20 de octubre de 2026 13:55 hs

Es frecuente cuando se habla de la relación entre política y tecnología, que aparezcan estos nombres. Obviamente, no son los únicos, y seguramente pueda haber otros también representativos. Pero estos tres saltan a la mente reflexionando sobre lo que está sucediendo en nuestros días, ante nuestros ojos, y les voy a compartir algunas reflexiones al respecto.

Los tres hombres tienen en común que son protagonistas en un tiempo de cambio histórico, un tiempo donde las estructuras y procedimientos vigentes crujen, y se vislumbran transformaciones importantes, aunque el rumbo pudiera no haberse visualizado de antemano con claridad. Los tres también tienen en común que les apasionó la técnica, los cambios tecnológicos, las nuevas ideas llevadas a la práctica.

Veamos. Leonardo da Vinci fue lo que hoy llamaríamos un todólogo, sus desarrollos abarcan desde la anatomía del cuerpo humano, hasta máquinas de guerra, puentes y técnicas constructivas. Por supuesto, fue un eximio artista, y se involucró en la política de su época, una época turbulenta donde un orden antiguo daba lugar al Renacimiento. Allí fue asesor y experto al servicio de las cortes de las ciudades–estado de la época, en una Italia fragmentada y donde familias poderosas, gobernaban los principales polos del desarrollo comercial, filosófico y artístico. Fue el prototipo del humanismo del Renacimiento, la persona con capacidad de integrar diferentes dimensiones a lo largo de una vida rica y compleja.

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Benjamin Franklin fue abogado y diplomático, uno de los padres fundadores de los Estados Unidos, y uno de los redactores de la Constitución de 1787, la de la primera república democrática, inspiradora luego de muchas otras a lo largo del mundo. Pero también fue un tecnólogo. No solamente porque estaba muy comprometido con la prensa, editaba e imprimía un periódico muy influyente desde su ciudad de Filadelfia, práctica que comenzó apenas salido de la niñez. Pocas veces se reflexiona sobre lo que fue la tecnología de la imprenta como impulso al cambio social, a través de la difusión masiva de las ideas, como en alguna medida lo es hoy Internet. Pero Franklin además fue un apasionado por entender y descubrir los fenómenos alrededor de la electricidad, y se destaca la invención del pararrayos.

Nacía un país que unió una visión del derecho y del gobierno, con una vocación práctica por los asuntos técnicos, por la innovación y el emprendimiento, que es la característica que le permitió desarrollarse hasta ser la principal potencia mundial. Pero los Padres Fundadores, con sus defectos y limitaciones, como todas las personas, reflejaron una concepción del hombre y su libertad que está embebida en la esencia del país que ayudaron a fundar, y que tiene mucho que ver con una visión integral que unió la filosofía, las creencias religiosas con el valor trascendente de la libertad, “el Creador nos ha creado libres e iguales”. Y en Franklin se puede visualizar este humanismo integral, propio del espíritu de la época, más allá de las imperfecciones y conflictos que siempre existen.

Hoy el orden mundial está en crisis, y esa crisis se nota especialmente en los Estados Unidos, donde hay diversas tensiones que los atraviesan y ponen en cuestión su camino al futuro. Por un lado, una revolución tecnológica impresionante, superada la etapa de la Internet y la movilidad, de las redes sociales y los celulares, para dar entrada a la Inteligencia Artificial y la robótica, que están cambiando el mundo del trabajo en su raíz. Por otro, en Occidente es notorio el problema demográfico y migratorio. Las tensiones producidas por la menor natalidad y el tránsito de contingentes migratorios inmensos va cambiando el panorama racial y cultural de los países desarrollados en forma muy marcada, generando tensiones que se expresan en la política y también en la vida cotidiana, como podemos ver hoy en Europa.

También, a nivel geopolítico, los EEUU ya no son la única potencia hegemónica como lo fueron desde la caída de la URSS. Hoy China los desafía, la India emerge, Rusia e Irán son fuerzas desestabilizadoras, el crimen organizado se hace transnacional y se diversifica, influyendo en los gobiernos y generando nuevos desafíos.

