen acompañamiento y mecanismos para estirar ese pasaje más allá de la mayoría de edad. Pero una prórroga ordena los plazos. No reemplaza a la tía que presta un cuarto, al vecino que avisa de un laburo o a la madre que atiende el teléfono a las tres de la mañana. Y ninguno de ellos tiene un medio aguinaldo con el cual equilibrar el año. Les pedimos que lleguen antes a una independencia que los demás se toman con calma.

El INAU tiene que cuidar, poner límites, acompañar y hacerse cargo de sus errores. Lo hace todos los días, con equipos que muchas veces sostienen más de lo que se les reconoce. Pero no puede fabricar amigos por resolución, conseguir una vivienda a fuerza de voluntad ni inventar trabajos que el mercado no ofrece.

Hablar en serio de infancia es hablar de plata, de vivienda, de educación y de cuidados. Es reconocer lo que mejora sin hacer propaganda, marcar lo que falta sin convertirlo en chicana y lograr acuerdos que duren más que un gobierno.

En el centro, mientras tanto, la mañana sigue. Hay desayunos, mochilas y bicicletas que tienen que estar prontas. El adolescente de los cinco minutos finalmente se levanta. Protesta un poco, claro, mientras saca la bici. Tampoco iba a renunciar tan fácil a sus convicciones.

Nosotros, como país, seguimos negociando cosas bastante más importantes. Con una diferencia: al muchacho, tarde o temprano, alguien lo levanta. A nosotros hace décadas que nos dan cinco minutos más. Esta vez, por lo menos, parece que nos estamos sentando en la cama.

Seguí leyendo