Finalmente, EEUU atraviesa una crisis política muy importante, un presidente impulsivo que cree en el uso del poder más allá de los valores, a veces con dudosa racionalidad, que ve a la institucionalidad trabajosamente construida como un límite molesto, que va a la guerra con Irán sin pasar por el Congreso, que saca a la calle al ICE para perseguir y deportar personas sin el debido proceso, y que ha dinamitado la compleja red de alianzas internacionales sobre las que se apoyaba el orden mundial de fines del Siglo XX y, finalmente, que sigue apañando a Putin en forma inexplicable.

Y en ese contexto, emerge la figura de Elon Musk y varios de los “Tech Bros”, como Peter Thiel, Sam Altman, Mark Zuckerberg y Jeff Bezos, entre otros. Son empresarios tecnológicos muy exitosos, han acumulado fortunas inmensas por las propias características de la revolución tecnológica, donde todo tiene alcance mundial y donde quien tiene éxito salta enseguida a cifras impensables.

Pero recientemente se han involucrado en la política. Varios de ellos, desde un Silicon Valley que antes quería al Estado lo más lejos posible, con convicciones “woke” hace pocos años, han dado el salto a la corte de Trump, y de allí entran y salen cotidianamente, proponiendo cosas, haciendo lobby para sus empresas, haciendo negocios, pero también, inevitablemente, transmitiendo una visión del futuro y de la sociedad, como hicieron antes Leonardo, Franklin, y las élites del momento.

Y esa visión obviamente tiene su parte optimista, el poder la tecnología para cambiar el mundo, pero transmite también otros valores, valores que preocupan. Algunos de estos “Bros” creen explícitamente que nos dirigimos a una sociedad masivamente supervisada por el Estado a través de la tecnología, y donde las grandes empresas y el Estado forman un todo casi indivisible y una élite político-empresarial-tecnológica gobernará sin molestas instituciones. Otros simplemente cultivan el oportunismo para aumentar su influencia y su poder sin que les preocupen realmente las consecuencias de sus acciones.

Elon es un caso paradigmático. Se involucró en la campaña de Trump 2 con enormes donaciones, luego pasó fugazmente por el gobierno con su departamento de eficiencia, DOGE, que solamente sirvió para mostrar que no entendía nada de la gestión pública. Ahora está comprometido con la traición de Trump a Ucrania, limitando el uso de sus satélites en la mitad de una agresión rusa con drones, para luego decir “yo no fui”. Y al mismo tiempo lanza su Tesla volador en una acción de marketing impresionante. Pero es su visión del futuro de la humanidad la que preocupa. Su convicción de que se deben colonizar otros planetas porque este va a entrar en una crisis ecológica inevitable, crisis que pareciera que esta elite no quiere evitar con tal de seguir generando los enormes volúmenes de energía que requiere para sus aventuras empresariales.

Todo lo genial que Elon es para emprender, creando una empresa de autos eléctricos líder, un emprendimiento aeroespacial revolucionario, un servicio satelital de comunicaciones masivas, se muestra ingenuo y desaprensivo y hasta peligroso en lo que hace a la conducción de la sociedad a un futuro mejor, con una visión que no parece humanista ni integral, sino más bien elitista e irresponsable.

Esto no quiere decir que haya que oponerse a la tecnología, que sin duda traerá enormes beneficios en muchísimos campos, pero el desafío es imaginar un mecanismo de gobernanza global de este fenómeno, que reintroduzca, de una forma que habrá que inventar -y que, agrego, no se puede hacer en solitario desde Uruguay-, el juego de controles y equilibrios que es hasta hoy el mejor remedio que hemos encontrado contra la concentración de poder y, finalmente, el absolutismo.

En fin, el contraste entre las élites técnico-políticas del Renacimiento, la Edad Moderna y nuestro tiempo es inquietante. Nunca hubo una elite tan poderosa, por la fortuna que tiene, por los recursos e influencia que maneja y por la poderosa tecnología que nunca antes existió. Nos ha tocado una elite que no quiere construir instituciones, que no le interesan el arte ni la filosofía, que cree solamente en la tecnología y el poder, y que alienta oscuras profecías de destrucción planetaria de la que ellos mismos serían parcialmente responsables, y todo con cierta desaprensión y hasta con entusiasmo.

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